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Estoa. Revista de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Cuenca

versión On-line ISSN 1390-9274versión impresa ISSN 1390-7263

Estoa vol.9 no.18 Cuenca jul./dic. 2020

http://dx.doi.org/10.18537/est.v009.n018.a10 

Artículo

El arquitecto intelectual en ciudades intermedias. Reflexiones entre redes y espacios de cultura del siglo XX

The intellectual architect in intermediate cities. Reflections between networks and spaces of culture of the twentieth century

Maria Claudina Blanc1 

Daniela Cattaneo2 

1 Universidad Nacional de Rosario, Argentina, claudinablanc@gmail.com

2 Universidad Nacional de Rosario, Argentina, dacattaneo3@gmail.com

Resumen:

Incluir al arquitecto en los estudios de historia intelectual es un abordaje relativamente reciente. Se aborda desde allí el rol de estos profesionales en su relación a los espacios de cultura en el siglo XX y su incidencia en la transformación social y material de la ciudad, atendiendo a escalas intermedias y lógicas urbanas regionales. Se trabaja con dos arquitectos, en dos momentos, en la ciudad de Rosario, Argentina: Hilarión Hernández Larguía (1892-1978) y Horacio Quiroga (1941), focalizando, desde la clave espacial y urbana, en la especificidad y mutaciones en el tiempo de las redes culturales en las que interactúan estos técnicos cultos y sus retroalimentaciones posibles. A partir de dos proyectos de instituciones culturales y educativas, se aborda la articulación entre los diseños arquitectónicos y las funciones que en ellas desplegaron sus autores, más allá de lo disciplinar. El complejizar las incumbencias y la trama relacional de estos arquitectos evidencia los giros en los perfiles profesionales a partir de particulares coyunturas geográfico-culturales.

Palabras clave: arquitecto; historia intelectual; política cultural; arte urbano; Rosario

ABSTRACT

Abstract: Including the architect in intellectual history studies is a relatively recent approach. From there, it is proposed to address the role of these professionals in their relation to cultural spaces in the 20th century and their impact on the social and material transformation of the city, attending to intermediate scales and regional urban logics. It is worked on this key with two architects, in two moments, in the city of Rosario, Argentina: Hilarión Hernández Larguía (1892-1978) and Horacio Quiroga (1941); focusing, from the spatial and urban key, on the specificity and mutations in time of the cultural networks in which these educated technicians interact and their possible feedbacks. From two projects of cultural and educational institutions in which they participate, the articulation between architectural designs and the functions that their authors carried out beyond disciplinary purposes are addressed; also, the relationship between the urban dimension of their actions. The complexity of the incumbencies and the relational plot of these architects shows the turns in the professional profiles from particular geographical-cultural junctures.

Keywords: architect; intellectual history; cultural politics; urban art; Rosario

1. Introducción

Este trabajo propone una aproximación a la revisión del rol del arquitecto en tanto intelectual en su relación a los espacios de cultura en el siglo XX y su incidencia en la transformación social y material de la ciudad, atendiendo a escalas intermedias y lógicas urbanas regionales. Se trabaja en esta clave con dos arquitectos, en dos momentos, en la ciudad de Rosario1, Argentina: Hilarión Hernández Larguía (1892-1978) y Horacio Quiroga (1941). Su pertenencia a generaciones diferentes y confluencia de ámbitos de acción posibilitan establecer relaciones entre desempeños profesionales y culturales, al mismo tiempo que identificar los cambios producidos en relación al rol social del arquitecto en una ciudad pujante del Cono Sur.

Hacia la década de 1930 la profesión de arquitecto comienza a experimentar cambios en Argentina. Con las primeras promociones formadas localmente con la marca de l'École des Beaux-Arts, estos primeros arquitectos modernos (Rigotti, 2004) multiplicaron sus incumbencias y sus grados de incidencia en los procesos políticos y sociales. Entre los ideólogos y los profesionales técnicos encargados de las resoluciones edilicias, a partir de ciertas pautas prefijadas empiezan a surgir perfiles intermedios. Emergen en este período, en el interior del país, un puñado de arquitectos que, menos estudiados, también abordaron este momento de quiebre lingüístico, ensayando nuevas respuestas. Se trata de profesionales que dan letra e imagen, que tienen voz y voto, que participan, que actúan en simultáneo y que también, en ocasiones, se anticipan a las exigencias oficiales (Cattaneo, 2018).

