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URVIO Revista Latinoamericana de Estudios de Seguridad

versión On-line ISSN 1390-4299versión impresa ISSN 1390-3691

URVIO  no.44 Quito ene./abr. 2026

https://doi.org/10.17141/urvio.44.2026.6602 

Tema central

Reconfigurando la hegemonía regional: China, Estados Unidos y la nueva geopolítica espacial en América Latina

Reconfiguring Regional Hegemony: China, the United States, and the New Space Geopolitics in Latin America

Reconfigurando a Hegemonia Regional: China, Estados Unidos e a Nova Geopolítica Espacial na América Latina

Luis da Vinha1 
http://orcid.org/0000-0002-7222-5095

Vinicius Guedes-Gonçalves de Oliveira2 
http://orcid.org/0009-0004-9393-1425

1 City St. George’s, University of London, Reino Unido, Luis.Da-Vinha@citystgeorges.ac.uk

2 Flinders University, Australia, vinicius.G@flinders.edu.au


Resumen

Introducción

: en el artículo se examina cómo el espacio ultraterrestre se ha convertido en un nuevo ámbito de rivalidad estratégica entre China y EE.UU.., donde China busca expandir su influencia mediante la cooperación tecnológica, económica y diplomática con los países latinoamericanos, desafiando el liderazgo histórico de Washington en la región. Objetivo:el propósito del estudio es analizar cómo la diplomacia espacial de China está transformando las dinámicas de poder en América Latina y generando implicaciones estratégicas para la seguridad estadounidense, al tiempo que promueve un modelo alternativo de gobernanza internacional sustentado en el poder blando y la proyección tecnológica. Metodología:la investigación adopta un enfoque cualitativo que combina el trazado de procesos causales (process tracing) y análisis documental, lo cual permite identificar los mecanismos causales que vinculan la rivalidad sino-estadounidense con las decisiones de política exterior de China. Se emplean fuentes primarias y secundarias para garantizar la triangulación y la validez analítica. Conclusiones:el estudio concluye que la cooperación espacial constituye un instrumento clave de la estrategia china en América Latina, y consolida su influencia y contribuye a la configuración de un orden internacional más multipolar.

Palabras clave: América Latina; China; Estados Unidos; geopolítica espacial; hegemonía regional; poder blando; sur global

Abstract

Introduction:

the article examines how outer space has become a new arena for strategic rivalry between China and the U.S., with China seeking to expand its influence through technological, economic, and diplomatic cooperation with Latin American countries, challenging Washington’s historic power in the region. Objective: the study aims to analyze how China’s space diplomacy is transforming power dynamics in Latin America and generating strategic implications for U.S. security, while promoting an alternative model of international governance based on soft power and technological projection. Methodology: the research adopts a qualitative approach that combines process tracing and documentary analysis, allowing for the identification of the causal mechanisms linking Sino-US rivalry with China’s foreign policy decisions. Primary and secondary sources are used to ensure triangulation and analytical validity. Conclusions: the study concludes that space cooperation is a key instrument of China’s strategy in Latin America, consolidating its influence and contributing to the configuration of a more multipolar international order.

Keywords: China; Global South; Latin America; regional hegemony; soft power; space geopolitics; United States

Resumo

Introdução

: o artigo examina como o espaço ultraterrestre se tornou um novo campo de rivalidade estratégica entre a China e os EUA, onde a China busca expandir sua influência por meio da cooperação tecnológica, econômica e diplomática com os países latino-americanos, desafiando a liderança histórica de Washington na região. Objetivo: o estudo tem como objetivo analisar como a diplomacia espacial da China está transformando as dinâmicas de poder na América Latina e gerando implicações estratégicas para a segurança dos Estados Unidos, ao mesmo tempo em que promove um modelo alternativo de governança internacional baseado no poder brando e na projeção tecnológica. Metodologia: a pesquisa adota uma abordagem qualitativa que combina o traçado de processos causais (process tracing) e a análise documental, permitindo identificar os mecanismos causais que ligam a rivalidade sino-americana às decisões de política externa da China. São utilizadas fontes primárias e secundárias para garantir a triangulação e a validade analítica. Conclusões: o estudo conclui que a cooperação espacial constitui um instrumento fundamental da estratégia chinesa na América Latina, consolidando sua influência e contribuindo para a configuração de uma ordem internacional mais multipolar.

Palavras chave: América Latina; China; Estados Unidos; geopolítica espacial; hegemonía regional; poder brando; Sul Global

Introducción

A medida que crece la rivalidad entre China y Estados Unidos (EE.UU.), este último país se centra cada vez más en reorganizar su estrategia para dar prioridad a la contención militar de China en la región indopacífica, dejando que sus aliados asuman una mayor carga para defender los intereses de seguridad regional de EE.UU., especialmente en Europa, Oriente Medio y Asia Oriental (Horton y Nattanson 2025). Aunque EE.UU. ha considerado tradicionalmente a América Latina como parte integrante de su esfera de influencia, en los últimos dos siglos la política estadounidense para la región ha experimentado una transformación significativa, que ha pasado de las primeras visiones de dominio hemisférico al intervencionismo de la Guerra Fría y, finalmente, al desinterés posterior a la Guerra Fría.

Arraigada en las creencias fundamentales de los primeros estadistas estadounidenses como Jefferson y Monroe, la política de EE.UU. hacia América Latina se enmarcó inicialmente en el compromiso de la Doctrina Monroe de excluir la interferencia europea y defender la primacía regional de EE.UU. (Gilderhus 2006). A lo largo de finales del siglo XIX y principios del XX, la política estadounidense evolucionó desde la disuasión pasiva hasta la intervención activa, ejemplificada por la afirmación del Corolario Roosevelt de un “poder policial internacional” (Ricard 2006). El presidente Wilson y sus sucesores intervinieron militarmente de forma habitual en el Caribe y Centroamérica, imponiendo los valores y modelos de gobernanza estadounidenses y socavando la soberanía local (Manwaring 2001; Tillman 2022). Durante la Guerra Fría, el temor a la expansión comunista dio lugar a una serie de operaciones encubiertas y cambios de régimen, como el derrocamiento de Árbenz en Guatemala (Brockett 2002) y el apoyo a los regímenes autoritarios en Chile y Brasil (Harmer 2013; Devine 2014; Spektor 2018). Estas intervenciones reflejaban la suposición de Washington de que podía definir unilateralmente la legitimidad política en la región, dando prioridad a la contención anticomunista sobre los principios democráticos (Hove 2007; Rabe 2006).

Tras la Guerra Fría, la importancia estratégica de América Latina para Washington disminuyó en relación con otras regiones. Aunque la ayuda exterior de Estados Unidos a América Latina y el Caribe aumentó a finales de los noventa y mantuvo una trayectoria generalmente ascendente durante los años siguientes, el aumento del gasto se debió principalmente a la ayuda humanitaria y para el desarrollo, y a los programas de lucha contra el narcotráfico y de seguridad (Congressional Research Service 2025). Durante este periodo, la política estadounidense se orientó hacia la participación económica mediante acuerdos de libre comercio y el apoyo a las reformas neoliberales, sobre todo a través de instituciones como el FMI y el Banco Mundial (Reid 2015; Sabatini 2013). Sin embargo, esta integración económica no fue acompañada de una atención política constante.

