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Estado & comunes, revista de políticas y problemas públicos

versión On-line ISSN 2477-9245versión impresa ISSN 1390-8081

E&c vol.2 no.15 Quito jul./dic. 2022

https://doi.org/10.37228/estado_comunes.v2.n15.2022.271 

Articles

Lo político para una nueva cultura política poscovid-19: reflexiones desde la democracia y la participación ciudadana

A New Political Concept for a Post-Covid Political Culture: Reflections from Democracy and Citizen Participation

Jorge Antonio Balladares Burgos1 
http://orcid.org/0000-0001-7033-1970

1Docente en la Universidad Andina Simón Bolívar, Ecuador, jorge.balladares@uasb.edu.ec


Resumen

El propósito de este artículo es esbozar los componentes de una cultura política poscovid, que permitiría a las personas ciudadanas disponer de herramientas para nueva praxis política. Categorías como democracia y participación ciudadana, en tanto elementos constitutivos del diálogo y la interacción con el Estado en un contexto de crisis, pueden ser insumos para entender el nuevo ámbito y dinámicas de lo político. El estudio presenta una revisión de fuentes bibliográficas para definir y analizar los principales elementos que conforman esta nueva cultura. Entre los hallazgos están las formas cotidianas de la organización, la voluntad y conciencia de la ciudadanía como potenciales bases de una nueva cultura política. Este modus vivendi permitiría una participación ciudadana solidaria, activa y responsable que promueva respuestas y soluciones con miras a fortalecer la democracia en contextos de post pandemia.

Palabras clave: político; cultura política; poscovid-19; participación ciudadana; democracia; relaciones interpersonales

Abstract

This article outlines the components of a post-covid political culture. Categories such as democracy and citizen participation, as constitutive elements of dialogue and interaction with the State in a context of crisis, can be inputs to understand the new sphere and dynamics of politics. This study presents a literature review to gather and analyse the main elements that make up this new culture. Among the findings, this paper pictures human relations, daily forms of organization and the will and conscience of the citizenry are arguably the basis for a new political culture. This modus vivendi would give way to solidarity, active, and responsible citizen participation to promote responses and solutions towards strengthening post-pandemic democracy.

Keywords: Politics; social policy; post-pandemics; citizen participation; democracy; interpersonal relations

Introducción

La humanidad atraviesa un gran desafío sin precedentes debido a los efectos que ha dejado la emergencia sanitaria de la covid-19, crisis global que no se experimentaba desde la Segunda Guerra Mundial en la década de 1940. La crisis sanitaria y el impacto económico en los hogares y empresas ha condicionado los estilos de vida de las personas, se han limitado los viajes, la interacción entre amigos y familiares, se pusieron en cuarentena a los sospechosos, sin entrar en mayores detalles de las políticas de teletrabajo, restricciones a la movilidad y circulación y la masificación del trabajo doméstico (Balladares, 2020) y el uso de las tecnologías en la vida diaria. La política es y sigue siendo evitar el contacto y hacer uso de las mascarillas lo cual evitaría una mayor propagación de la enfermedad. “Pero COVID-19 es mucho más que una crisis de salud. Al poner a prueba a cada uno de los países que toca, la enfermedad por COVID-19 tiene el potencial de crear crisis sociales, económicas y políticas devastadoras que dejarán profundas cicatrices” (PNUD Ecuador, s/f, párrafo 4).

Luego de varias olas de contagios y confinamientos por meses, parecería que el regreso a la normalidad se viene realizando de una manera paulatina. Es una “normalidad” distinta pues la forma de interactuar y comprender la realidad ha cambiado, es restrictiva. Sin embargo, el “retorno” a las actividades diarias supone, en medio de este escenario, pensar en un cambio y una estrategia para fortalecer la manera de hacer política y Estado de bienestar y detener, por un lado, el crecimiento de esas brechas socio-económicas que ya estaban instaladas desde antes de la llegada de la pandemia y, por el otro, el surgimiento de nuevas desigualdades de sectores que quedaron en la pobreza y marginalidad durante 2020-2021.

