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Estoa. Revista de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Cuenca

versión On-line ISSN 1390-9274versión impresa ISSN 1390-7263

Estoa vol.7 no.12 Cuenca ene./jun. 2018

http://dx.doi.org/10.18537/est.v007.n012.a10 

Artículo

Corporalidad y experiencia como factores de cambio en Arquitectura. De los años 60 a 80 siglo XX

Embodyment and experience as a factor of change. From 60’s to 80’s. XX century

Francisco Fuentes1 

11 Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Facultad de Arquitectura, México, fuentes88@hotmail.com

Resumen:

La historia nos enseña que la arquitectura frecuentemente se ve involucrada en cuestionamientos que rebasan su campo de acción, pues el espacio construido posee al mismo tiempo características físicas e intangibles, por ejemplo, cuando hablamos del significado de sus formas y de sus funciones sociales. La arquitectura siempre ha estado presente en los cambios de teorías en ciencias y humanidades, tales como la fenomenología y epistemología, con propósito de comprender la relación entre las personas y el espacio edificado. Veremos aquí los aspectos relevantes de un cambio en las concepciones fundamentales de la arquitectura, aquellas que se refieren al objeto arquitectónico, a sus funciones y formas, y al mundo que se presenta a los sentidos de quien lo habita. La visión cartesiana del espacio-tiempo, y del sujeto-objeto, ha cedido lugar a enfoques constructivistas, tanto a nivel del objeto de estudio, de cómo estudiarlo, y de la metodología apropiada.

Palabras clave: percepción; experiencia; complejidad; crítica; espacio edificado

Abstract:

History show us that architecture is eventually engaged to issues outside it’s concern, because architectural space at same time shows physicall and inmaterial faces, as well as it’s formal and social meaning. On this way, built space, or architectural space, is an assumption of shifting on conceptual theories and paradigm, in sciences and humanities, over main categories and conceptions about space, time, and object-subject, but mainly to join both feeling and thinking, emotion and reflection. This papers is an attempt to look at main issues about architectural object to social and symbolic space related, mainly to the subjective experience of meaning and sense of place. At all, cartesian perspective about subject-object split has been carried to a constructivist and complex perspective where architectural object cant’t be studied if we exclude the environment and symbolic sphere.

Keywords: perception; experience; complexity; critical architecture; built space.

1. Introducción

Por variados motivos, la arquitectura expresa el signo o espíritu de su tiempo, y la visión subjetiva de sus creadores, y como una síntesis de ambas esferas, la dimensión simbólica que irradia a través del tiempo, y que hoy es motivo de atención por parte de distintas disciplinas académicas como las ciencias sociales, la psicología social, o la geografía cultural, además de la filosofía, ya sea en el campo de la epistemología, fenomenología, hermenéutica, y semiología, entre otras. De tal modo, podemos hablar de distintos cambios o “giros” en las ideas cardinales de la arquitectura en concordancia con los movimientos en la sociedad y la cultura, pero además, y fundamentalmente, con el conocimiento mismo. Dichos giros pueden reconocerse examinando la “nueva tradición” en arquitectura, como referiré en seguida.

Distintas opiniones señalan la necesidad de distinguir entre una teoría de la arquitectura y una teoría sobre cómo se experimenta la arquitectura, Norberg-Schulz (Intenciones en arquitectura 57), lo cual ha llevado a profundos ajustes en la manera en que entendemos ésta disciplina, sobre todo a partir de lo que este autor llama “nueva tradición”, que conjunta una arquitectura premoderna, moderna, y posmoderna (NorbergSchulz, Los principios de la arquitectura moderna 247). En tal sentido, uno de los cambios fundamentales tiene que ver con la idea de espacio, con los objetos en dicho espacio, pero también tiene que ver con los modelos teóricos y conceptuales que construimos para examinar y reflexionar acerca de todo ello.

Así, mientras que el movimiento moderno aún concebía una noción de objeto al cual atribuir solidez, belleza, o función, desde fines del siglo pasado el foco de atención ya no es el objeto sino sus relaciones, su contexto; ya no se trata de una teoría que aísle al objeto para su estudio, sino que más bien se enfoca en las relaciones entre objetos, y entre sistemas de objetos, abiertos y complejos.