La guerra global contra el terrorismo centrada en Oriente Medio y el posterior “giro hacia Asia” marginaron aún más a América Latina en la gran estrategia de EE.UU. (Ellis 2019). Este descuido persistió bajo los mandatos de los presidentes George W. Bush, Obama y Biden, cuyas administraciones fueron ampliamente percibidas como indiferentes o desinteresadas (Marczak 2024; Shifter y Joyce 2009). Por el contrario, el presidente Trump reafirmó una postura agresiva y hegemónica, volviendo a ver la región como el patio de los Estados Unidos (Mendes 2025). Reviviendo la retórica de la Doctrina Monroe, su administración impuso sanciones, aplicó políticas de inmigración de línea dura, amenazó con acciones militares y socavó la cooperación multilateral con la región (Borger 2018; Boyer 2019; Nixon 2018). Desde su reelección en 2024, Trump ha intensificado este enfoque de confrontación -recortando la ayuda, ampliando la militarización e imponiendo aranceles generalizados- lo que ha llevado incluso a aliados cercanos a reconsiderar su alineamiento con Washington (González y Clifton 2025; Sanger y Shear 2025).

El vacío de liderazgo de EE.UU. ha permitido a China profundizar su influencia en toda América Latina, sobre todo en sectores estratégicos como la tecnología y el espacio. China está ampliando constantemente su influencia en el sector espacial latinoamericano mediante una serie de alianzas estratégicas con países como Brasil, Argentina y Chile. Los acuerdos recientes, como el de intercambio de datos satelitales China-Brasil de Recursos Terrestres por Satélite (CBERS) con la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), ponen de relieve el creciente compromiso regional de Pekín (Ministério da Ciência, Tecnologia e Inovação 2025). Al mismo tiempo, las alianzas de China con la Estación Espacio Lejano de Argentina y el Observatorio Ventarrones de Chile han suscitado la preocupación de EE.UU. por las posibles implicaciones militares y de doble uso de esta creciente presencia espacial (Richardson 2024).

La larga historia de compromiso de China con el sector espacial latinoamericano no es reciente (de Oliveira y da Vinha en prensa). Sin embargo, en los últimos años, China ha replanteado estas iniciativas como parte de un esfuerzo más amplio por afianzarse como líder de un orden internacional multipolar que afirma que es más equitativo. En este orden Pekín aprovecha la tecnología espacial, la infraestructura de datos y los activos orbitales para construir poder blando, asegurar alianzas críticas y promover sus ambiciones globales. Este esfuerzo es más pronunciado en el sur global, donde China ha tratado de cultivar alineamientos estratégicos que desafíen el dominio de EE.UU., sobre todo en ámbitos históricamente ignorados por Washington.

En este contexto, el sector espacial de América Latina se ha convertido en una frontera crítica para la competencia geopolítica. La creciente presencia de China en este ámbito indica su intención de integrarse en las arquitecturas tecnológicas e institucionales de la región, al tiempo que ofrece incentivos financieros, tecnológicos y diplomáticos que EE.UU. no ha logrado igualar en gran medida. Mientras tanto, los responsables políticos estadounidenses siguen actuando bajo la premisa obsoleta de que su preponderancia en América Latina es inevitable e indiscutible, una premisa cada vez más en desacuerdo con las preferencias estratégicas y los patrones de compromiso cambiantes de la región (Crandall 2011). En consecuencia, mientras EE.UU. se ha centrado en la competencia terrestre, China lo ha superado de forma silenciosa y eficaz en el ámbito espacial dentro de su propio hemisferio, creando importantes vulnerabilidades geopolíticas y de inteligencia que amenazan la posición hegemónica de Washington en la región.

Metodología

Para analizar la dinámica geopolítica emergente en América Latina, en este artículo se adopta un enfoque cualitativo que combina el trazado de procesos causales (process tracing) con el análisis exhaustivo de documentos y textos. El objetivo es examinar la evolución de la estrategia de Pekín hacia el sur global, con especial atención a la creciente presencia de China en el sector espacial latinoamericano. El trazado de procesos permite identificar los mecanismos causales que vinculan transformaciones estructurales -como la intensificación de la rivalidad sino-estadounidense- con decisiones concretas de política exterior (George y McKeown 1985). Al seguir la secuencia de acontecimientos y decisiones clave, este método permite reconstruir las trayectorias decisionales que dieron forma e institucionalizaron la estrategia espacial china en América Latina.

La base empírica de este estudio se fundamenta en un amplio análisis documental y textual. Las fuentes primarias incluyen documentos oficiales de política espacial de China, declaraciones de líderes chinos y latinoamericanos, así como acuerdos y marcos de cooperación internacionales. Estas evidencias permiten identificar las intenciones estratégicas y el posicionamiento diplomático de los distintos actores. A ello se suman fuentes secundarias, como literatura académica sobre poder blando y estrategias de proyección regional, además de informes elaborados por grupos de expertos y centros de análisis de políticas. La triangulación de fuentes (Bowen 2009) refuerza la validez del análisis, al ofrecer una visión más completa y matizada sobre cómo Pekín ha proyectado su poder blando y asegurado sus intereses estratégicos en el espacio latinoamericano.

Este artículo se estructura de la siguiente manera. La primera sección sitúa la implicación de China en América Latina dentro de su estrategia más amplia hacia el sur global; destaca cómo Pekín aprovecha la cooperación económica, política y tecnológica como herramientas para ampliar su influencia y proyectar su poder blando. La segunda sección examina la creciente presencia de China en el sector espacial latinoamericano. Se centra en las asociaciones bilaterales y multilaterales, y evalúa las implicaciones estratégicas y de seguridad de estos acontecimientos para EE.UU., especialmente a la luz del potencial de doble uso de los activos espaciales y la erosión del tradicional dominio regional de Washington. Por último, la conclusión reflexiona sobre las consecuencias más amplias de la diplomacia espacial de China. Además, se ofrecen recomendaciones para una respuesta recalibrada de EE.UU. que tenga en cuenta las nuevas realidades de la rivalidad entre grandes potencias en el hemisferio occidental, el cambio de paradigma hacia un mundo multipolar y el reconocimiento de los intereses nacionales de los países latinoamericanos como elemento fundamental en el desarrollo de las relaciones entre Washington y la región.

La estrategia de China: del sur global al patio de Estados Unidos

La participación de China en América Latina ha crecido rápidamente desde principios de siglo y se alinea con su estrategia más amplia de compromiso con el sur global. Esto refleja el “sueño chino” de Xi Jinping, articulado por primera vez durante la Primera Sesión de la XII Asamblea Popular Nacional en marzo de 2013, que esboza una visión del renacimiento nacional chino (Mohanty 2013). En su discurso, Xi amplió el mensaje transmitido el año anterior cuando asumió el cargo de secretario general del Partido Comunista Chino (PCCh), en el que preveía una profunda transformación tanto de la economía nacional de China como de su papel internacional (Jinping 2012, 2013a). La visión del “sueño chino” de rejuvenecimiento nacional se corresponde con los intereses fundamentales tradicionales del PCCh: la seguridad, la soberanía y el desarrollo (Scobell et al. 2020).