Los años ‘60 suponen un nuevo giro en el rol profesional del arquitecto tras la caída del gobierno de Juan Domingo Perón (1955). En el contexto disciplinar, la instrumentación de la cooperación regional conllevó la superación de los marcos nacionales, y lo político se identificaría, sin más, con lo social (Silvestri, 2014, p. 73). Para los intelectuales esto supuso nuevas estrategias y posicionamientos político-académicos que produjeron un corte abrupto con las ideas del periodo anterior. Silvestri (2014) sostiene que, hasta fines de los ‘60 los modernos “creían firmemente en el progreso en manos de la ciencia o la técnica, consideradas como neutrales” y estaban “comprometidos con una idea de vanguardia que suturaba, en el propio territorio, la alienación del intelectual o artista con respecto a la sociedad” (p.80). En esta coyuntura, incluir al arquitecto en un entramado intelectual que permita asociar métodos, estrategias proyectuales y formas (Silvestri, 2014, p. 74) en contextos periféricos respecto a las ciudades capitales también es un tema escasamente explorado.

Las formas de intervención, así como de adentrarse en el campo de la cultura, son inescindibles de las vicisitudes en torno a la conformación del Urbanismo como disciplina en el país. Hernández Larguía (HHL) fue parte de una generación que no se había formado en el campo del Urbanismo, construyendo esa dimensión desde su práctica profesional. Tres décadas más tarde, en el periodo en que Quiroga (HQ) se forma, esa dimensión ya daba muestras de haber sedimentado. La preocupación por el desarrollo urbano integró la agenda de casi todos los países y fue compartida por los científicos sociales y técnicos especializados en la problemática urbana (Gomes, 2018, p. 18). En Rosario, el Planeamiento será un tema privilegiado al que se volcarán los profesionales locales, desplazando las preocupaciones disciplinares inherentes al oficio.

En este registro, la constitución de la profesión y la ampliación de las esferas de intervención de los arquitectos, atendiendo a la particularidad de los espacios culturales de provincia, nos aproxima a una visión comprensiva más que dicotómica de los vínculos entre las figuras del intelectual y el experto, sobre la que han alertado Federico Neiburg y Mariano Plotkin (2004). Los contactos culturales de estos arquitectos, sus múltiples intereses y viajes, así como su adaptación de ideas al ámbito local contribuyen a desmitificar la separación entre intelectuales y expertos o técnicos. Animan a un análisis donde estas categorías se entrecruzan, así como a atender a la circulación de estos arquitectos por distintos espacios institucionales de debate, acción y legitimación. Se propone entonces focalizar, desde la clave espacial y urbana, en la especificidad y mutaciones en el tiempo de las redes culturales en las que interactúan estos técnicos cultos (Álvarez, 1933) y sus retroalimentaciones posibles.

2 . El arquitecto como intelectual

Una serie de trabajos han abordado desde las Ciencias Sociales (Montini, Florio, Príncipe y Robles, 2012; Pasquale, 1980) y desde la Historia de la Arquitectura (Aravena et al., 2013; Moliné, 2013; Pampinella, 1993) el accionar de HHL en tanto agente cultural. La figura de HQ permanece, aún, inexplorada historiográficamente, así como el vínculo entre ambos arquitectos. Tampoco se ha trabajado la articulación entre sus diseños arquitectónicos para espacios culturales y las funciones que en estos desplegaron sus autores más allá de lo disciplinar, ni la puesta en relación de la dimensión urbana de sus acciones. Estos abordajes complejizan la trama relacional, aportando nuevas variables de análisis.

La historia intelectual es la vía de entrada a estas aproximaciones. En los últimos años ha surgido desde allí una línea de investigación que propone ampliar los márgenes de la categoría de intelectual (Agüero y García, 2013; Fiorucci y Rodríguez, 2018; Laguarda y Fiorucci, 2012; Martínez, 2013) extendiendo esa búsqueda más allá de las ciudades capitales, lo que permite incorporar a los menos conocidos intelectuales de provincias. Este corrimiento (Thomine-Berrada y Bergdol, 2005) posibilita integrar a toda una serie de agentes que, desde diferentes instituciones, no siempre pueden ser incluidos en la categoría historiográficamente construida de intelectual y aun así operan como mensajeros ideológicos.

Se incorpora desde aquí la figura del arquitecto intelectual, procurando un distanciamiento de categorizaciones estancas entre profesionales, expertos, técnicos, intelectuales y vanguardistas. Rastrear a partir de dos casos específicos sus redes de relaciones y su desempeño en distintas instituciones como las educativas, culturales, mutuales, de militancia política, colegios profesionales, entre otras, permite poner en evidencia los desplazamientos de estas teorizaciones construidas desde los espacios centrales. Es en el estudio en simultáneo de estas redes y sus asociaciones (Latour, 2008) donde podemos identificar la acumulación y legitimación de saberes y la construcción del capital social que habilita el acceso a futuros proyectos. En este sentido resulta interesante la afirmación de Carlos Altamirano (2005) cuando señala que “hacerse portavoz de ese pueblo y de esa verdad ignorada se volverá entonces una posición políticamente ventajosa en los debates ideológicos, dotando a quienes supieran ocuparla de una autoridad que otros recursos intelectuales no podrían igualar” (p. 12). Nuestros casos de estudio son ejemplos paradigmáticos de este registro.