La pandemia también ha dejado inquietudes sobre las estrategias y la efectividad de la política, las instituciones y los servidores públicos en este escenario (Pérez, 2020). “La capacidad de liderazgo de los expertos en el área de la salud pública, las innovaciones científicas que generan información oportuna y un fuerte compromiso y voluntad entre los actores políticos” (Marañón et al, 2021, p. 13) son algunos aspectos que llevaron a cuestionar el rol de los personajes políticos y de las instituciones en el contexto de la pandemia. Para Han (2020), el control del Estado sobre la sociedad ya resulta insuficiente, mientras que según Puchain (2020) hay una especie de suspensión de los derechos fundamentales (como parte de las políticas estatales y abusos de poder en la prevención de la pandemia) que han cobrado un alto costo en materia de libertades y derechos que no se pueden seguir negociando.

En consecuencia, la pandemia ha develado las limitaciones de la política, razón por la cual hay un gran desafío para la ciudadanía acerca de lo político. Mariatti (2018) ya había planteado que los sujetos políticos como transformadores de la sociedad tienen “la capacidad de hacer política, de envolver grandes masas en la solución de sus propios problemas, de luchar cotidianamente por la conquista de los espacios y posiciones” (Mariatti, 2018, p. 152). Esta ampliación del Estado es, a la vez, una ampliación de la ciudadanía, que es posible desde lo político. El individualismo, los intereses particulares y la indiferencia ante lo público también contribuyeron a fortalecer la crisis de lo político durante la emergencia sanitaria.

Macassi (2020) señala, en el caso peruano, que las medidas sanitarias implementadas por el Gobierno durante la emergencia sanitaria de la covid-19 tuvieron malos resultados, en parte, porque había comportamientos individuales que transgredían aquello considerado como normal. Esto refleja, por un lado, que las motivaciones y las necesidades de las personas frente al riesgo son variadas, pero, en especial, que en la estrategia política de prevención del Gobierno peruano “no se involucró a la sociedad, a los líderes y organizaciones de base, ni a las redes de medios comunicativos existentes necesarios para una mayor sostenibilidad y replicabilidad” (Macassi, 2020, p. 253).

En este escenario de crisis mundial por la covid-19 urge pensar en un Estado de derechos más inclusivo, solidario y justo. “Los ciudadanos y ciudadanas, las empresas grandes y pequeñas y los demás actores sociales han puesto sus ojos y acudido al Estado esperando explicaciones sobre la naturaleza del virus y el alcance de la pandemia” (Enríquez y Sáenz, 2021, p. 16). Para ello, es importante plantear una nueva forma del ejercicio político que empodere a los ciudadanos desde la cotidianidad. En este sentido, lo político ya no es “una relación mecánica y lineal del poder, sino como una esfera de tensión social, constitutiva de la cultura, en donde lo diverso y lo incalculable emergen” (Eufracio, 2017, p. 106) a partir de las capacidades de agencia, percepción y práctica de la política. Por ende, desde el Estado moderno es posible el surgimiento de actores y capacidades políticas que apunten al fortalecimiento del bienestar, la democracia, participación y la necesidad de organizarse (Balladares, 2021).

Todo Gobierno es una expresión de la racionalización del poder, de la política, compuesto por un conjunto de funcionarios que preparan e implementan decisiones, muchas veces, sin asumir la responsabilidad de sus decisiones políticas (Ricoeur, 1986). Por otro lado, la política también puede afirmarse en los espacios transnacionales en los que varios Estados-nación pueden contribuir y ayudar de manera voluntaria mediante la cooperación. De igual forma, los movimientos y organizaciones, como representantes de la sociedad civil, pueden ejercer cierta influencia política a partir de la integración social y los lazos de solidaridad (Habermas, 2000).

Por todo lo anterior, el propósito de este artículo es, en el marco de la filosofía política, plantear una cultura política poscovid-19 a partir de la democracia y la participación ciudadana que se denomina lo político (Echeverría, 1996; Balladares, 2006). Para este cometido, se plantea la innovación de lo político como estrategia para la ampliación de la democracia y la ciudadanía, de acuerdo con lo expuesto por Mariatti (2018). Se espera que el presente artículo ofrezca elementos de valor para el debate futuro en torno al ser político y la participación del ciudadano común en la política.