La expansión de las capacidades militares de China ilustra su emergencia como potencia mundial. Aunque el gasto en defensa de China no es totalmente transparente, investigaciones recientes estiman que en 2024 el presupuesto en este rubro representaba alrededor del 36 % del gasto en defensa comparable de EE.UU., lo que refleja una trayectoria de crecimiento más rápida que la del Departamento de Defensa de EE.UU. (Fravel, Gilboy y Heginbotham 2024). El aumento del gasto militar de China se ajusta a la estrategia por fases del presidente Xi Jinping para transformar el Ejército Popular de Liberación (EPL) en una fuerza de talla mundial para mediados de siglo. Este esfuerzo de modernización comenzó con la mecanización y la integración de las tecnologías digitales (“informatización”) para 2020, seguido de un enfoque en la mejora de la profesionalidad y la capacidad operativa para 2027. Para 2035, el EPL pretende alcanzar la modernización total mediante la “inteligentización”, es decir, la adopción de inteligencia artificial, sistemas autónomos y análisis de datos avanzados en el mando, las plataformas de armas y los sistemas de toma de decisiones. En última instancia, China prevé un ejército capaz de imponerse en conflictos de alta tecnología y multidominio a mediados del siglo XXI (Nouwens 2022).

Una señal más significativa del creciente estatus global de China es su rendimiento económico. Desde el inicio de las reformas económicas en 1978, China ha experimentado un crecimiento rápido y sostenido, con una media superior al 9 % anual, lo que ha permitido sacar de la pobreza a casi 800 millones de personas, erradicar la pobreza extrema en 2020 y alcanzar el estatus de país de renta media-alta (The World Bank 2024). Esta espectacular transformación de una sociedad mayoritariamente agraria en una potencia tecnológica mundial ha sido impulsada por una combinación de desarrollo impulsado por el Estado, liberalización del mercado e inversión estratégica. Las políticas fundamentales establecidas durante la era de Mao, como la reforma agraria, la electrificación, el desarrollo de la industria pesada, y las mejoras en la salud pública y la alfabetización, sentaron las bases fundamentales para el crecimiento futuro. Estas se ampliaron en el marco del programa de “Reforma y Apertura” de Deng Xiaoping, que aceleró el despegue económico de China mediante un enfoque dual que hacía hincapié en la liberalización gradual, la promoción de la empresa privada, las reformas salariales y de precios, y la apertura a la inversión extranjera (Kuo 2025).

A lo largo de las décadas, las intervenciones estatales han seguido configurando la economía mediante proyectos de infraestructura a gran escala, junto con la reforma y la privatización parcial de las empresas estatales y las políticas diseñadas para atraer la inversión extranjera directa. Las inversiones paralelas en educación superior y formación profesional han contribuido a crear una mano de obra cualificada. Además, China ha adoptado rápidamente las tecnologías digitales, lo que ha permitido el auge de los pagos móviles, las plataformas de comercio electrónico y el liderazgo en tecnologías avanzadas como la inteligencia artificial, la robótica y los semiconductores, áreas prioritarias en iniciativas como la “informatización” e “Internet Plus”. Por último, la abundancia de recursos minerales críticos de China, en particular su dominio de las tierras raras y el grafito natural, le proporciona una ventaja estratégica a la hora de construir cadenas de valor integradas verticalmente en industrias tecnológicas clave, lo que refuerza su influencia económica mundial (Brühl 2025; Kuo 2025).

La expansión de las capacidades económicas de China ha tenido profundas implicaciones en la dinámica del poder mundial, y ha posicionado a Pekín como un rival central del poder estadounidense y su liderazgo global. En términos de equilibrio estratégico, las investigaciones sobre la teoría de la transición del poder sugieren que el auge de China tiene implicaciones a largo plazo para la estabilidad mundial. Por ejemplo, utilizando el índice DiME (Diplomacia, Ejército, Economía), una métrica multidimensional del poder nacional, Moyer, Meisel y Matthews (2023) proyectan que las capacidades de China superarán a las de EE.UU. en 26 de los 29 escenarios modelados antes de 2060, y que el cruce más frecuente se producirá a principios de la década de 2040.

Además de su rápido ascenso económico y su ambiciosa modernización militar, China se centra cada vez más en remodelar las instituciones, las normas y los valores internacionales para que reflejen mejor sus intereses y valores. Desde su llegada al poder en 2012, Xi Jinping ha perseguido un proyecto más ambicioso: transformar China en una potencia mundial capaz de dar forma al sistema internacional. Pekín no solo busca tener más voz dentro de los marcos existentes, sino también promover un modelo alternativo de gobernanza global que desafíe el orden internacional liberal liderado por EE.UU. y resulte atractivo para los Estados del sur global.

Innumerables declaraciones y documentos oficiales dan fe de la agenda de transformación global de China. Una de las primeras referencias a la visión de Xi de un orden internacional alternativo se encuentra en su discurso de 2013 en el Instituto Estatal de Relaciones Internacionales de Moscú, donde abogó por una “comunidad de destino común” basada en un sistema internacional multipolar más equitativo (Jinping 2013b). Este concepto, más comúnmente conocido como “comunidad con un futuro compartido”, aunque a menudo cargado de terminología oscura, es inequívoco en su rechazo a la hegemonía y el intervencionismo de EE.UU. (Nathan y Zhang 2022). Más allá de los llamamientos a un “mundo caracterizado por la apertura y la inclusión, la equidad y la justicia, la coexistencia armoniosa, la diversidad y el aprendizaje mutuo, y la unidad y la cooperación” (The State Council Information Office of the People’s Republic of China 2023), las declaraciones y documentos oficiales aportan poca claridad sobre cómo se pondrá en práctica una “comunidad con un futuro compartido”.

En los últimos años, el PCCh ha tratado de ofrecer un modelo más detallado y preciso de su orden internacional alternativo. Por ejemplo, en su informe de 2017 al XIX Congreso Nacional del PCCh, Xi Jinping (2017) respaldó el “socialismo con características chinas” como modelo de modernización para los países en desarrollo, ofreciendo “una nueva opción para otros países y naciones que desean acelerar su desarrollo sin perder su independencia”. Para difundir los supuestos beneficios de su modelo de desarrollo, Xi se comprometió a ampliar activamente las asociaciones internacionales para promover la coordinación y la cooperación con los países en desarrollo, con el objetivo de construir un marco para la estabilidad y el desarrollo internacionales (Jinping 2017). Del mismo modo, el libro blanco de 2019, China y el mundo en la nueva era, destaca el compromiso de Pekín de ser “constructor de la paz mundial, contribuyente al desarrollo global y guardián del orden mundial” (The State Council Information Office of the People’s Republic of China 2019). Para alcanzar esta visión, el documento señala la intención de Pekín de proporcionar bienes globales que contribuyan a ampliar el comercio, reducir la pobreza y promover la conectividad internacional. También se compromete a continuar con la política de “globalización” de China mediante una mayor apertura de su economía, la reducción de los aranceles, la facilitación de la inversión extranjera y la mejora de su entorno empresarial (The State Council Information Office of the People’s Republic of China 2019).