Pensar al arquitecto dentro de la categoría intelectual e incluir a los arquitectos en los estudios de historia intelectual es relativamente reciente. Marco Biraghi (2019) sostiene que es en la relación con la polis, y más en general con la cosa pública, que se da el ingreso al mundo científico-técnico por parte de los intelectuales (p. 17) y que en el caso de los arquitectos su saber es rico por el aporte de múltiples áreas disciplinares y “... los resultados producidos por las otras técnicas sujetas a su juicio” (p. 20). Aquí resulta inescindible el abordaje de la reconstrucción de la Arquitectura como disciplina en su entendimiento como Ciencia Social, y la relación con el espacio urbano, con la historia y la teoría en el plano de la cultura por sobre la singularidad artística del objeto arquitectónico, asociado a la Sociología y a la Semiología (Cohen, 2015).

Lo expresado hasta aquí lleva a considerar como ámbitos privilegiados de análisis no solo los libros, la producción editorial y la producción escrita, sino también los proyectos arquitectónicos, los planes urbanos, las fotografías y, sobre todo, los edificios construidos. El trabajo con fuentes primarias en los archivos Hilarión Hernández Larguía, Cossettini, Fundación Centro Cultural Parque de España y del Museo Castagnino, así como una serie de entrevistas realizadas, son los insumos sobre los que se construyen estas aproximaciones. Se trata de dos proyectos claves en la configuración de la ciudad puestos al servicio de la sociedad para la que se construyen: Museo Castagnino (1937) y Biblioteca Vigil (1969-1973). La profundización en estas instituciones culturales y educativas posibilitan reensamblar los giros en los perfiles profesionales a partir de particulares coyunturas geográfico-culturales.

3 . Arquitectos intelectuales en los espacios de cultura

3. 1. Aproximaciones biográficas

Hilarión Hernández Larguía ingresó en 1912 a la única carrera de Arquitectura del país, con sede en la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de la Universidad Nacional de Buenos Aires. En pocos meses pasa de una infancia y juventud en el campo a integrarse a una vida social activa que le abrió las puertas a un ambiente de avanzada cultural. Participó del movimiento universitario y formó parte del primer pronunciamiento sobre la necesidad de realizar la reforma universitaria que se concretaría al año siguiente. Tras recibirse vuelve al interior. Se instala en Rosario en 1924, donde abre un estudio de arquitectura junto a Juan Manuel Newton, con quien realizaría una prolífica obra durante más de dos décadas. Hasta 1930 su principal comitente es el Banco Edificador de Rosario. En las exploraciones sobre la vivienda compacta, en las más de 300 obras que le realizan, convergen su formación y sus preocupaciones, versando entre resoluciones academicistas y búsquedas en torno a una modernidad posible, duradera y eficiente.

Con un posicionamiento común a la de esta primera generación de arquitectos modernos del interior del país, sus múltiples intereses llevan a HHL a construir vínculos a través de una pluralidad de ámbitos de acción, de los cuales se nutría para aplicar a sus proyectos y para obtener encargos. De este modo, a las exploraciones de los primeros años en torno a las viviendas en serie y residencias particulares se irán sumando edificios de renta, el edificio del Museo Castagnino y programas fabriles, comerciales, bancarios y de salud; también proyectos para instituciones de acción social, educativa y cultural que evidencian sus vínculos con los núcleos progresistas de la ciudad. La reflexión sobre la práctica referida a cuestiones técnico constructivas y a normativas se plasma en la redacción del Reglamento de Edificación para la ciudad, en 1931; y en la participación del debate y redacción de la ley provincial 4114, que reglamentó tempranamente incumbencias y honorarios profesionales y operó de base para las discusiones nacionales que tendrían lugar dos décadas más tarde.

La trama relacional de este “hombre polifacético, inquieto y culto” (Pasquale, 1980, p. 22) no estaría completa sin su destacada actuación en el mundo de la cultura. Entre 1932 y 1933 preside la Comisión Municipal de Bellas Artes (CMBA) y desde 1937 es Director del Museo Castagnino, a partir del cual introduce un nuevo concepto de Museo de Bellas Artes como foco de irradiación cultural y cohesión social. En los años posteriores, ejercerá su rol de divulgador y promotor desde la gestión editorial y también desde la docencia, a partir de 1940, participando del Colegio Libre de Estudios Superiores y desde 1957 en la Universidad, llegando a dirigir la Escuela de Arquitectura de la Universidad Nacional del Litoral.

Fuente: Archivo Horacio Quiroga

Figura 1: Hilarión Hernández Larguía, Richard Neutra y Rufino de la Torre en la casa Couzier. Rosario, 1959 

Su casa, donde también funcionaba su estudio, fue durante décadas “un lugar de encuentro de los protagonistas de la arquitectura y de los visitantes del ámbito de las artes plásticas, las letras, la música y la educación” (Pampinella, 1993, p.12) (Figura 1).

