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Universitas, Revista de Ciencias Sociales y Humanas

versión On-line ISSN 1390-8634versión impresa ISSN 1390-3837

Universitas  no.32 Cuenca mar./ago. 2020

https://doi.org/10.17163/uni.n32.2020.06 

MISCELÁNEA

La violencia, ¿es una realidad persistente de la adolescencia del siglo XXI?

Violence, ¿is a persistent reality of XXIth century adolescence?

Iván Rodríguez Pascual1 
http://orcid.org/0000-0002-5385-3643

Pilar Blanco Miguel2 
http://orcid.org/0000-0001-9928-8486

1Universidad de Huelva, España

2Universidad de Huelva, España


Resumen

El fenómeno de la persistencia de la violencia interpersonal entre los y las adolescentes merece más atención, desde un enfoque que rehúya los sesgos de la patologización de esta población y recoja fielmente diversas manifestaciones de esta violencia. En este texto intentamos dar cuenta de este fenómeno a partir del estudio detallado del caso de la población entre 12 y 14 años de la ciudad de Huelva (España), revelando la compleja interrelación entre estas manifestaciones, pero también la manera en que cambian y evolucionan los escenarios de la violencia cuando contemplamos variables clave como la edad y el género de los protagonistas.

Palabras clave Violencia; adolescencia; familia; acoso escolar; cyberbullying; representaciones sociales

Abstract

The persistence of interpersonal violence among adolescents deserves more attention from an approach that avoids the biases of pathologization of this population and take into account various manifestations of this violence. In this text we try to describe this phenomenon from the detailed study of the case of the population between 12 and 14 years old in the city of Huelva (Spain). The analysis reveals a complex interrelation between these manifestations, but also the way in which the contexts of violence change and evolve when we contemplate key variables such as the age and gender of the protagonists.

Keywords Violence; adolescence; family; bullying; cyberbullying; social representations

Forma sugerida de citar:

Rodríguez Pascual, I., y Blanco Miguel, P. (2020). La violencia, ¿es una realidad persistente de la adolescencia del siglo XXI? Universitas, 32, pp. 121-138.

Introducción

Pocos colectivos de población sufren una visión tan distorsionada en el conjunto de la opinión pública como el de los y las adolescentes. Como ha señalado Casas (2010), en ocasiones esta distorsión no parece tanto el fruto casual de una representación arbitraria sino de la construcción de un discurso diferenciador entre endo y exogrupo en el que la población adulta prefiere pensar al adolescente desde un foco patologizante y con atributos de sujeto desviado. Los datos empíricos relatan una historia bien diferente que apoya la hipótesis del sesgo en la representación del colectivo: en España, por ejemplo, según el Registro Central para la Protección de las Víctimas de la Violencia Doméstica y de Género en sus estadísticas de 2017 (INE, 2018) de las 6909 víctimas de violencia doméstica registradas más de 1500 eran personas menores de edad.

Por su parte la OMS (2002) define la violencia en general como:

El uso intencional de la fuerza o el poder físico, de hecho, o como amenaza, contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones.

En este texto se investiga uno de los componentes de esta definición global: la violencia interpersonal, entendida como las formas de la agresión física, psicológica o verbal que ocurren en el ámbito relacional o interindividual y en espacios intrafamiliares y comunitarios en los que los agresores y agresoras pueden ser tanto otros adolescentes como personas adultas. Desde el contexto español destaca la visión longitudinal que proporciona la Fundación ANAR; en su último informe dedicado a la evolución de la violencia desde 2009 (Fundación ANAR, 2018) se constata que la violencia no sólo ha aumentado sino que se ha diversificado e incluido también los nuevos medios digitales y, lo que es todavía más significativo, el descenso en la edad media de las víctimas que acuden a este teléfono, que en 2009 era de 12,6 años y en 2016 de 11,5. Los datos encajan bien con el diagnóstico para el mismo contexto que apuntan otros informes, como el realizado por la organización Save the Children conjuntamente con la Cátedra Santander de Derecho y Menores (2015), en los que se alerta frente a la extensión del fenómeno y, sobre todo, de la falta de respuestas institucionales integrales en nuestro entorno para atajarlo. Ya en el contexto global, también UNICEF alerta de que la mayor parte de las muertes de adolescentes se deben más a la violencia interpersonal que a la colectiva, apuntando a que la violencia definida más ampliamente sólo en 2015 costó la vida a cerca de 82 000 adolescentes en todo el mundo (UNICEF, 2017). Un meta-análisis reciente no sólo confirmó el alcance global del fenómeno, sino que concluye que las cifras reales de victimización son mucho mayores que los datos incluidos en los registros estadísticos del fenómeno (Hillis, Mercy, Amobi & Kress, 2016).