Lo que nos muestra el movimiento de la nueva tradición en arquitectura, como describiré en la siguiente sección, es una elucidación de conceptos que permite distintas interpretaciones relacionadas con el arte, la arquitectura, el urbanismo, o en geografía y ciencias sociales, en la medida que, según Montaner (Sistemas arquitectónicos contemporáneos 9), los repertorios de formas no son hechos aislados puesto que en torno a las obras construidas necesariamente tenemos implicaciones éticas, sociales y políticas (…) entre las formas y las ideologías, y que cada concepción formal remite siempre a una concepción del mundo y del tiempo, del sujeto y del objeto.

El reto ha sido llegar a un enfoque incluyente que considere tanto el aspecto intersubjetivo y simbólico de la relación entre “repertorio de formas” y sociedad, mundo, y tiempo, y el análisis formal del espacio construido. En ese sentido, al aceptar que el espacio edificado está sujeto a fuerzas político-económicas, ejemplificado esto en cómo Alberti intenta representar una jerarquía de tipos de edificación a través de una jerarquía de formas, Norberg-Schulz (Intenciones 58) se ve en la necesidad de distinguir entre conceptos formales, aquellos empleados en “describir el orden existente en la obra de arquitectura”, (es decir, el objeto) y conceptos cualitativos, aquellos que designan “la experiencia del observador”.

Es importante señalar ésta distinción conceptual y cómo es importante para comprender la crítica al pensamiento cartesiano por parte del posmodernismo, y luego en el pensamiento de la complejidad, hoy asumido en arquitectura en autores como Joseph María Montaner, Joseph Muntañola, Christopher Alexander, Charles

Jencks, y otros.

A partir de algunos ejemplos representativos de la arquitectura premoderna, moderna, y posmoderna, puede observarse una tendencia hacia la concepción del objeto como una entidad compleja, es decir, como un proceso en vez de un objeto separado de su contexto. Al mismo tiempo, puede verse que también el conocimiento es concebido como algo complejo, como inseparable del lenguaje y de las acciones comunicativas y sociales compartidas por quienes investigan. Por ello se plantea aquí como fundamental un ejercicio de crítica conducente a normar criterios entre las distintas disciplinas interesadas en nuestro tema, lo cual requiere a su vez una revisión o elucidación de conceptos clave, como los examinados en este caso, sobre todo en alusión a Piaget. Ello puede permitir situar o “contextualizar toda nueva producción dentro de corrientes, tradiciones, posiciones, y metodologías, reconstituyendo el medio donde se han creado las obras” (Montaner, Arquitectura y crítica 18).

Para terminar veremos que un enfoque integral de la arquitectura como objeto construido, como “arte inevitable” (Roth, Entender la arquitectura. Sus elementos, historia y significado 1), nos lleva a una crítica del modelo cartesiano de la realidad (Norberg-Schulz, Los principios… 255), en cuanto crítica y elucidación de las concepciones fundantes. Esto hace posible hablar de una “crisis del objeto” (Montaner, Sistemas…10), pues el interés ya no reside en éste, sino en sus relaciones con otros objetos, en la complejidad de éstas relaciones y en la de los objetos mismos, y en los significados que les asignamos. Bajo esta circunstancia parece necesario profundizar en los alcances de un cambio de enfoque en la teoría, la historia, y la crítica de la arquitectura, sobre todo en lo que se refiere a la percepción de espacio construido

2. La nueva tradición

A principios de los años sesenta del siglo anterior, los jóvenes arquitectos de la posguerra pugnaban por una arquitectura que liberase la experiencia humana del status quo social, (Otero-Pailos, Architecture’s historical turn xi) por lo que un primer paso fue la crítica de conceptos e ideas abstractas como “espacio” y “forma”. Así, el posmodernismo en arquitectura es al mismo tiempo un movimiento estilístico y un cambio intelectual que va a florecer en la década de los ochenta.