Horacio Quiroga se diplomó como Técnico de Obras en la Escuela Industrial Superior de la Nación (1959). Por entonces, esa institución de educación secundaria compartía edificio con la Facultad de Ciencias Matemáticas, Físico Químicas y Naturales Aplicadas a la Industria de la Universidad Nacional del Litoral y con la Escuela de Arquitectura que, a partir de la “Revolución libertadora” (1955), reposicionó la figura del arquitecto para pensarse en clave local. Esto se dio en un contexto interdisciplinario en el que se renovaban las viejas humanidades y se afianzaba el paradigma tecnológico. Esos años de pasillos compartidos y visitas diarias al Museo Castagnino para consultar libros de arte lo deciden a inscribirse en Arquitectura. Cuando egresa, en 1966, una nueva dictadura, ahora autodenominada “Revolución Argentina” (1966-1973), atraviesa políticamente la Universidad.

En sus primeros años en la Escuela de Arquitectura (Figura 2) opta por el Taller de Proyectos a cargo de HHL, llamando su atención desde el primer ejercicio proyectual (H. Quiroga, comunicación personal, 5 de septiembre de 2018). Desde la Escuela continúa también aprendiendo arte con Rubén Naranjo, destacado artista de la ciudad. Este vínculo le permitió un giro en su trabajo, que lo habilitó a participar en los salones de arte que organizaba el Museo Castagnino, compartiendo las paredes con sus maestros. Un año antes de recibirse -y hasta el año 1970, cuando renuncia- se integra como docente de Historia de la Arquitectura, desde donde participó de las actividades de formación que coordinaba Marina Waissman para el Instituto Interuniversitario de Historia de la Arquitectura.

En 1963, siendo aún estudiante, comienza a trabajar en el estudio que por entonces HHL formaba junto a Aníbal Moliné y Rufino de la Torre, permaneciendo allí hasta su cierre en 1967, tras regresar de su viaje de estudios de siete meses por Europa. HQ aprende en el estudio y en la Escuela de la mano de Hilarión -quien también era titular de la cátedra de Construcción IV- adquiriendo el oficio del armado de legajos de obra. La casa Albanese (1964-1966) es la obra con la que HQ consolida su aprendizaje en el armado de legajos y con la que HHL se retira de la vida proyectual.

Son sus intereses por el arte y la arquitectura en clave social los que están siempre latentes en las relaciones que va construyendo. La red cultural de HHL deviene en parte de su propia red. Como integrante de OVEA (Organización Viaje de Estudios Arquitectura) convierte el bar de la escuela en una galería de arte organizando muestras de pintores rosarinos, vendiendo y hasta alquilando cuadros para sus compañeros, quienes desde la universidad llevaban el arte a sus casas. En 1965, paralelamente a su trabajo en el estudio y al cursado de los últimos años de la carrera, se integra como profesor de Integración Cultural a la Escuela de Teatro de la Biblioteca Vigil, una usina cultural y social en el sur de la ciudad. Tras la renuncia a su cargo docente en la Universidad, luego de resistir por tres años tras la “noche de los Bastones Largos”, que provocó renuncias masivas en la Universidad, es convocado a trabajar como profesor de Historia del Arte en la Escuela de Artes Visuales de esa institución. Probablemente, el conocer desde adentro el funcionamiento y los requerimientos de la Biblioteca hayan colaborado en que se haga acreedor -junto a Carlos Borsani, su compañero del Taller HHL- del primer premio en el Concurso Nacional para el desarrollo edilicio de la Biblioteca Popular “C. C. Vigil”, en 1969. Esta obra marca sus inicios como arquitecto independiente y lo involucrará con el Departamento de Construcciones de la Vigil.

Las redes culturales que fue tejiendo desde su adolescencia lo llevan a pertenecer a múltiples instituciones, como el Centro de Arquitectos de Rosario, el Colegio de Arquitectos de la Provincia de Santa Fe y el Centro de Estudios Urbanos del Rosario, que llega a presidir. Es uno de los promotores del ciclo de conferencias que un cuasi desconocido arquitecto catalán, Oriol Bohigas, dicta en Rosario en 1974. Por ello también llega a conocer desde adentro las vicisitudes en torno a la creación del Parque de España. El primer premio en el Concurso Regional de Antecedentes para el desarrollo del Proyecto Ejecutivo de esta obra (1980) es inescindible de estas redes. Teniendo en su haber una participación activa en múltiples y plurales instituciones de la ciudad durante décadas, en 1994 vuelve al Museo Castagnino, esta vez como su director, ocupando aquel lugar que por primera vez ocupara su maestro.