En esta reflexión de la filosofía política se recurre a una revisión bibliográfica de los últimos diez años alrededor de los conceptos de lo “político” y “política”, sin dejar de lado la tradición filosófica latinoamericana y europea enmarcada en las propuestas de Castells (2000), Giddens (1997), Martín Barbero (1995), Echeverría (1996), entre otros. Los resultados serán presentados mediante una reflexión hermenéutica considerada como una actividad interpretativa de los sentidos de los textos y los diferentes contextos humanos (Arráez y Moreno, 2006). En especial, se tomaron en cuenta los estudios académicos en torno a las dimensiones de la política no formal, denominada también como lo político, que permite el reconocimiento de un interés público cotidiano en el bien común, en los espacios, la opinión y argumentación pública. El artículo, aunque propone una aproximación al tema de lo político como un campo emergente de análisis de la democracia y la participación ciudadana, presenta limitaciones en cuanto a que la literatura sobre los estudios de la política no formal siguen siendo escasos.

Hallazgos para la discusión teórica

De forma tradicional se define a la política como el arte de gobernar. No obstante, la larga tradición filosófica nos conlleva a dos líneas conceptuales de tal concepto. Desde un punto de vista ético, ella se ha constituido como una manifestación de la justicia distributiva y del buen gobierno, tal como lo planteaba Aristóteles en su libro titulado La política. Por ende, la política recae en el poder político y conlleva al ejercicio de ciertos derechos y en la capacidad para ejercer la ciudadanía. Desde un punto de vista pragmático, la política se concibe como un sistema de administración de poder bajo la figura de una república organizada, tal como lo planteaba Nicolás Maquiavelo en su libro El Príncipe (Maquiavelo, 1999). La primera concepción tiene por noción básica a la justicia, mientras que la segunda a la eficacia. Los Estados modernos no han sido contrarios a estas nociones: de hecho, se puede considerar un Estado como justo y eficaz al mismo tiempo (Roig, 2002).

En contraposición, existe en enfoque contemporáneo que busca superar esta concepción tradicional de la política. Este nuevo enfoque se orienta a lo político no formal enmarcado en los espacios de deliberación como la familia, el espacio público, el Estado, las acciones civiles y los medios de comunicación. “Una distinción de lo político nos va a llevar considerar aquella dimensión humana de convivencia humana, de asociación, de organización y de ciudadanía que se constituye como el punto de partida del ejercicio directo de la política” (Balladares, 2004, p. 74). Así, lo político está vigente en las relaciones humanas, en las formas cotidianas de organización, en la conciencia de los ciudadanos, en los medios y redes sociales, canales de expresión y opinión pública y en los procesos de enseñanza-aprendizaje cotidianos (Echeverría, 1996).

Lo político constituye aquella dimensión vital de los seres humanos en la cual se deciden asuntos de la vida social por medio de la civilidad, la confrontación y la negociación, es aquí que se perturba a la legalidad y la política formal que condicionan la convivencia humana (Balladares, 2014). Además, lo político recupera la socialidad propia de los seres humanos y establece pautas de cómo se debe gobernar, lo cual es intrínseco al modo de ser y estar (Scannone y Santuc, 1999; Arendt, 1993).

Pero, lo político no solo se define en relación con los Gobiernos, los partidos políticos y las instituciones públicas, ya que también hay un ámbito en el que se construye y se ejercita el poder como es la familia, los vecinos, los compañeros de trabajo, es decir, desde la cotidianidad. Cada individuo, desde las relaciones que establece con propios, cercanos y extraños, en el hogar y en el espacio público, en el que se trabajan las ideas políticas, los ideales, las expectativas, los sentidos democráticos. En la cotidianidad se van construyendo otras formas de poder tal como lo planteaba Giddens (1997). A este ámbito de lo cotidiano se le ha denominado como lo político, que es el responsable de una conciencia ciudadana, la criticidad y lo que inspira la construcción de la ciudadanía.

Estas otras formas cotidianas de ejercer poder en lo político influyen en la manera de hacer política. Hay agrupaciones y partidos políticos que encuentran en lo político su fuente de inspiración tales como los movimientos sociales, las organizaciones no gubernamentales, los cibermovimientos, entre otros, cuya comprensión de lo político surge como una respuesta ante el agotamiento de la política formal, profesional y oficial (Echeverría, 1996) que está de espaldas al ciudadano común.