Como señalé arriba, los giros o cambios en la idea o concepción del espacio, y con éste, de otros conceptos provenientes del modelo cartesiano del conocimiento, como sujeto y objeto (res cogitans y res extensa), son cambios relacionados con aquellos del conocimiento y la sociedad, lo cual puede observarse en cómo la llamada nueva tradición en arquitectura tiende hacia la síntesis entre el conocimiento lógico y el experiencial. La nueva tradición puede entenderse como un cambio en la concepción del espacio, un cambio que va desde lo premoderno a lo moderno y posmoderno, considerando lo premoderno como una reinterpretación de los fenómenos de la naturaleza, para continuar después hacia la concepción de la planta libre y la forma abierta en el modernismo (que devino en un funcionalismo como “mera planificación”, sin importar el contexto), y luego hacia el posmodernismo, como “una vuelta al enfoque fenomenológico” (Norberg-Schulz, Los principios… 247).

Según éste autor, una actitud fenomenológica parte de la unidad entre sujeto y objeto o, en otras palabras, entiende que el hombre “está en el mundo”. (NorbergSchulz, Íd. 249) Uno de los precursores de esta actitud fenomenológica es Martin Heidegger, filósofo cuya figura cercana al nazismo no debe pesar en la revisión de sus ideas relevantes en diversos ámbitos académicos, por ejemplo en la geografía cultural, en la sociología fenomenológica y constructivista, o en los recientes posicionamientos en la arquitectura teórica de Pallasmaa (2009, 2011, 2016), Otero-Pailos (2010), y otros. Junto a este filósofo, otros como Maurice Merleau-Ponty, y Gastón Bachelard, son influencias decisivas en el surgimiento de un punto de vista fenomenológico en arquitectura, mismo que considera que “el mundo se compone de fenómenos: nuestras experiencias” (Norberg-Schulz, Intenciones 20).

Para resumir el punto anterior se puede mencionar el término genius loci, o “espíritu de lugar”, que hace referencia a cómo experimentamos los lugares que habitamos, a lo nuestros órganos perciben, a las emociones y sensaciones de estar ante ese lugar. No en balde se convirtió en un concepto clave de la fenomenología de la arquitectura (Otero-Pailos, Architecture’s…xiv) sino que sigue siendo un problema de fondo en la filosofía, y en el dualismo cartesiano, que tiene que ver con el estatuto científico o epistémico de dichas experiencias subjetivas. Es tal la magnitud del problema de la subjetividad, es decir, del tipo de objetos de estudio que son las emociones, sensaciones, percepciones, acciones e intenciones, en torno al espacio tanto geográfico como social y existencial, que tenemos distintos movimientos en disciplinas como las ciencias sociales y en la geografía cultural, que podemos hablar de estos movimientos como “giros” teóricos y metodológicos, tales como el giro cultural, cualitativo, lingüístico, hermenéutico, simbólico, y algún otro.1

A partir de esta premisa tendremos un criterio para delimitar los alcances del cambio de teorías y conceptos en arquitectura, a partir de la llamada nueva tradición, que desde nuestro punto de vista conlleva una crítica del dualismo cartesiano y la consolidación de un paradigma constructivista. En tal sentido, tendremos también una crítica a la concepción del objeto arquitectónico, concepto fundamental tanto en el proceso del diseño y realización de la obra construida, como en su sentido simbólico o intangible como ya lo expresamos al referirnos a los significados e intenciones de las formas arquitectónicas.

Por tal razón Norberg-Schulz pone especial empeño en distinguir entre los conceptos empleados en arquitectura para referirse a la cuestión formal de la obra (diseño, tectónica, estructura, etc.), y los que se refieren a cómo se experimenta el espacio construido. Para este autor, la arquitectura moderna surgió como una propuesta para “salvar esa brecha entre pensamiento y sentimiento”, (Los principios…248) no obstante que un funcionalismo radical predominó en la medida que la tecnología se convirtió en un fin por sí misma, lo cual no impidió considerar que solo mediante el arte y lo simbólico podemos habitar el espacio edificado, es decir, mediante la experiencia sensible.