Fuente: Archivo Horacio Quiroga

Figura 2: Imágenes del taller de Proyectos de HHL. HQ y Oscar Sánchez 

3. 2. El arquitecto en el Museo

HHL es mucho más que el proyectista del Museo Castagnino. Este rol es el resultado de sus redes de relación y su actuación en la escena cultural rosarina, inescindible de una gestión municipal activa y autónoma que se ensayó en la ciudad entre 1915 y 1935.

Fuente: a. Archivo Museo de la Ciudad; b. Archivo HHL; c. Nuestra Arquitectura, abril 1938

Figura 3: a. Vista aérea de principios de la década de 1940 del límite NE del Parque Independencia y zonas urbanas aledañas; b. Plano de ubicación y proyecto de rotonda del legajo original del Museo Castagnino; c. Vista de la sala mayor del museo hacia el hall de ingreso 

En las dos décadas que median entre la creación de la CMBA (1917) y la construcción del edificio para el Museo Castagnino (1937), se produjo la institucionalización del arte en la ciudad (Montini et al, 2012). También el panorama artístico de la ciudad cambia durante la década de 1930. Con la atención hacia nuevos sectores sociales (aquellos de la promoción de viviendas a través de iniciativas como la Vivienda del Trabajador y el Banco Edificador), el repertorio de temas se amplió hacia lo urbano y el ámbito del trabajo, intentando representar el impacto de la modernidad en los márgenes y atendiendo a nuevos públicos (Príncipe, 2012, p. 73). Aquí, al rol protagónico de HHL desde los espacios profesionales se suma su devenir en agente cultural. Su participación en la CMBA le permite conocer de primera mano las vicisitudes y discusiones que habían atravesado ese espacio. El Museo que proyecta y dirige tiene entre sus fundamentos conceptuales los temas que allí se discutieron.

Por entonces el intendente comisionado Miguel Culaciati procuraba investir su gestión de un sesgo eficientista y apolítico, como contrapartida de la ilegitimidad de la gestión. Esta situación, a la que se suman las vicisitudes en torno a la disolución de la CMBA, otorgó la coyuntura para que Rosa Tiscornia de Castagnino imponga las tres condiciones que posibilitaron la construcción del Museo de Bellas Artes: que la municipalidad done el terreno sugerido por la CMBA, aceptar sin condicionamientos el proyecto realizado por su protegido, el arquitecto HHL, y garantizar que la dirección del museo quedará a cargo de este (Montini et al., 2012, pp. 105-106).

La preocupación de HHL por desafiar los límites de acción sobre el espacio público, ampliando los márgenes de la ciudad a través de los espacios de cultura, encuentra en el encargo del Museo una inmejorable oportunidad. Esto le permite integrar, a través de un proyecto, la gestión cultural a su formación disciplinar. En una estrategia que podría emparentarse más al Arte Urbano de fines del siglo XIX, disocia la inserción en el sitio y el carácter exterior con la resolución espacial de sus interiores.

Con un papel protagónico en la conformación urbana y simbólica del área, el Museo (Figura 3) se implanta al final del eje del Boulevard Oroño, intencionalmente por fuera del cruce de los dos grandes boulevares de ronda que delimitan -junto al río Paraná- el área fundacional de la ciudad y como antesala del Parque Independencia. Esta decisión tensiona, con un hecho urbano en el eje de la Avenida Pellegrini, la puesta en valor y la expansión hacia el oeste que el proyecto del Plan Urbano de 1935 proponía rematar con la construcción de una estación fluvial en la costa.

En una acción singular para la ciudad, el museo ocupa el centro de manzana, en el eje de esta, prefigurando la rotonda de circulación y desafiando la ortogonalidad del damero propia de la trama urbana. Esta diagonal es el eje de simetría del volumen que, partiendo de la rotonda, prosigue en una secuencia que enlaza explanada, escalinata, pórtico, hall, escalera y sala. “La simetría es formal, es constructiva y es operativa” (Florio, 2015, p. 16), en su vinculación con la economía, la racionalidad y la eficiencia sobre las que el estudio experimentaba.

El Museo se integra al debate urbano de modo contundente. La masividad, la simetría axial y el carácter representativo propios de la edilicia cívica de la Ilustración se combinan con una expresión moderna de este gran volumen blanco, despojado de toda ornamentación.

La inserción urbana, la depuración de los códigos clásicos y fundamentalmente el quiebre exterior-interior, nos conectan con la función pedagógica del Museo. Con lógicas divergentes se exalta el contenedor y lo contenido. En el interior, los espacios mantienen la organización axial con respecto a los ejes compositivos. No obstante, la fragmentación academicista de los espacios deja paso a una continuidad fluida de los ambientes que, con características uniformes en cuanto a color, materialidad e iluminación buscaban “eliminar la jerarquización, segregación o separación de tipos de obras según el grado de instrucción artística que poseyera el visitante” (Hernández Larguía y Newton, 1938, pp. 24-25). Se procura, como en la ciudad, no jerarquizar espacios, ni saberes, ni públicos.