Más recientemente, en la Conferencia Central sobre Asuntos Exteriores de 2023, Xi Jinping (2023) afirmó que China ha “participado activamente en la gobernanza mundial y ha mostrado el camino para reformar el sistema y el orden internacionales”. Desde el regreso del presidente Trump al cargo, China se ha mostrado aún más firme sobre su papel como líder mundial. Ha contrastado su comportamiento con el de la nueva administración y se ha presentado como la potencia mundial responsable que proporciona bienes públicos como el mantenimiento de la cooperación internacional, el multilateralismo, la globalización económica y la estabilidad internacional (Heydarian 2025; Sauer y Hawkins 2023).

Los responsables políticos de Pekín perciben que las tendencias históricas están contribuyendo al declive de las potencias occidentales, en particular de EE.UU., y al auge de los Estados no occidentales en el mundo en desarrollo. En consecuencia, China está cultivando activamente una red de alianzas estratégicas en todo el sur global mediante un compromiso económico sostenido, actividades diplomáticas y una cooperación selectiva en materia de seguridad. En particular, China ha desarrollado cuatro programas para alcanzar estos objetivos: la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI), iniciada en 2013; la Iniciativa de Desarrollo Global (GDI), lanzada en 2021; la Iniciativa de Seguridad Global (GSI), lanzada en 2022; y, más recientemente, la Iniciativa de Civilización Global (GCI). Si bien cada programa se centra en diferentes áreas estratégicas, “cada uno contribuye de alguna manera a promover tanto la transformación del sistema internacional como la centralidad de China dentro de él” (Economy 2024).

Este enfoque refleja la ambición más amplia de Pekín de consolidar su papel como actor extrarregional poderoso capaz de influir en la dinámica política y económica de estas regiones. Al proporcionar inversión en infraestructuras, financiación para el desarrollo y apoyo político -a menudo con menos condiciones que los donantes occidentales-, China busca generar beneficios recíprocos, como un acceso favorable al mercado, respaldo político en foros multilaterales y mayor seguridad para sus ciudadanos y activos en el extranjero. Con el tiempo, la consolidación de estas relaciones puede permitir a Pekín afirmar sus intereses con mayor contundencia, de formas que desafíen o eludan la influencia de EE.UU. Si tiene éxito, esta estrategia no solo ampliaría la influencia regional de China, sino que también reforzaría sus pretensiones de liderazgo mundial como alternativa creíble y viable al orden liderado por EE.UU. (Heath, Grossman y Clark 2021).

Tras profundizar su compromiso con los países en desarrollo de Asia, los responsables políticos chinos han identificado cada vez más a África y Oriente Medio como regiones prioritarias para el desarrollo económico, el acceso a los recursos energéticos y la ampliación de las oportunidades comerciales. Estas regiones también se consideran especialmente receptivas a la influencia diplomática y normativa de China, dados sus intereses comunes en la multipolaridad y la cooperación impulsada por el desarrollo. Además, para China, el apoyo de los actores de estas regiones es esencial para promover el orden mundial multipolar que desea (Murphy 2022). Aunque América Latina ha ocupado tradicionalmente una posición secundaria en los cálculos de la política exterior china -debido en parte a la distancia geográfica y a los volúmenes comerciales históricamente limitados-, en los últimos años Pekín ha intensificado sus esfuerzos por ampliar los lazos económicos, el diálogo político y la colaboración institucional en toda la región. Esto refleja la ambición más amplia de China de consolidar su influencia en todo el sur global (Heath, Grossman y Clark 2021).

El creciente compromiso de China con los países latinoamericanos refleja una estrategia integral y en constante evolución con objetivos económicos, políticos y estratégicos, y cuyo objetivo final es “posicionar a China como un actor dominante en América” (Lazarus 2025). En el ámbito económico, China ha profundizado sus lazos con casi todos los países de la región, como parte de su estrategia más amplia de desarrollo y prosperidad. En consecuencia, Pekín emplea una serie de herramientas para promover sus objetivos económicos en América Latina, combinando el comercio, la inversión, las alianzas estratégicas y las iniciativas políticas. Por ejemplo, desde 2005, el valor total de las inversiones y los proyectos de construcción de China en el extranjero ha superado los USD 2,5 miles de millones (American Enterprise Institute 2025). Como resultado, China se ha convertido en el segundo socio comercial más importante América Latina y el Caribe (ALC) y en el principal socio comercial de América del Sur, con un comercio que alcanzó un récord de USD 518 mil millones en 2024 y que se prevé que supere los USD 700 mil millones en 2035 (Jütten 2025).

Más allá de sus ambiciones económicas, China persigue una serie de objetivos políticos y diplomáticos en América Latina destinados a remodelar el orden regional y mundial de manera que favorezca sus intereses estratégicos. Un elemento central de esta iniciativa es la promoción por parte de Pekín de la “cooperación sur-sur”, a través de la cual aboga por reformas en las instituciones de gobernanza mundial -como el BRICS y el G20- para que sean más representativas del sur global (Roy 2025). Paralelamente, China busca cultivar la buena voluntad política y profundizar las relaciones estratégicas a través de iniciativas de poder blando, que incluyen intercambios culturales, programas educativos y divulgación en los medios de comunicación. Estos esfuerzos se refuerzan aún más mediante la firma de “alianzas estratégicas integrales” con actores regionales, entre los que se incluyen Argentina, Brasil, Chile, Ecuador, México, Perú y Venezuela (Lei 2024; Roy 2025).

Además de su compromiso económico y diplomático, China está promoviendo objetivos estratégicos y geopolíticos en América Latina que reflejan consideraciones de seguridad a largo plazo y ambiciones de poder global. Una dimensión de esta estrategia consiste en establecer puntos de apoyo estratégicos a través de proyectos de infraestructura comercial, como puertos y aeropuertos, que, aunque en apariencia civiles, pueden potencialmente ofrecer al EPL información valiosa sobre las redes y las instalaciones logísticas regionales con posibles aplicaciones de doble uso en caso de un conflicto futuro (Ellis 2017). China también está profundizando sus lazos militares y de seguridad con los países latinoamericanos a través de la venta de armas, los intercambios militares y los programas de formación (Roy 2025). Cabe destacar que ha ampliado su presencia en el ámbito espacial al suministrar satélites y construir infraestructuras relacionadas con el espacio. De esta manera, incorpora los estándares tecnológicos chinos -como el sistema de navegación por satélite BeiDou- a los sistemas críticos de la región (Roy 2025; Ellis 2017) y refuerza su posición como socio espacial preferente de los países latinoamericanos.