Para Norberg-Schulz la relación entre fenómeno y objeto constituye una totalidad, ya que “todo objeto está representado por sus manifestaciones, es decir, por fenómenos intermedios u objetos inferiores” (NorbergSchulz, Intenciones 21). Éstos fenómenos también pueden calificarse como ‘propiedades’, es decir, propiedades de “la cosa”, ya que la representan “o simbolizan directamente” (Íd.). Por eso, los objetos existen porque se “constituyen en las relaciones más permanentes entre fenómenos”, por lo cual el problema de la relación objeto-fenómeno rebasa las fronteras disciplinares de la arquitectura, y nos ubica más bien en campos de la crítica, donde concurren los aspectos sociales, simbólicos, y formales del objeto arquitectónico.

Ya que “el trabajo de la crítica consiste en desvelar las raíces y antecedentes, las teorías, métodos y posiciones que están implícitos en el objeto” (Montaner, 19), la crítica debía tener como objetivo comunicar el mundo de las ideas y conceptos “procedentes del campo de la filosofía y la teoría, y el mundo de las formas, de los objetos, de las creaciones artísticas, de los edificios” (Montaner, Arquitectura y crítica 23).

Decíamos que con la “nueva tradición” en arquitectura surge una nueva concepción del espacio, y que este cambio es consustancial a los cambios en la historia del pensamiento y de la sociedad, en tanto alrededor de la concepción del objeto tenemos una esfera política, ética, y estética, es decir, social, y simbólica. Aquí se evidencia ya la complejidad del tema del objeto arquitectónico; su comprensión y análisis debe tomar en cuenta ésta crítica conceptual para establecer con claridad dos campos de reflexión: los conceptos formales y los cualitativos. Los conceptos cualitativos también son pertinentes para comprender en qué sentido un edificio pertenece a su entorno (Norberg-Schulz, Intenciones 67), en el sentido en que puede atribuírsele un significado desde el contexto social en que se desarrolla.

Según Montaner (Sistemas 10) se ha puesto por parte de la historiografía y la crítica clásicas “demasiado énfasis en los objetos y muy poco en las relaciones y los espacios entre los objetos”. Éste autor ejemplifica un cambio hacia conceptos morfológicos que “enfatizan las relaciones y no las características aisladas del objeto”. De acuerdo con ello, hora son más usuales los conceptos que se refieren a procesos y a relaciones espaciales, por ejemplo cuando hablamos de intersecciones, campus, ecotopos, clusters, rizomas, nodos, redes, etc., más que a los objetos por sí mismos, y diríamos que ahí radica la necesidad de una revisión conceptual desde prácticamente los inicios del pensamiento arquitectónico, si podemos llamar así a la teoría, historia, y crítica de la obra construida.

Retrocediendo un poco en la historia, tenemos que a fines del siglo anterior cambiaron los propósitos de distintas disciplinas interesadas en los procesos de percepción, ordenamiento, y significación, del espacio habitado, hacia un paradigma constructivista y de la complejidad. Habiendo distintas maneras de ver tales movimientos y de entender el constructivismo, aquí se consideran ejemplos como los de Piaget, Charles Jencks, o Christopher Alexander, entre cuyos aportes al conocimiento señalemos la idea de una fusión de horizontes entre distintas disciplinas, o entre ciencia y filosofía, o entre ciencia y conocimiento ordinario, o entre ciencias sociales, naturales, y del comportamiento, etc. También, sobre todo con Piaget, tenemos el rebasamiento del dualismo cartesiano y la asunción del paradigma hermenéutico que sin embargo ya venía aplicándose desde tiempos de Weber.

En concreto, se plantea que el dualismo cartesiano, bajo el aparato del método científico, no puede explicar lo que los demás experimentan, o el significado de dichas experiencias, por lo que no se puede explicar, solo se puede interpretar. Al mismo tiempo, para una epistemología constructivista como la de Piaget, no hay hechos sino solo interpretaciones que hacen las comunidades de científicos ante cualquier aspecto de la realidad a examinarse.2 El argumento de García es que, ante la complejidad de cualquier fenómeno a estudiar el punto de partida es una previa construcción de las propiedades y relaciones que en la realidad se presentan como hechos observables. En realidad, no hay “observables puros” (García, Sistemas complejos 41) sino se trata de la interpretación de lo percibido en términos de objetos “distribuidos en el espacio y con una cierta continuidad en el tiempo”. Así, un punto de vista constructivista se asume como un “relativismo histórico y cultural” que sostiene la inexistencia de “estructuras visuales objetivas ni percepciones universales sino particulares construcciones realizadas por cada cultura en función de su visión del mundo”. (Montaner, Arquitectura y crítica 31)