El espacio es un soporte, que no interfiere ni restringe, sino que posibilita la contemplación, el movimiento, el aprendizaje. La estrecha vinculación de HHL con la experiencia de la Escuela Serena (Figura 4) llevada adelante en la periferia de Rosario por la maestra Olga Cossettini y con todo un grupo de intelectuales de la educación encolumnados en la corriente pedagógica de la Escuela Nueva2, conducen a arriesgar que los usos y apropiaciones del espacio escolar y urbano de esta experiencia incidieron fuertemente en el accionar de HHL, quien integra este ideario a sus proyectos de museos, estimulando y orientando los contactos entre el mundo físico y social (Cossettini, 1942). Desde este lugar el museo como obra pública amplía sus márgenes.

Fuente: Archivo Cossettini. C2.C7. Img.0029

Figura 4: HHL en la Escuela Serena 

El ideario del museo en la escuela y la escuela en el museo interactuando en el espacio público, lleva a HHL a idear nuevos alcances de la propuesta cultural y arquitectónica municipal (Blanc y Cattaneo, 2019). En 1939 presenta junto a Newton un cuadernillo denominado Museos de Bellas Artes. Breve estudio y anteproyectos. Abogando por la existencia de museos -en tanto una rama de la educación popular “que no ha adquirido la importancia que merece” (Hernández Larguía y Newton, 1939, p. 3)- en todas las localidades y argumentando tanto la necesidad de locales especialmente diseñados para este fin como la falta de referentes, elaboran una serie de ocho anteproyectos contemplando posibles emplazamientos y lenguajes. Las opciones combinan soluciones singulares y exentas en parques con emplazamientos en lotes en esquina o entre medianeras. La primera, probada a través del Castagnino, y la segunda legitimada a través de las propuestas del Banco Edificador, pero en todos los casos pensados como instituciones estatales de referencia (Figura 5).

3.3. El arquitecto en la Biblioteca

Una mirada desde las redes profesionales y los posicionamientos en las tramas culturales, conducen a encontrar un correlato entre el accionar de HHL a través del Museo Castagnino y el de HQ en relación a la Biblioteca Vigil, ambos integrando círculos donde se alentaba otra educación y otra sociedad posibles; donde otros programas ampliaban la injerencia de los ámbitos educativos, presentándose como complementarios a los del sistema formal de enseñanza. En el caso de HQ, el germen de este accionar puede rastrearse en sus épocas de trabajo en el estudio de HHL.

La Asociación civil “Biblioteca Constancio C. Vigil” comenzó a funcionar oficialmente en 1959 al independizarse de la comisión vecinal del barrio Tablada, en un barrio obrero del sur de Rosario. Desde entonces se desarrolló sin pausa, multiplicando proyectos y espacios institucionales. La Biblioteca devino en menos de dos décadas en un complejo social, cultural y educativo de proporciones únicas en Latinoamérica sobre la base del movimiento mutualista, hasta el año 1977, cuando fue desmantelada por la intervención militar.

De la escala barrial se pasó en pocos años a una proyección metropolitana, colaborando con otras instituciones. También se pasó a incorporar a una selección de artistas de vanguardia, académicos y denunciantes del gobierno de facto de Onganía. Con la creación de la Editorial Biblioteca en 1966, los artistas y escritores de la ciudad tendrán un lugar de privilegio, surgiendo temáticas “rosarinas” y descentralizando la hegemonía porteña (García, 2014a, p. 7).

Natalia García señala que todos los proyectos de la Biblioteca Vigil tienen una misma lógica creativa que puede describirse como “un proceso o experiencia: primariamente impensada, posteriormente apropiada y resignificada, ulteriormente planificada” (2014a, p. 3). La arquitectura se integra a partir de esta misma lógica. La búsqueda de los más idóneos en cada materia se conecta con iniciativas a nivel nacional características de la década de 1960 en torno a la organización de concursos, persiguiendo reactivar el ejercicio profesional. El uso de este mecanismo permitió -en articulación con el fenómeno de la universidad de masas- el recambio generacional y social, y el acceso a importantes encargos antes reservados a círculos reducidos ligados al Poder. En este período el sistema de concursos públicos que montó la Sociedad Central de Arquitectos de Buenos Aires consolidó la posición social de los arquitectos y fomentó el debate al interior de la disciplina. En esta clave podemos situar la convocatoria del Centro de Arquitectos de Rosario a un concurso nacional de proyectos para alojar las plurales actividades de la Biblioteca.

El estudio de los arquitectos HQ y Carlos Borsani fue el ganador, tomando a su cargo la ejecución del legajo y quedando la construcción a cargo del Departamento de Construcciones de la Biblioteca. El concurso fue a dos vueltas entre los doscientos cincuenta trabajos presentados. Enfrentados a sus propios docentes, HQ y Borsani recurrieron a “una retícula de 0,97 de lado que modulaba toda la media manzana que ocuparía el conjunto”. HQ entiende que esa fue “la gran virtud de la Vigil” al “manifestar arquitectónicamente su movilidad” (H. Quiroga, comunicación personal, 20 de febrero de 2020).