En este sentido, China emplea activamente el poder blando en el sur global como una estrategia deliberada para alcanzar sus objetivos de seguridad y política exterior. El concepto de poder blando se define como la capacidad de influir en otros y obtener los resultados deseados mediante la atracción y la persuasión, en lugar de la coacción o el pago (Nye 2012). Este mecanismo funciona influyendo o moldeando las preferencias de otros (Nye 2023). El poder blando contrasta con el poder duro, o poder de mando, que se basa en amenazas o incentivos para obligar a actuar. Como concepto analítico, los recursos del poder blando son los activos que generan atracción, y se basan en gran medida en la cultura de un país, sus valores políticos (cuando se practican de manera coherente) y sus políticas exteriores (cuando se perciben como legítimas y con autoridad moral). El ejercicio del poder blando suele producirse cuando un país consigue “estructurar una situación de manera que otros países desarrollen preferencias o definan sus intereses de forma coherente con los suyos” (Nye 1990, 168). Aunque útil para lograr influencia general u “objetivos de entorno”, el poder blando a veces se ve cuestionado porque puede utilizarse indebidamente como sinónimo de cualquier cosa no militar, y su verdadera eficacia depende en gran medida del contexto, el público objetivo y la existencia de intérpretes dispuestos (Nye 2023).

China integra el poder blando como un componente deliberado e integral de su política exterior para moldear el entorno externo y facilitar su ascenso (Kalimuddin y Anderson 2018). Esto se considera una “estrategia inteligente” para contrarrestar los temores generados por el creciente poderío militar y económico de China, y reduce la probabilidad de que sus vecinos formen coaliciones para contrarrestarlo (Nye 2012, 154). En el sur global, la diplomacia económica y el desarrollo constituyen los instrumentos más poderosos de esta estrategia (Shambaugh 2015). China aprovecha el éxito de su economía política, que resulta atractiva para muchos países en desarrollo (Nye 2012). Esto se ve respaldado por importantes inversiones, que incluyen generosos préstamos, paquetes de ayuda masivos e iniciativas de gran envergadura, como el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (AIIB), en cuyas votaciones China tiene una influencia significativa. La vasta Iniciativa BRI de China, que implica más de USD mil millones para infraestructura, fomenta las inversiones chinas en el extranjero y proporciona la infraestructura necesaria a los países pobres.

En el contexto de la política exterior y la seguridad, China persigue objetivos estratégicos, entre ellos establecerse como socio preferente y tratar de evitar la interferencia de actores extrarregionales, como EE.UU., lo que se consigue deslegitimándolos (Kalimuddin y Anderson 2018). China aumenta su valor participando activamente en acuerdos de seguridad regionales, como la Reunión de Ministros de Defensa de la ASEAN Plus (ADMM+), el Foro Regional de la ASEAN (ARF) y el Foro de Cooperación China-África (FOCAC), entre otros, y a menudo lidera proyectos de cooperación (Kalimuddin y Anderson 2018; Nantulya 2025). Además, China aboga por un enfoque específico, denominado “forma asiática de consuelo” o “vías de relación no alineadas”, destinado a excluir la interferencia externa (es decir, occidental) en la gobernanza de la seguridad (Kalimuddin y Anderson 2018). Todos estos esfuerzos se enmarcan en el discurso de la “armonía”, que los líderes chinos utilizan para transmitir la benignidad general de China y atraer al público afirmando que su larga tradición de armonía garantiza un ascenso pacífico, en contraste con el supuesto poder duro y discordante de los países occidentales y Japón (Hagström y Nordin 2020).

La diplomacia espacial de China en América Latina

China tiene una larga trayectoria de colaboración bilateral con el sector espacial latinoamericano. Su primera colaboración significativa comenzó en la década de los ochenta con Brasil a través del programa China-Brasil de Satélites de Recursos Terrestres (CBERS), que sentó las bases para futuras colaboraciones (da Vinha y de Oliveira 2025). Posteriormente, China se asoció con Venezuela y Bolivia en proyectos satelitales. Concretamente con Venezuela, China desarrolló y lanzó el satélite de comunicaciones Venesat-1, junto con dos satélites de teledetección, VRSS-1 y VRSS-2. Con Bolivia, la cooperación se centró en el satélite de comunicaciones Túpac Katari 1 (TKSAT-1). En ambos casos, el personal latinoamericano recibió formación técnica en Pekín (de Oliveira y da Vinha en prensa).

En los últimos años, China ha aumentado aún más su presencia en la región mediante el refuerzo de la cooperación y los acuerdos en áreas de alto valor estratégico en el espacio ultraterrestre. Por ejemplo, en mayo de 2025, China y Brasil formalizaron su compromiso con la cooperación espacial regional mediante un memorando de entendimiento destinado a facilitar la difusión de datos satelitales a los Estados miembros de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) en el marco del programa CBERS. El acuerdo describe los esfuerzos para compartir los datos producidos por los futuros satélites CBERS-5 y CBERS-6. Además del intercambio de datos, el memorando incluye disposiciones para iniciativas de formación y desarrollo de capacidades destinadas a mejorar las capacidades de los países de la CELAC para interpretar la información obtenida por satélite y utilizarla para aplicaciones meteorológicas, medioambientales y climatológicas, así como para la comunicación (Ministério da Ciência, Tecnologia e Inovação 2025).

El año anterior, el Ministerio de Comunicaciones de Brasil firmó un acuerdo de cooperación con la Administración Nacional de Datos (NDA) de China y SpaceSail, una empresa china que desarrolla un servicio de internet de alta velocidad basado en una constelación de satélites en órbita terrestre baja. El acuerdo prevé el inicio de las operaciones de SpaceSail en Brasil, lo que posiciona a la empresa para entrar en un mercado actualmente dominado por Starlink, el servicio de internet por satélite propiedad del empresario estadounidense Elon Musk, tras su disputa pública con las autoridades brasileñas. Este desarrollo tiene el potencial de diversificar el sector de internet por satélite de Brasil y reducir su dependencia de un único proveedor extranjero (BBC News Brasil 2024).