Como señalé arriba, los conceptos cualitativos pueden examinarse mediante su comparación con las llamadas metáforas cognitivas, sobre todo cuando se menciona una “antropomorfización” de las formas arquitectónicas al “caracterizarlas mediante términos empleados para designar estados del cuerpo humano”, tales como formas pesadas y ligeras, espacios estrechos y anchos, etc. (Norberg-Schulz, Intenciones 59).

Como se expuso arriba, el cuerpo es fundamental también para la idea de una “metáfora corpórea”, ya que, en palabras de Tadao Ando (citado por Frampton, Estudios sobre tectónica. Poéticas de la construcción en la arquitectura de los siglos XIX y XX 21) “el cuerpo articula al mundo, y al mismo tiempo, el cuerpo es articulado por el mundo”. Tadao Ando (como Norberg-Schulz, Pallasmaa, y Otero-Pailos, entre otros ejemplos), también se acerca a Heidegger y a Merleau-Ponty cuando asevera que “el mundo que aparece a los sentidos humanos y el estado del cuerpo humano son interdependientes”, (Frampton, Íd.), de modo que el mundo circundante es heterogéneo en la medida que el cuerpo humano es asimétrico y por lo tanto se organiza a partir de las categorías disyuntivas arriba-abajo, delante-atrás, derecha-izquierda (Cfr.: Montaner, Arquitectura y crítica 27; Frampton, Ob. Cit.: 21; NorbergSchulz, Los principios… 45).

Decíamos arriba que solo mediante la experiencia sensible del arte y lo simbólico podemos salvar la brecha entre pensamiento y sentimiento, como aspectos indisolubles de la obra arquitectónica, y que ello fue posible mediante los aportes de la llamada nueva tradición en arquitectura. Así, el posmodernismo traerá la metodología fenomenológica y la necesidad de una crítica de conceptos para comprender la totalidad del espacio arquitectónico. Por ello Montaner (Sistemas arquitectónicos contemporáneos 215) afirma que “la aportación de la modernidad en arquitectura no ha consistido en crear objetos abstractos y autónomos, sino en pensar sistemas de relaciones entre los objetos”.

Por ejemplo, toda construcción requiere un saber que evite que los edificios se vengan abajo. Pero esto va más allá de una mera idea. Erigir un edificio entre el cielo y la tierra es al mismo tiempo una metáfora cognitiva, es decir, una construcción simbólica que nos permite lidiar con lo desconocido. Y es ésta la primera impresión que tenemos desde que nacemos: la lucha contra la gravedad al querer erguirnos (Roth, Entender la arquitectura 19). En otras palabras, somos conscientes de nuestro cuerpo, un punto ya mencionado cuando hablamos de un enfoque fenomenológico, planteado en la idea del espacio existencial en el sentido que ya se señaló con Heidegger, como el espacio significante que proviene de la experiencia directa de la percepción y de los órganos de los sentidos.

Según Pallasmaa (Habitar 61), el espacio existencial vivido es el objeto y el contexto tanto de la creación como de la experiencia del arte, y también del proyecto arquitectónico. Más adelante (Íd. 97) nos dice que la autenticidad y la fuerza poética de una experiencia arquitectónica se basan en el lenguaje tectónico del edificio y en la posibilidad de comprender sensorialmente el acto de construir.