Fuente: 1. Summa 28, agosto de 1970; 2. Summa 73, marzo de 1974

Figura 6: 1. Biblioteca Vigil. A. Planta primer piso. B. Corte longitudinal; 2. Vista parcial de la fachada 

De esta manera se definió una malla estructural en la que se insertaron los elementos constructivos modulares que podrían ser desplazados o intercambiados sin alterar la integridad de la obra (Figura 6).

La versatilidad de esa decisión proyectual permitiría el crecimiento y adaptación a nuevas funciones, en consonancia con el vector de racionalidad y planificación técnica que se había institucionalizado con la creación de la asociación civil. Mientras a nivel regional los concursos fueron criticados por su carácter de propaganda política del liberalismo (Marchetti, 1974, p. 17), el caso de la Vigil revierte esta situación y se convierte en cantera de trabajo multidisciplinar, ubicando nuevamente al arquitecto en una trama cultural más compleja. A solo un año del concurso Aníbal Moliné, invitado a reflexionar en la revista Summa3 sobre la arquitectura rosarina de la década, plantea la necesidad disciplinar de “programar y diseñar para adecuarse a un proceso y no para obtener un resultado final único” (1970, p. 31), reivindicado las decisiones tomadas en este proyecto.

Como se ha señalado, HQ había ingresado como docente a la Biblioteca tres años antes del concurso. En pocos años ejerce la docencia, gana el concurso e integra el Departamento de Construcciones de la Biblioteca. Es el engranaje no solo del proyecto y concurso para la Biblioteca, sino de una proyección más amplia de la institución que incluía la construcción de viviendas y la delegación administrativa en la ciudad de Santa Fe.

Así como en el encargo para el Museo HHL encuentra una oportunidad para desafiar los límites de acción sobre el espacio público ampliando los márgenes de la ciudad a través de los espacios de cultura, en la Biblioteca HQ colabora desde la docencia y el proyecto en la germinación de este “parasistema educativo” (García, 2014b, p. 3), cuyo objetivo fue complementar los espacios curriculares formales. En este engranaje cultural se consulta y se concursa buscando los profesionales más idóneos en cada disciplina. La idea de “acortar brechas entre mundos distantes”, que Natalia García (2014a, p. 10) emplea para describir la Biblioteca, ya se encontraba presente en el accionar de HHL desde el Museo.

4. La dimensión pedagógica de los encargos culturales

El pensar en estos dos arquitectos en tanto intelectuales en contextos regionales o periféricos respecto a las ciudades capitales, en este caso Rosario, es lo que habilita a ir más allá de sus prácticas, analizando sus trayectorias e inscribiendo sus acciones en el marco de conceptualizaciones más amplias. La elección del campo intelectual como unidad primera de análisis ha permitido establecer nuevas o renovadas relaciones entre HHL y HQ, resultando fundamental el aprehender la lente con la que estos personajes miran de acuerdo a los lugares que van conquistando en el sistema de posiciones. Desde aquí sería reductivo presentarlos como expertos o como reproductores pasivos de una ideología, abriendo el debate para pensarlos también como hacedores de esta a través de los espacios materiales y tangibles que construyen la experiencia en la ciudad. La obra construida desde la especificidad disciplinar y el rigor técnico se instala por sobre los otros discursos como argumento productor de teoría.

Fuente: Archivo Secretaría de Planeamiento de la Municipalidad de Rosario

Figura 7: Frente costero central de Rosario en 1944 y a comienzos del 2000 - Parque de España 

La especialidad técnica que HQ teje en una red cultural que moldea desde su adolescencia y que se construye entre su formación en la escuela industrial, sus inquietudes por el arte rosarino, su formación en la Escuela de Arquitectura y sus vínculos con HHL, lo corren claramente del perfil de los “grandes creadores de doctrina” (Altamirano, 2005). HQ desplaza su perfil profesional hacia experimentaciones técnico-ingenieriles que sus contemporáneos parecen ignorar (Silvestri, 2014, p. 74). HQ es un arquitecto que se especializó en la confección de legajos técnicos, una herramienta disciplinar que garantizaba la buena factura de una obra de arquitectura. Participó activamente de los debates, pero no escribió libros ni ensayos, persiguiendo una experticia asociada a la especificidad de la técnica propia de la modernidad.