China ha ampliado su colaboración bilateral en el sector espacial a otros países de la región, como Argentina y Chile, lo que ha suscitado una mayor preocupación en Washington. Aunque la cooperación espacial bilateral entre China y Argentina existe desde finales del siglo XX, el avance más notable se produjo en 2014, cuando China y Argentina acordaron construir la estación de seguimiento y control de satélites Espacio Lejano en la provincia de Neuquén (también conocida como Estación Terrestre de Patagonia). En virtud de un contrato de arrendamiento de 50 años, la instalación, financiada con una importante inversión china, obtuvo la exención de impuestos, y apoya los esfuerzos de China en materia de exploración espacial profunda y programa lunar (de Oliveira y da Vinha en prensa). Este avance suscitó preocupación en EE.UU., donde los funcionarios consideran que este tipo de instalaciones podrían mejorar la capacidad de China para vigilar y atacar los activos espaciales estadounidenses. En su testimonio de 2024 ante la Comisión de Servicios Armados de la Cámara de Representantes de los EE.UU., la generala Laura Richardson, entonces comandante del Comando Sur de los Estados Unidos (SOUTHCOM), reiteró su preocupación por la estación Espacio Lejano. La instalación está gestionada por la Dirección General de Lanzamiento, Seguimiento y Control de Satélites de China, una rama de la Fuerza de Apoyo Estratégico, responsable de las capacidades espaciales, cibernéticas y de guerra electrónica del EPL. La generala Richardson advirtió que el acceso de China a la infraestructura global de seguimiento y vigilancia espacial a través de esta estación podría permitir el desarrollo de capacidades militares globales. En concreto, señaló que esas capacidades podrían servir para vigilar, rastrear y localizar a las fuerzas estadounidenses, con implicaciones para los objetivos convencionales y nucleares, las operaciones terrestres, aéreas y marítimas, los ataques convencionales de precisión y la defensa antimisiles (Richardson 2024).

Las autoridades estadounidenses también han expresado su preocupación por las posibles implicaciones estratégicas del Observatorio Ventarrones, situado en el desierto de Atacama, en Chile. El Parque Astronómico Ventarrones es una iniciativa conjunta entre la Universidad Católica del Norte de Chile y el Observatorio Astronómico Nacional de China, que forma parte de la Academia China de Ciencias. El proyecto está destinado a albergar la iniciativa de Vigilancia de Objetos Transitorios, que implica construir un sistema de telescopios ópticos, una instalación alimentada con energía fotovoltaica, y una infraestructura integrada de procesamiento de datos y análisis científico. A Washington le preocupa especialmente que el observatorio pueda mejorar las capacidades de vigilancia espacial de China, lo que plantea cuestiones más amplias sobre la posible naturaleza de doble uso de la cooperación científica en el ámbito espacial. Aunque el Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile ha acordado revisar el acuerdo tras la atención prestada por los medios de comunicación nacionales e internacionales, los funcionarios de Santiago reiteraron que “el proyecto no se había cancelado” (Tatlow 2025). De hecho, en los últimos años, Chile y China se han acercado, y ahora el 60 % de la red eléctrica chilena es propiedad de empresas chinas, y el 40 % de sus exportaciones se destinan ese país. Los portavoces del Gobierno describieron la relación como “positiva y sólida”, y añadieron que la relación “tiene un marco definido por acuerdos bilaterales y alineado con los principios del derecho internacional” (Tatlow 2025).

China también ha profundizado su relación con Perú, que fue el único país latinoamericano que participó en la fundación de la Organización de Cooperación Espacial Asia-Pacífico (APSCO) cuando se creó en 2005. A lo largo de los años, a través de su pertenencia a la APSCO, Perú ha colaborado con Pekín en varios proyectos espaciales. De hecho, aunque Lima se ha adherido recientemente a los Acuerdos Artemis liderados por EE.UU., el Foro de Desarrollo de Liderazgo de la APSCO 2023, celebrado en Cusco (Perú), planteó la posibilidad de que Perú participara en la Estación Internacional de Investigación Lunar (ILRS) liderada por China (Secretariat of Asia-Pacific Space Cooperation Organization 2023).

En los últimos años, China también ha recurrido a una serie de instituciones multilaterales para promover sus intereses en América Latina e intentar configurar un nuevo orden regional. Por ejemplo, el Foro China-CELAC ha servido como una plataforma intergubernamental clave para el diálogo y la cooperación entre China y los países de América Latina y el Caribe. Inaugurado oficialmente en julio de 2014, durante una reunión entre el presidente Xi Jinping y los líderes de América Latina y el Caribe en Brasilia, el Foro tiene como objetivo institucionalizar y fortalecer los lazos entre ambas partes (Ruvalcaba 2024). El Foro también permite a China difundir y fomentar su “poder blando relacional” y reconvertir la CELAC en un “vehículo estratégico” para la cooperación regional (Vadell 2022). China aprovecha el Foro como herramienta para proyectar su poder e intereses en América Latina a través de diversos mecanismos, como la facilitación de inversiones y préstamos, la financiación de proyectos de infraestructura y la difusión de principios normativos promovidos por China, tales como “respeto, igualdad, pluralidad, beneficio mutuo, cooperación, apertura, inclusión y no condicionalidad” (Vadell 2022, 193).

Entre las numerosas áreas identificadas en el Plan de Acción Conjunto China-CELAC para la Cooperación en Áreas Clave (2022-2024), se identificaron como áreas de cooperación la exploración espacial, la ciencia espacial, el intercambio de datos satelitales, las aplicaciones satelitales, la construcción de infraestructura terrestre, y la formación y educación del personal (Ministry of Foreign Affairs of the People’s Republic of China 2021). El objetivo de China de convertirse en un actor fundamental en el sector espacial latinoamericano se reiteró cuando la Administración Espacial Nacional de China (CNSA) y el gobierno provincial chino de Hubei organizaron el primer Foro de Cooperación Espacial entre China y los Estados de América Latina y el Caribe en abril de 2024. Los organizadores del foro trataron de destacar cómo los participantes podrían beneficiarse de la combinación de los avances de China en tecnología espacial -como el lanzamiento de naves espaciales y las operaciones de satélites en órbita- con aplicaciones en tierra, junto con la ventaja geográfica única de América Latina en los hemisferios occidental y meridional de la Tierra. Esta ubicación es crucial para la vigilancia y el seguimiento de las actividades espaciales, así como para satisfacer la creciente necesidad de la región de capacidades espaciales, incluido el lanzamiento de satélites comerciales (Xiaoci 2024).

Este compromiso se reforzó aún más en el Foro China-CELAC de mayo de 2025, donde Xi Jinping (2025) invitó a los delegados a unirse a China en la construcción de una “comunidad con un futuro compartido” mediante la adhesión a cinco programas que abarcan desde el desarrollo económico y la seguridad internacional hasta el intercambio cultural. Entre las numerosas iniciativas esbozadas en estos programas, el Plan de Acción Conjunto China-CELAC reiteró la necesidad de fortalecer la cooperación en el sector espacial y de seguir avanzando en la colaboración a través del Foro de Cooperación Espacial China-ALC (China ODI Project Finance and Law 2025).

China también ha aprovechado su papel en el BRICS para impulsar su diplomacia espacial. En 2022, se creó en Pekín el Comité Conjunto del BRICS para la Cooperación Espacial, con el objetivo de fomentar la colaboración en los ámbitos de la observación por satélite de teledetección y el intercambio de datos (China National Space Administration 2022). En la reunión del comité celebrada en 2024, los Estados miembros reiteraron su compromiso con la Iniciativa de Cooperación de la Constelación de Satélites de Teledetección del BRICS, cuyo objetivo es establecer la Constelación Virtual de Satélites de Teledetección del BRICS e implementar un marco de intercambio de datos entre las agencias espaciales del BRICS (Faboade 2024). En la reunión del comité de 2025, celebrada en Brasil, los miembros más recientes -Egipto, Etiopía, Indonesia, Irán y los Emiratos Árabes Unidos- también se comprometieron a aumentar su cooperación en el sector espacial (Ministry of Foreign Affairs and the Social Communication Secretariat of the Presidency of the Republic of Brazil 2025). Esta iniciativa tiene potencial para expandirse, ya que el BRICS busca incluir a más países, por ejemplo, a través de la categoría de “países socios”, y ampliar la influencia de China en la configuración de las políticas espaciales de sus miembros.