Hablando de conceptos formales, tal vez uno de los problemas acerca del estatuto epistémico de la tectónica (el proceso necesario para que una construcción tenga firmeza y resistencia) se refiere a los conceptos mismos que le dan sentido a la expresión, pues la misma palabra arquitectura plantea una profesión compleja que requiere distintos saberes. Parece importante señalar el antecedente en Husserl de la distinción entre conceptos formales y cualitativos cuando éste habla de noema y noesis para referirse a la experiencia y la reflexión. Recordemos que Norberg-Schulz (Los principios 44) señalaba la necesidad de un enfoque fenomenológico en arquitectura por medio del cual se llegara “a las cosas mismas”, aspecto necesario al momento de valorar la arquitectura moderna y sus alcances.

Por todo ello, parece necesario tomar en cuenta que lo que nos muestra el desarrollo de la nueva tradición en arquitectura es un movimiento hacia el pensamiento constructivista, al reconocer la necesidad de distinguir entre conceptos cualitativos y formales como heurística o estrategia metodológica para una teoría y crítica del espacio construido. Entre los conceptos cualitativos tenemos las experiencias de vida, las acciones, mensajes, símbolos, y su significado, de quienes habitan, diseñan, y construyen dicho espacio. En cuanto a los conceptos formales, parecen inseparables de los anteriores en tanto la tectónica requiera de metáforas corporales para “traducir” una experiencia fenoménica en una representación, y luego en un edificio.

En un intento por demostrar en qué sentido puede entenderse la arquitectura en su dimensión ontológica y que consecuencias tendría considerar las nociones de espacio, tectónica, estructura, forma, y función, entre otras, como categorías ontológicas y a la vez como metáforas cognitivas, planteamos la necesidad de una revisión conceptual, pero antes que buscar definiciones precisas o un listado exhaustivo de las mismas, hemos tratado de comprender los conceptos clave de la arquitectura en su dimensión constructiva, de la cual se ofrecen aquí dos consideraciones. Una, acerca del conocimiento mismo, y en particular, del conocimiento de las experiencias subjetivas, fenoménicas, y simbólicas, y de su relación con la firmeza, utilidad, y deleite de las formas y estructuras arquitectónicas.

Una línea de trabajo en ésa área del conocimiento, que sugerimos aquí, es la lingüística cognitiva, enfoque multidisciplinar de donde procede el empleo de la metáfora como “un mecanismo fundamental de la mente” (Lakoff, Filosofía de carne y hueso 15). Señalamos al inicio la metáfora empleada por Roth cuando define la tectónica en relación con la experiencia de un bebé que intenta vencer la gravedad, algo a lo que también recurren de otras maneras Bachelard y Merleau-Ponty, y después Pallasmaa, Otero-Pailos, Montaner, y otros teóricos y críticos de la arquitectura aquí citados.

Por otro lado, un ejemplo de cómo la fenomenología, como disciplina interesada en la relación entre el cuerpo, la percepción, y el espacio circundante, ha permeado en este enfoque constructivista es la obra de Norberg-Schulz. Éste arquitecto ha enfatizado la posición teórica de que el espacio edificado es inseparable del mundo simbólico y social, mediante la idea central de su pensamiento sobre el espacio existencial, concepto clave en Heidegger, quien junto a Bachelard y Merleau-Ponty hacen relevante la corporalidad del individuo, y también la percepción como función activa en la estructuración o construcción del sujeto y de la sociedad y la cultura. (Frampton, Ob. Cit.: 21, 32; Lakoff, Ob. Cit.: 19, 27; Pallasmaa, The embodied image 11, 12, 32, 97; Montaner, Arquitectura y crítica 64, 103; Davies, Reflexiones sobre la arquitectura 67) Sin esta corporalidad sería imposible hablar de belleza, ni de la estructura perceptual que influye en el estilo arquitectónico, ni de las funciones del espacio construido, etc., pero al mismo tiempo estamos hablando de diferentes funciones del objeto arquitectónico que ponen de relieve su dimensión semiótica.

Así pues, la idea que tenemos acerca del espacio ha cambiado a la par de los nuevos hallazgos en ciencia y tecnología, lo cual queda de manifiesto por ejemplo en el movimiento moderno en arquitectura, un proceso que implicó un profundo cambio en la concepción del espacio, particularmente, del espacio construido, ahora entendido como espacio complejo (Montaner, Sistemas arquitectónicos contemporáneos 19; Arquitectura y crítica 25).