La intervención militar de 1977 interrumpe violentamente la labor que estaba llevando adelante en la Biblioteca. Ocho años más tarde volverá, a través de un concurso y el reconocimiento de su experticia en el armado de exquisitos legajos, a saldar a través del Parque de España aquello que había quedado inconcluso. Dará un paso más, adentrándose en la gestión de un proyecto donde, una vez más, abrevan las redes profesionales y culturales que había construido. El Parque de España (Figura 7) se presenta como condensación de los hechos e ideas hasta aquí expuestos al ser la obra que motoriza la transformación ribereña de Rosario, a partir de la liberación y puesta en valor de los espacios históricamente ocupados por instalaciones ferroportuarias. En el proyecto interactúan, no sin dificultades, comitentes, proyectistas, entidades promotoras y ejecutores. En una nueva dictadura, son entidades ajenas al gobierno las que impulsan principalmente el proyecto, tal como había sucedido en la Biblioteca Vigil, incorporando la arquitectura a los servicios comunitarios. Es allí donde este ideario cuaja con el abordaje que tanto HHL como HQ hacen de sus proyectos educativos y su dimensión pedagógica en la construcción de realidades urbanas consistentes, nuevamente integrando, a través de un proyecto, la gestión cultural a su formación disciplinar.

5. Conclusiones

Las acciones que HHL y HQ encabezan como agentes culturales han perseguido, desde la génesis proyectual, su correlato en la ciudad. Desde este lugar el análisis de los proyectos del Museo y la Biblioteca en tanto objetos arquitectónicos resulta restrictivo al pensarlos como arquitectura situada primero y espacios públicos después. Son estos hechos urbanos puntualizados (A. Moliné, comunicación personal, 2 de mayo de 2019), formas arquitectónicas estratégicas (Aureli, 2011) desde donde HHL y HQ experimentan para construir y proyectar un particular perfil cultural. En todos los casos, faros culturales que alcanzan a nuevos destinatarios mediante nuevos temas y programas, materializados en las distintas temporalidades de estudio, tanto en los bordes de la ciudad que se consolidaba como en los vacíos urbanos del casco histórico. A través de las redes culturales y de la experimentación proyectual, estos proyectos se incorporan y cualifican a la ciudad, a los hábitos y a la vida urbana, como primeros eslabones de todo un sistema pedagógico. Acciones estas acompasadas por estrategias vinculadas al Arte Urbano y al Urbanismo, en tanto disciplinas científicas que se condensan en el proyecto del Parque de España, devolviendo a la ciudad extendida y a través de un proyecto su mirada hacia el río y hacia lo verde, en tanto fundamentos de lo público y de lo cívico sin estridencias.

La ciudad dispersa que HHL pretendió hacer entrar al Museo, integrando urbes y bordes, y la ciudad consolidada que HQ tensionó hacia el sur con la Biblioteca como usina cultural componen dos momentos, dos escalas del proyecto y dos acepciones de cultura que se desprenden de un mismo entramado cultural. Aproximaciones que invitan a pensar en el rol y las incumbencias actuales de los arquitectos y a revisar la dimensión intelectual desde el presente, en ciudades de escala intermedia donde lo global y lo local, lo remoto y el territorio, son variables en juego simultáneo en la trama de la multidisciplina.

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1 La ciudad de Rosario está ubicada en la zona sur de la provincia de Santa Fe, Argentina, en el extremo sur del continente americano. Fundada hacia 1750, a partir de un crecimiento espontáneo sobre un puerto natural a orillas del río Paraná, en una zona surcada por múltiples arroyos y en la encrucijada de los caminos que conectaban a Buenos Aires con el norte y el centro de Argentina, fue durante años la segunda ciudad del país. Nodo comercial provincial, cabecera de las colonias agrícolas del sur de la provincia y de la primera línea ferroviaria argentina, “cuna de la Bandera”, la ciudad fue desde mediados del siglo XIX puerta de entrada de la inmigración masiva y salida natural de la producción cerealera de la región, vía el transporte ferroportuario.

2La Escuela Nueva fue un movimiento constituido por propuestas, métodos y articulaciones surgidos en el marco de un escenario internacional: Europa y EE.UU. En activa oposición a las prescripciones normalistas-positivistas, aunó las ideas de individualidad, libertad y espontaneidad de Rousseau, la integración de idea y experiencia y la concepción de la unidad vital del niño de Pestalozzi, y la significación de la actividad libre y creadora del niño, el valor del juego y la importancia de la educación estética de Fröebel. Estas escuelas surgieron a fines del siglo XIX. Su divulgación y circulación de métodos se da entre las dos primeras décadas del XX, y su expansión y ampliación hacia 1930.

3La revista Summa comienza a editarse en Buenos Aires en abril de 1963 y es –junto a Nuestra Arquitectura– un espacio de reflexión disciplinar que difundía la obra de arquitectos nacionales y extranjeros desde una óptica técnica y sociopolítica, contribuyendo a ampliar los alcances del trabajo profesional. Fue un ámbito privilegiado de promoción y debate de los concursos realizados en el país durante el período.

Recibido: 16 de Abril de 2020; Aprobado: 20 de Julio de 2020

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