Una de las iniciativas multilaterales clave de China para la cooperación espacial es la ILRS. El proyecto se puso en marcha en 2019 con el objetivo de establecer una plataforma y un complejo de investigación en la superficie lunar y en su órbita para 2035. La ILRS también busca ampliar el poder blando de China atrayendo a más socios y ampliando la cooperación (Wu 2025). Sin embargo, en América Latina, solo Venezuela y Nicaragua se han sumado a la iniciativa ILRS. Junto con Cuba, su alineación con China parece estar motivada más por el simbolismo político que por consideraciones estratégicas o pragmáticas. De hecho, la mayoría de los países latinoamericanos -en particular Brasil, Argentina y México, que poseen las capacidades espaciales más avanzadas de la región- son signatarios de los Acuerdos Artemis, lo que indica una alineación estratégica más amplia con las estructuras de gobernanza espacial occidentales (de Oliveira y da Vinha en prensa). Sin embargo, dado que la administración Trump es vista cada vez más en la región como una administración que depende exclusivamente de la diplomacia coercitiva, los líderes latinoamericanos se están volviendo más receptivos a las propuestas de China (Krygier 2025).

La creciente presencia de China en el sector espacial latinoamericano plantea una serie de retos importantes para los intereses nacionales de EE.UU. En primer lugar, los funcionarios estadounidenses están especialmente preocupados por el acceso de China a las instalaciones espaciales regionales equipadas con tecnologías de doble uso, ya que las consideran potenciales “caballos de Troya” que podrían explotarse con fines militares y de inteligencia (Moreno Cosgrove s.f.; Ellis 2024). Por ejemplo, las estaciones terrestres dependen de antenas, receptores e infraestructura asociada para proporcionar enlaces de comunicación terrestres a los satélites en órbita, lo que permite el seguimiento y el control de las naves espaciales. Sin embargo, al igual que los propios satélites, las estaciones terrestres son intrínsecamente de doble uso, ya que pueden cumplir funciones civiles, comerciales y de defensa. Más concretamente, estas instalaciones, incluidos los observatorios astronómicos, podrían utilizarse para vigilar los satélites estadounidenses y otros activos espaciales, proporcionando a Pekín información valiosa sobre sus movimientos, capacidades y vulnerabilidades, lo que supondría una amenaza directa para la seguridad nacional de EE.UU. (Torres y Delgado López 2024). Además, el secretismo que rodea las operaciones de estas estaciones, en particular sus opacos vínculos con el EPL, aumenta aún más las sospechas de los funcionarios estadounidenses sobre su verdadero propósito (Moreno Cosgrove s.f.).

Las estaciones terrestres del hemisferio sur, donde la infraestructura espacial sigue estando relativamente poco desarrollada, resultan atractivas para China debido a su ubicación estratégica, que garantiza una comunicación continua con las naves espaciales. Estas ubicaciones ayudan a Pekín a cubrir las lagunas de cobertura global, y mejorar así sus capacidades de seguimiento, telemetría y control a nivel mundial (Torres y Delgado López 2024). Un ejemplo de ello es la estación terrestre de Patagonia, que, aunque oficialmente dedicada a misiones lunares y marcianas, posee capacidades de seguimiento del espacio profundo que, también en teoría, podrían emplearse para seguir satélites estadounidenses, recopilar inteligencia estratégica y apoyar operaciones contraespaciales en caso de conflicto (Moreno Cosgrove s.f.). Del mismo modo, la estación Ventarrones, presentada como un observatorio astronómico, tiene la capacidad latente de rastrear satélites, recopilar inteligencia y contribuir a las actividades espaciales militares (Tatlow 2024).

Además de ampliar la capacidad de China para interceptar transmisiones de datos de satélites occidentales -comprometiendo así la confidencialidad e integridad de la información sensible-, las estaciones terrestres en América Latina podrían potencialmente, en caso de conflicto, apoyar o dirigir ataques cinéticos o electrónicos contra activos espaciales estadounidenses y aliados, socavando funciones satelitales críticas como la comunicación, la navegación y la vigilancia (Ellis 2024). Además, estas estaciones pueden permitir la telemetría, el seguimiento y el comando de los avanzados sistemas de armas orbitales chinos, incluidos los vehículos de planeo hipersónicos (HGV). Las capacidades de TT&C (Telemetry, Tracking, & Command) son cruciales para el guiado de precisión y la corrección a mitad de trayectoria de los HGV, lo que aumenta su letalidad y su capacidad para penetrar las defensas antimisiles de EE.UU. En términos más generales, la expansión de la red de estaciones terrestres de China en Sudamérica refuerza su arquitectura C5ISRT, lo que permite el posible despliegue de sistemas de armas de precisión con alcance global (Torres y Delgado López 2024).

La creciente presencia de China en el sector espacial latinoamericano supone un reto cada vez mayor para la influencia geopolítica y el liderazgo estratégico de EE.UU. en la región. Pekín utiliza la cooperación espacial -incluido el suministro de satélites, programas de formación e instalaciones terrestres- como instrumento de política exterior para cultivar el poder blando y la buena voluntad política entre los gobiernos latinoamericanos, posicionándose como una alternativa creíble a EE.UU. y Europa (Roy 2024). Este compromiso cada vez más profundo también permite a China promover normas y principios alternativos de gobernanza espacial, que pueden divergir de los marcos respaldados por EE.UU., como los Acuerdos Artemis, y promover una visión competitiva para la regulación y el uso del espacio ultraterrestre (Tirziu 2023).

Conclusiones

La política estadounidense hacia América Latina ha estado históricamente marcada por un conjunto coherente de intereses de seguridad arraigados en la Doctrina Monroe y sus interpretaciones posteriores, que evolucionaron desde las primeras afirmaciones de primacía hemisférica hasta prácticas cada vez más intervencionistas a lo largo del siglo XX. Si bien la Guerra Fría intensificó los esfuerzos de EE.UU. por contener las amenazas ideológicas a su modelo político-económico en la región mediante medios militares y encubiertos, la era posterior a la Guerra Fría vio un relativo declive en el enfoque estratégico de Washington hacia América Latina, sobre todo a medida que la atención mundial se desplazaba hacia Oriente Medio y Asia. A pesar de los ocasionales repuntes de compromiso, se considera que las últimas administraciones estadounidenses han descuidado a la región, y han creado un vacío geopolítico que los países latinoamericanos han intentado llenar mediante la diversificación de sus asociaciones estratégicas, particularmente con China, y que esta ha tratado de llenar cada vez más. Aunque la administración Trump buscó restablecer la hegemonía estadounidense en América Latina por medio de una política más coercitiva, su enfoque despertó recelo entre los gobiernos de la región (Mia 2025) y pudo haber contribuido a un mayor distanciamiento de Washington.