Buscando integrar aspectos formales y experienciales - razón y emoción- de la obra construida en tanto objeto, la llamada nueva tradición describe un cambio en distintos sentidos en que entendemos la arquitectura, siendo preponderante la noción de complejidad para describir tales cambios. Las mismas posibles respuestas son de por sí complejas, por lo cual resulta primordial una elucidación de conceptos, como la llevada a cabo por Norberg-Schulz, mencionada arriba, en la cual distingue ente conceptos formales y conceptos cualitativos.

En éste giro cualitativo ha sido relevante la fenomenología como amplio referente en ciencias sociales, urbanismo, psicología social, geografía humana, y arquitectura teórica, entre otras disciplinas interesadas en cómo los individuos perciben el espacio circundante, ya que la fenomenología dispone de un bagaje conceptual que facilita a éstas otras disciplinas referirse al punto de vista subjetivo mencionado, sobre todo en cuanto atañe a problemas del significado de la experiencia física del edificio como se presenta a los sentidos (Otero-Pailos, Ob. Cit.: xiii, xiv).

Señalé al principio la relación de la obra construida con una concepción del mundo y del tiempo, del sujeto y del objeto, y en ese sentido se entienden los alcances de la arquitectura, a través de la crítica de dicha obra, como una ontología del espacio construido. También la afirmación de Frampton (Ob. Cit.: 13) de que lo construido es, antes que reflexión conceptual, una representación compleja donde “la inevitable naturaleza terrestre de un edificio posee un carácter tan tectónico y táctil como escenográfico y visual” (Íd.). Aquí la palabra tectónica tiene el sentido de la conjunción de distintas “actividades mixtas, y su culmen es la arquitectura, que surge prácticamente por necesidad y puede ser una representación intensa de los sentimientos más profundos” (Frampton, Ob. Cit.: 15).

Así, no parece haber duda de que la arquitectura puede verse desde el punto de vista ontológico en la medida que se trata de cumplir un propósito: habitar, mediante la construcción de una estructura que se levante entre el cielo y la tierra, que tenga una función de abrigo, de eje de sentido de la existencia, y que, además de vencer a la gravedad, sus formas sean armoniosas y proporcionen deleite y bienestar. (Frampton, Ob. Cit. 9; Roth, Ob. Cit. 9)

Recordando a Gaston Bachelard, Pallasmaa (The Embodied Image 97) señala que además de brindarnos protección ante un ambiente hostil, la arquitectura (la casa) nos proporciona un sentido de pertenencia o de significado ante el cosmos y el sinsentido, y se trata de un instrumento para afrontar el cosmos. Por ello, pensar en el espacio en términos fenomenológicos, como señala Davies, (Ob. Cit., 67) hay una transformación de aquellos elementos ordinarios como las puertas y ventanas, que pasan de ser meros “dispositivos funcionales” y se convierten en símbolos de la experiencia humana, de nuestro confinamiento en el cuerpo y de nuestra libertad para explorar el mundo.

Pensemos en las concepciones vitruvianas de Firmitas, Utilitas, y Venustas, mismas que, en este caso, bien podemos tratar como categorías ontológicas, ya que se trata de concepciones centrales del bagaje teórico y conceptual al cual podemos identificar con la arquitectura.

3. Resultados

Se ha mostrado aquí cómo es que la llamada nueva tradición en arquitectura puede verse como reflejo de un periodo de cambios en la historia, la sociedad, y el conocimiento mismo, cambios que se manifiestan en las concepciones fundamentales de la arquitectura, entre éstas, la de espacio-tiempo, sujeto y objeto, percepción, intención, complejidad, etc. Uno de los aspectos importantes señalados arriba, acerca de la nueva tradición, se refiere a la necesidad de distinguir entre pensamiento y sentimiento, entre razón y emoción, y complementar ambas esferas, pretensión muy cercana a otros movimientos como el posmodernismo, que en arquitectura se manifiesta en cuanto un interés en cómo experimentamos las formas arquitectónicas.