En primer lugar, la praxis de la política tradicional ha tenido por protagonista a los monopolios o partidos políticos que han buscado ejercer y mantenerse en el poder antes que garantizar el bien común para todos y todas (Organización de Estados Americanos [OEA], 2011). Pareciera que la política no es independiente de las riquezas, es un asunto de negocio y mercadeo que deja de lado el goce efectivo de los derechos fundamentales en medio de campañas electorales, sondeos de opinión pública, entre otros. Ya la OEA lo sostenía: “Todos saben que, a través de la necesidad de dinero de la política, aquellos que lo poseen pueden ejercer una influencia excesiva, con consecuencias considerables para nuestras democracias” (2011, p. 43). A su vez, las redes sociales se convierten en un mecanismo de denuncia e interpelación de los actos políticos.

La revalorización del ámbito de lo político desde las diferentes maneras cotidianas de hacer política conlleva a la transformación de la política tradicional. Lo político busca brindar los puntos de partida básicos, originarios y fundamentales para una política más genuina, auténtica y cercana a la realidad. De esta manera, lo político tiene un punto de partida desde los hogares, en las bases de la sociedad civil y sus distintas organizaciones y agrupaciones, en la apertura del Estado, en las construcciones narrativas e informativas mass-mediáticas que construyen día a día el ámbito de lo político (Foucault, 2000).

En segundo lugar, la influencia de los medios de comunicación social en el acaecer cotidiano ha sido fundamental, ya que implementan estrategias y discursos vitales para la construcción de lo político. Aunque la política y comunicación van de la mano en un mundo globalizado, esta relación tiene sus límites: los excesos y lo mass-mediático pueden crear ficciones de lo político. Las noticias falsas o fake news surgen en el escenario informativo, más aún, en tiempos de pandemia en una lucha geopolítica de protagonismo (Rouco, 2020). Las fake news, además de distorsionar la verdad de la información, reflejan un enfoque totalizante del internet y de las redes sociales que generan una falsa ilusión de lo político y ficción de la política (Dussel, 1994; Apel, 1991). En consecuencia, hay una degeneración de la realidad que puede originar una ficción de lo político. A su vez, la distracción de los problemas reales puede originar una falsa ilusión de lo político desde la modernidad (Echeverría, 2000).

Uno de los causantes de la ficción de lo político es la ausencia de un código de conducta en los medios de comunicación social que regule las convivencias sociales ya que se construyen relatos ficticios y poco objetivos que son asumidos por las personas (Biagini, 1992). Esto afecta el ejercicio de lo político. Tal como se ha afirmado, la totalización mass-mediática de las fake news ha conllevado a una ficción de lo político que no corresponde con las relaciones interpersonales, a las sociedades en marcha y a la promoción de una comunicación y de mediación humana para la interpretación de la información (Avilés y Balladares, 2016; Martínez, 2003; Martín-Barbero, 1995).

Un tercer elemento para considerar es que lo político se encuentra de manera explícita en aquellas situaciones humanas límite, en las que toda lógica y humanidad finiquitan. Tal es el caso de la marginalidad y exclusión de hombres y mujeres en países latinoamericanos, sobre todo, de las masas desplazadas y empobrecidas que fueron en aumento. Esto se evidenció con más fuerza durante la pandemia de la covid-19: “[…] el total de personas pobres ascendió a 209 millones a finales de 2020, 22 millones de personas más que el año anterior. De ese total, 78 millones de personas se encontraron en situación de pobreza extrema, 8 millones más que en 2019” (Comisión Económica para América Latina y el Caribe [Cepal], 2021, párrafo 3).

De hecho, los sistemas capitalistas han generado procesos de exclusión y marginación de las clases empobrecidas desde décadas atrás (Acevedo y Valenti, 2017). En tales situaciones de pobreza, lo político encuentra su fuerza y busca de forma inmediata su acción. Cabe destacar que el término de pobreza se le entiende como la carencia de bienes básicos para la satisfacción de necesidades de la población (Boltvinik, 2003). Pueden ser algunos bienes o todos lo que marcan la pobreza en el momento en que existe alguna carencia determinada.