El rápido crecimiento económico de China, la expansión de sus capacidades militares y sus iniciativas diplomáticas integrales reflejan su ambición más amplia de remodelar la dinámica del poder mundial y extender su influencia en todo el sur global, incluida América Latina. A través de amplias inversiones económicas, foros multilaterales y una presencia cada vez más grande en sectores estratégicos como la tecnología espacial, Pekín se está posicionando como un actor central en el hemisferio. La diplomacia espacial de China, caracterizada por la cooperación en materia de satélites, el desarrollo de infraestructuras terrestres y la transferencia de tecnología, no solo refuerza su influencia regional, sino que también suscita profundas preocupaciones estratégicas para la seguridad nacional de EE.UU., ya que, según el entendimiento de Washington, las instalaciones de doble uso pueden potencialmente permitir capacidades de vigilancia y militares que desafíen el dominio estadounidense. Esta dinámica en evolución señala un cambio significativo en las relaciones de poder hemisféricas, con importantes implicaciones para el futuro de las relaciones entre EE.UU. y en América Latina y el orden mundial.

Sin embargo, la creciente cooperación entre América Latina y China no debe interpretarse como una postura reaccionaria contra EE.UU. Tal visión simplifica en exceso las complejas y matizadas estrategias de política exterior de los Estados latinoamericanos. Aunque varios países latinoamericanos se han encontrado con la resistencia de EE.UU. para acceder a las tecnologías espaciales, el creciente compromiso de la región con China es sobre todo el resultado de intereses estratégicos nacionales independientes, más que de un antagonismo absoluto hacia Washington. Más concretamente, las naciones latinoamericanas han demostrado un interés sostenido en desarrollar capacidades espaciales autóctonas para mejorar la gobernanza de los recursos y la soberanía nacional (de Oliveira y da Vinha en prensa). Además, la incertidumbre que rodea a la emergente rivalidad entre China y EE.UU. ha llevado a muchos Estados de la región a adoptar una estrategia de cobertura destinada a mantener la ambigüedad estratégica en las relaciones con las potencias rivales y maximizar los beneficios, al tiempo que se mitigan los riesgos a largo plazo, como el atrapamiento, el abandono o la alienación (da Vinha y de Oliveira en prensa).

Esto no implica que EE.UU. deba seguir ignorando o antagonizando a los países latinoamericanos. Y, en última instancia, si EE.UU. no está dispuesto o no es capaz de abordar las prioridades espaciales de las naciones latinoamericanas mediante una cooperación significativa y sostenida, esos intereses no desaparecerán. Más bien, estos países seguirán persiguiendo sus ambiciones espaciales mediante asociaciones con actores globales capaces de satisfacer sus necesidades. En el panorama geopolítico actual, tal cambio probablemente reforzaría y afianzaría la influencia de otras potencias espaciales en la región, en particular China (de Oliveira y da Vinha en prensa). Esta tendencia es sobre todo preocupante para los intereses de EE.UU., dado que muchos países latinoamericanos, entre ellos Argentina, Brasil y México, perciben actualmente a EE.UU. como una amenaza mayor para su nación que China o Rusia (Fetterolf, Clancy y Lippert 2025).

Por tanto, para mitigar la creciente influencia de Pekín en la región, es fundamental que Estados Unidos busque comprender con mayor profundidad los verdaderos factores impulsores que orientan las políticas espaciales de los países latinoamericanos. Solo a partir de este entendimiento será posible diseñar asociaciones percibidas como mutuamente beneficiosas y, por ende, atractivas para la región. En un contexto en el que el unilateralismo global ha perdido fuerza, Washington debe reconocer que América Latina ya no depende exclusivamente de sus vínculos con Estados Unidos y que dispone de un abanico de socios globales que a menudo resultan más compatibles con sus intereses nacionales. El desconocimiento de este cambio de paradigma y la persistencia de una política exterior de business as usual constituyen un error estratégico que ha contribuido al declive de la influencia estadounidense y al fortalecimiento de otros actores globales en la región.

Para involucrar de manera efectiva a los países latinoamericanos en asuntos espaciales, EE.UU. debe adoptar una estrategia proactiva, coordinada y de largo plazo que trascienda las respuestas reactivas frente al ascenso de China, y que permita a Washington reconstituirse como un socio confiable, disipando su actual imagen de potencial amenaza. También es esencial adoptar un enfoque gubernamental integral para superar la fragmentación actual entre las agencias civiles, militares y comerciales. El eje central de esta estrategia debe ser ampliar la coordinación diplomática, la cooperación técnica y el liderazgo basado en valores comunes. En este sentido, Washington podría aprovechar el interés regional en el Programa Artemis para desarrollar iniciativas conjuntas de investigación, apoyar infraestructuras y promover transferencias tecnológicas más tangibles dentro del marco de colaboración de la NASA. Un compromiso más profundo de los países latinoamericanos en el proyecto permitiría que los Acuerdos Artemis funcionen como un marco transparente y basado en normas para la gobernanza espacial, promoviendo una mayor integración entre América Latina y EE.UU. Implementar estos acuerdos ofrece, por tanto, un mecanismo concreto para fomentar la confianza multilateral y fortalecer las normas comunes en la exploración espacial.

Igualmente, importante es la inversión en el desarrollo de capacidades y el uso estratégico de las capacidades espaciales comerciales estadounidenses. Los programas de formación, las colaboraciones con universidades y la participación en misiones espaciales fomentarían la experiencia y la buena voluntad locales, al tiempo que demostrarían los beneficios tangibles de alinearse con EE.UU. Empresas como SpaceX y Blue Origin pueden desempeñar un papel fundamental si cuentan con el apoyo de herramientas gubernamentales estadounidenses adecuadas, como la financiación y la facilitación de las exportaciones. En última instancia, el compromiso de EE.UU. debe reflejar el respeto mutuo y el reconocimiento de la capacidad de América Latina para perseguir sus propios objetivos de desarrollo. Si no se actúa con decisión, se corre el riesgo de ceder terreno a China en una región cada vez más importante para el futuro de la cooperación espacial mundial.

Para la región, también sería altamente benéfico recuperar a los EE.UU. como un socio confiable. La pluralidad de socios internacionales debe ser vista como un activo estratégico que amplía las oportunidades de cooperación, fomenta alianzas diversificadas y facilita el desarrollo de iniciativas complejas. En este sentido, la excelencia de EE.UU. en el ámbito espacial como un actor global dotado de vastas capacidades tecnológicas y financieras no puede ser subestimada. Superar la desconfianza actual hacia Washington podría traducirse, por tanto, en recuperar un socio de gran valor estratégico para fortalecer el sector espacial en América Latina.

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Recibido: 09 de Agosto de 2025; Aprobado: 20 de Octubre de 2025

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