Vimos que, desde la filosofía de Heidegger, Bachelard, y Merleau-Ponty, principalmente, no sólo la arquitectura fue atraída por sus concepciones acerca del espacio y de la corporalidad como procedimiento heurístico, es decir, en ver el cuerpo como el territorio de la experiencia sensible, con toda su carga simbólica y emocional que se percibe ante el espacio arquitectónico. Otros campos del conocimiento y la investigación disciplinar han tomado en cuenta este giro fenomenológico, sobre todo aquellas disciplinas que, como la psicología social, la antropología urbana, la sociología fenomenológica, o la geografía cultural, entre otros ejemplos, pretenden responder cómo el espacio construido influye en el comportamiento de la gente. (Cfr. De la Garza y Toledo, Tratado de metodología de las ciencias sociales)

También vimos la importancia de la crítica de conceptos, empezando por la distinción que hace Norberg-Schulz entre conceptos formales, para referirse a lo tectónico de la obra, y conceptos cualitativos, para hablar de la experiencia sensible ante las formas arquitectónicas. Esta distinción se basa en los conceptos de noesis y noema, provenientes de la fenomenología de Husserl, mismos que tienen amplias repercusiones e interés en otras áreas de la filosofía, tales como la epistemología y la distinción entre conocimiento a priori y a posteriori, o entre filosofía analítica y sintética. Esto ha sido fundamental para el surgimiento de nuevos enfoques disciplinares en general, dando lugar a la integración de diversas disciplinas bajo enfoques teóricos y conceptuales compartidos, tales como la epistemología constructivista de Piaget, ampliamente difundida por autores como Joseph Muntañola.

Así, ante la complejidad creciente de los procesos sociales, simbólicos, y comunicativos, la corporalidad se revela como el medio generador de las concepciones fundamentales del espacio, el tiempo, el sujeto y objeto, y de ese modo nos permite situarnos en un contexto determinado, mediante metáforas que al mismo tiempo son categorías ontológicas para hablar de cómo concebimos la realidad misma. Por ello, en sintonía con los filósofos aludidos, se habla de la casa como un instrumento de significación para afrontar dicha realidad, y de la corporalidad como la experiencia perceptual que a la vez se interpreta en términos de categorías espaciales y, eventualmente, ontológicas.

4. Conclusiones

Hace falta mucho trabajo para abarcar las distintas áreas del conocimiento, científico y humanísticointerpretativo, que han emergido a partir de un suceso tan relevante para el ser humano como la relación entre las personas y los lugares que habitan cotidianamente. En cuanto al surgimiento y alcances de una nueva tradición en arquitectura, se plantea aquí considerar un punto de vista constructivista acerca de cómo cerrar la brecha entre pensamiento y sentimiento, entre razón y emoción. El problema es que toda experiencia subjetiva resulta inaccesible al pensamiento cartesiano, y que en tal caso resulta conveniente echar mano de los paradigmas hermenéutico y fenomenológico, ampliamente referidos en la teoría social, es decir, en el estudio de las acciones humanas. Al mismo tiempo, los estudios sobre cognición se perfilan hoy como un paso necesario para referirse a la subjetividad de las personas en su interacción en el espacio social y edificado.

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1Véase de la Garza, E. y Toledo, G. (editores), 2012. Tratado de metodología de las ciencias sociales. Perspectivas actuales. México, Fondo de Cultura Económica-Universidad Autónoma Metropolitana; Giddens, A., 2006. La constitución de la sociedad. Bases para la teoría de la estructuración. Buenos Aires. Amorrurtu Editores. También Tarrés, M. L. (coordinadora), 2008. Observar, escuchar, y comprender. Sobre la tradición cualitativa en la investigación social. México, FLACSO-El colegio de MéxicoPorrúa. Según tarrés (p. 43) Weber y Durkheim “representan corrientes teóricas diferentes, capaces de ofrecer las bases donde se crean y desarrollan las tradiciones que adoptan las comunidades de científicos sociales durante todo el siglo xx”.

2Véase García, Rolando, 2006. Sistemas complejos. Conceptos, método y fundamentación epistemológica de la investigación interdisciplinaria. Barcelona, Gedisa.

Recibido: 31 de Diciembre de 2016; Aprobado: 22 de Mayo de 2017

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