Un cuarto factor que considera lo político es la racionalidad política. La racionalidad de la mediación política puede ser un factor que reconoce y transforma lo que es y lo que está por venir. Esta nueva racionalidad inaugura un tipo de unidad cultural y política que tiene por base la diversidad de la sociedad y de las naciones (Farrell et al., 1996). Scannone (1991), en este sentido, se refiere a la racionalidad de promover dinámicas comunitarias que marquen diferencia a partir del diálogo con otros sectores sociales y con el encuentro de comunidades vivas. Es una relación recíproca común que necesita reconocer las peculiaridades que conforman la identidad cultural de determinada comunidad, así como plantear las diferencias que pueden hacer simples las diferencias por derecho propio.

Para lograr este diálogo, es importante no asumir que todas las personas se comunican al mismo nivel pese a sus diferencias culturales, ideológicas y políticas. Así, la nueva racionalidad política comunicativa y comunitaria no se delega a unos pocos, sino que repiensa la democracia como una forma de gobierno en la que todas y todos tienen la posibilidad de conectarse. Además, la razón humana no solo entra en el escenario de peculiaridades de forma abstracta, ya que también forma parte del proceso histórico de constante afluencia mutua. En este proceso de las personas ponen en el escenario sus creencias y tradiciones y se dejan influenciar por otros. Así, en el verdadero proceso de universalización, nos convertimos en emisor de nuestra identidad y receptor de otras peculiaridades (Fornet-Betancourt, 1994; Habermas, 1990).

El resurgimiento de un nuevo sujeto político es crucial en estos tiempos de pandemia. Los nuevos escenarios permiten que hombres y mujeres -sujetos protagónicos de la historia- sean responsables de que los mecanismos estructurales no se vuelvan alienantes o absolutos. Los sujetos políticos tienen por reto enfrentar los eventos que pueden ocurrir, siempre y cuando estén mediados por principios éticos, políticos, culturales y religiosos, entre otros (Scannone et at., 1995; Crowe & Doran, 1992).

No obstante, lo político invita a considerar a la democracia como una forma de vida, una manera de ser y de actuar. La democracia se constituye el ámbito de construcción en el que todas y todos participan y aportan desde su realidad socio-histórico-cultural, se construye desde la comunicación y sus medios masivos, los proyectos sociales, las comunidades comprometidas, los espacios públicos, la conciencia y voluntad ciudadana, e inclusive, desde las familias. Existen esfuerzos por lograr una democracia participativa que garantice una amplia participación en las decisiones políticas y en las que los diferentes actores puedan diseñar, organizar, ejecutar y evaluar sobre planes, programas y proyectos de los gobiernos locales y nacionales (González, 1996). Este tipo de democracia posibilita que muchos más ciudadanos se incorporen a la vida social y política de una nación, e invita a respetar las distintas formas de pensar, actuar y las cosmovisiones particulares, a partir de lo que une a las personas, pero, también, de aquello que los separa.

Sin embargo, esta visión de la democracia participativa lleva a un replanteamiento del concepto de democracia en sí misma. Aunque haya características convergentes y comunes, las democracias tienen sus diferencias a partir las diversas realidades histórico-culturales y políticas de cada país. Entonces, ¿se puede hablar de una posdemocracia? Al hablar de democracias existe el peligro de detenerse en sus particularidades, sin llegar a consensos ni seguir los principios universales. Lo estratégico sería hablar de una democracia en construcción que se refiere a un proyecto histórico de nación, en el que las personas y gobernantes asuman compromisos día a día en los procesos institucionales, en las luchas, en los debates públicos, en la agenda y elaboración de políticas, entre otros. Esto invita a hacer de este tipo de democracia un modo de vida, una cosmovisión, una forma de pensar, sentir y actuar permanente.

Una ampliación de la democracia, como lo planteaba Mariatti (2018), considera aquellas formas críticas de los procesos democráticos hoy vigentes: desde la presión que ejercen los movimientos sociales ante las políticas de Estado, hasta la crítica por parte de las minorías de un proyecto de democracia inconcluso en la actual globalización (Schuldt et al., 1998; Scannone y Santuc, 1999). Asimismo, la ampliación de democracia desde lo político invita a sumergirse en nuevas probabilidades, a realizar lo no realizado hasta ahora, a buscar nuevas alternativas y soluciones a los problemas y necesidades, a recuperar los relatos perdidos, a respetar las ideologías y a convivir con las utopías.

Por último, el primer espacio de participación ciudadana lo constituyen las escuelas y los colegios en los que se desarrollan los principios democráticos (igualdad, respecto, inclusión) y surgen los proyectos de vida. Esto implica un desplazamiento del poder y la toma de decisiones desde el profesorado y hacia los estudiantes en lo relacionado con lo político. En las escuelas democráticas, son los padres de familia y los profesores los responsables de conducir y transmitir lo político y los procesos de enseñanza y aprendizaje para que los estudiantes sean libres y responsables de sus propias decisiones. Estas escuelas fomentan la democracia como un modo de vida, forman a personas no violentas y crean una sociedad pacífica (Harber, 1997, Cortina, 1995).

La ampliación del concepto de democracia va más allá del Estado y de la nación. Hablar de lo posnacional lleva a considerar los estamentos supranacionales que regularizan y orientan las relaciones y cooperaciones entre países. Sin embargo, lo posnacional también vuelve la mirada hacia las identidades, comunidades lingüísticas y colectivos étnicos que se encuentran en las diversas fronteras nacionales (Castells, 2000). En esta época de globalización parecería que la injerencia del Estado sobre las multinacionales no tuviera el peso necesario de regulación desde el globaritarismo o cultura universal, que implica una concentración totalizante de los medios y los recursos a escala mundial (Schuldt et al., 1998). Esto va en contraposición a la glocalización que reconoce las culturas particulares y las identidades propias en un mundo diverso (Aparici, 2000; Scannone, 1991; Ricoeur, 1986; Carrier, 1988).

Pero, ¿cómo se puede hablar de lo político en lo posnacional desde una perspectiva de ampliación de la democracia? Un primer punto de vista considera que la globalización conlleva a dirigir la mirada a la comunidad política mundial. La existencia de instancias de poder político de carácter universal como las Naciones Unidas o la OEA sirven como agentes de mediación e intermediación mediante acuerdos y tratados. Aunque existan regulaciones económicas y límites para el ejercicio de la autonomía, se vuelve imperioso que la comunidad política internacional regule algunos principios éticos, políticos y jurídicos de los pueblos (Habermas, 2000). Desde el pasado siglo no ha habido una regulación política para detener las guerras, las invasiones y la expansión territorial que afectan a los pueblos nacionales, la paz y la libertad.

Los acuerdos políticos internacionales son una condición necesaria para recuperar lo político frente a las fuerzas globalizadas. De hecho, Habermas se mueve en torno a una utopía que considera una política para recuperar la primacía sobre los mercados, a su vez, reconoce que esta utopía no ha podido plasmarse como proyecto, y menos aún, existen esfuerzos teóricos en las ciencias sociales que vayan en esta línea. Asimismo, considera que una voluntad política transnacional llevaría a los diferentes actores y sujetos con capacidad de acción global a ampliar sus puntos de vista para llegar a una gobernabilidad global. Habermas concretará su propuesta en el planteamiento de una política interior mundial que no implique necesariamente un “gobierno mundial”, sino, una normativa de convivencia entre las personas y movimientos sociales a nivel global (Habermas, 2000).

Superar las fronteras nacionales se puede entender en un sentido unívoco, ya que no se trata de superar las fronteras geográficas y conformar una gran nación (Romero y Vera-Colina, 2012). Lo posnacional va más allá de lo geográfico, puesto que las distancias y tiempos son reducidos por los medios de transporte y comunicación y los mercados internacionales que se expanden a diversas regiones. Los signos culturales comunes entre las nuevas generaciones consideran el ámbito posnacional a partir del mundo digital, las redes sociales y el internet (Saldarriaga, 2017; Larreátegui, 2016).

Otro punto de vista nos lleva a considerar lo posnacional como la superación de los Estado-nación creados durante la modernidad. Vale señalar que muchos de los Estado-nación fueron configurados durante el período colonial y que es el Estado posnacional el que pone fin a esa configuración colonialista de los Estados. No obstante, esta perspectiva de lo posnacional lleva a considerar la existencia de un Estado posestatal, ya que lo propio de la modernidad no fue la constitución de las naciones sino la constitución de los Estados que regulaban y hacían abstracción de dichas naciones. Sin embargo, para algunos autores lo posnacional, que es lo posestatal, no implica la eliminación del papel del Estado como instancia administrativa, jurídica y política, más bien, significaría la desaparición del sentido de Estado como ciudadanía uniforme y racionalidad política totalizante (Del Val, 2011).

Sea lo posnacional considerado como un ámbito superior de regulación de las naciones, como una instancia posestatal de superación del sustrato estatal uniforme o, inclusive, como una herramienta para la búsqueda de realidades identitarias, culturales, geográficas y lingüísticas en común, lo posnacional motiva a la reconfiguración de las relaciones entre la ciudadanía y los Estados y, a partir de esto, de lo político. Dicha perspectiva puede brindar luces sobre una nueva cultura política poscovid, ya que lo político promueve y motiva lo posnacional. Desde lo posnacional, lo político inducirá a una crítica y superación de todo tipo de alienación política, a lograr consensos universales y acuerdos comunes, a reconocer lo propio y las identidades particulares, y a su vez, considerar un nuevo concepto de ciudadanía a partir de las diferencias. La covid-19 invita a pensar en un futuro inmediato desde lo político.

En la realidad poscovid lo político motivará a concientizarnos de que el Estado no solo es suficiente para satisfacer las necesidades de sus ciudadanos, hace falta una fuerza social que emane desde el sujeto político, la familia, la sociedad civil y los medios de comunicación para poder disentir y lograr consensos y actuar de manera colectiva como sujetos frente a la realidad que se vive. Se requiere de estrategias de organización y convivencia para superar los males que ha dejado la pandemia, estos aprendizajes se construyen como sujetos políticos capaces de asumir que el impacto que tiene la pandemia sobre la vida de millones de personas es el inicio para vigilar y procurar la defensa de la ciudadanía, de los derechos humanos y permita alcanzar el bienestar común.

Conclusiones

Es importante replantear la cultura política a partir de la concepción de lo político en el tiempo poscovid. La construcción de una cultura política dependerá, de modo estratégico, de una educación, intermediaria entre la familia y la sociedad, que generará procesos de enseñanza y aprendizaje en lo político como praxis cotidiana que forme a los ciudadanos con conciencia, voluntad y sentido crítico-constructivo, que promueva la convivencia humana y la organización social y que entusiasme a las nuevas generaciones en un proyecto nacional. La educación debe ser la cuna de una democracia participativa, en la que el aula escolar sea el lugar preferencial de los aprendizajes y la ampliación de la democracia. De esta manera, lo político tendrá por punto de partida a un ser humano transversalizado por el conocimiento científico y con capacidad para cuestionarse y reconfigurarse desde sus prácticas políticas.

La convivencia humana, la capacidad de asociación y organización, como la conciencia y voluntad de ciudadanía, se constituyen en ejes fundamentales de una nueva cultura política desde lo político. Esta dimensión humana invita a encontrar sentidos renovados para la práctica de la política formal, en la que el espectro de la praxis política se amplíe mediante formas concretas de democracia participativa. De esta manera, se superaría el ejercicio político exclusivo formal desde arriba, el cual se dirigiría hacia el ejercicio político no formal desde el sujeto cotidiano y común. La revalorización de lo político en los ámbitos de la familia, la sociedad civil, el Estado y los medios de comunicación social motivaría una perspectiva ética de la política que implique una praxis política ética, responsable y con conciencia de nación.

Los ámbitos de lo político (lo cotidiano, lo posnacional, las narrativas de la información y comunicación) son corresponsables de la construcción de una nueva cultura política poscovid que marque un modus vivendi en los ciudadanos. Esta cultura política posibilita una conciencia ciudadana, solidaria y responsable, que inspire a que las relaciones interpersonales sean más sinceras y auténticas, que lo político sea crítico. Una cultura política que se construye desde la ciudadanía debe conducir a una democracia renovada, inclusiva y promotora de derechos. Desde las diferentes organizaciones, movimientos, asociaciones, entre otros, se pueden abrir espacios para la participación democrática de sus diferentes miembros en la toma de decisiones internas, para buscar soluciones que contribuyan al bien de la sociedad, y delinear acciones de cambio que ejerzan presión en medio de la crisis de la pandemia. Más aún, esta nueva cultura debe invitar a los seres humanos a recuperar su esencia política desde su capacidad de organización, de participación y toma de decisiones para enfrentar los próximos desafíos superando las estructuras hegemónicas para una sociedad de la vida.

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Recibido: 29 de Enero de 2022; Aprobado: 24 de Febrero de 2022

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