Estos datos deben contextualizarse en relación a los dos grandes espacios institucionales en los que, todavía hoy, transcurre gran parte de la vida de la población adolescente: la familia y el sistema educativo, no siendo descabellado señalar que la violencia “lejos de ser un fenómeno aislado y propio a una situación cultural particular, está íntimamente ligada a la desestructuración sociocultural de la posmodernidad” (Dupret, 2012, p. 18). La propia adolescencia es hoy más prolongada pero también más difusa y de un final incierto que tiende a confundirse con los inicios de la vida adulta con la que colisiona, produciendo en los individuos una inseguridad de estatus que puede rastrearse incluso en términos de su desarrollo evolutivo y madurez cognitiva (Hurrelmann & Quenzel, 2015).

En lo que se refiere a la familia, los y las adolescentes del siglo XXI experimentan, inscrito en su propio proceso de madurez, un amplio proceso de cambios familiares que han cristalizado, siguiendo a Silverstein y Giarrusso (2010) en mayor diversidad familiar y contextos intergeneracionales más fluidos y menos predecibles. El modelo familiar occidental, por otro lado, construido en torno al ideal de privacidad y aquejado de una notable ambigüedad normativa frente a conductas como el castigo físico, ha sido señalado con insistencia desde hace al menos tres décadas como un escenario particularmente susceptible a la aparición de la violencia contra niños y adolescentes (Gelles, 1983).

Igualmente, la violencia interpersonal que se produce dentro de los centros educativos o está conectada con ellos, es un hecho que muchos/as adolescentes viven hoy día incluso en sociedades muy diversas. Particularmente a través de una de sus principales manifestaciones: el acoso escolar1 (Musil, Tement, Bakracevic & Sostaric, 2014; Fleming & Jacobsen, 2010). No contamos con una cuantificación precisa de su magnitud, que es extremadamente fluctuante según los estudios, contextos o criterios de medida y puede oscilar fácilmente entre un 10 y más de un 35% (Due & Holstein, 2011; Moore, Norman, Suetani, Thomas, Sly & Scott, 2017; Hillis et al., 2016) pero podemos suponerlo suficientemente frecuente como para marcar en buena medida las vidas de los y las adolescentes. Un estudio reciente sobre sus consecuencias alerta de la conexión de este tipo de violencia interpersonal con el desarrollo de consumo de sustancias, problemas de ansiedad, depresión, tendencias suicidas y otros trastornos mentales (Moore et al., 2017). Por ejemplo, de acuerdo con Nocito (2017) en el contexto español existe un interés creciente sobre el fenómeno y se estima, basándose en una investigación liderada por Save the Children (Sastre, 2016), que puede estar afectando en torno a un 9,3% de la población entre 12 y 16 años (más de 111 000 niños y niñas) y un 6,9% si hablamos del ciberacoso. Más recientemente Sánchez-Queija, García-Moya y Moreno (2017) estiman una tendencia consolidada desde 2006 en la presencia del maltrato entre iguales en el ámbito educativo que, dependiendo de si es reportado por el propio individuo o a través de una estimación “objetiva”, oscilaría entre un 4,4% o más de un 21% de afectados/as.

De otro lado, no es extraño encontrarnos situaciones donde la violencia intrafamiliar puede promover conductas agresivas en los hijos y cuyos resultados pueden evidenciarse a nivel escolar, apuntando una fuerte interrelación entre ambos contextos. En esta línea cabe destacar el estudio llevado a cabo por Gracia (2002) ya que evidencia la relación que existe entre el riesgo de maltrato intrafamiliar y el comportamiento violento que llevan a cabo algunos niños en las instituciones educativas. Otros estudios, como la investigación llevada a cabo por Zambrano (2017) en Ecuador concluye que las diferentes formas de violencia intrafamiliar afectan a la población más vulnerable e influye, de forma muy determinante, en el comportamiento de los escolares. La aparición del nuevo escenario digital no ha mejorado este paisaje. En este sentido, las redes sociales se han revelado como un peligroso escenario que alimenta paradójicamente tanto el apoyo de los iguales como los insultos, las amenazas y otras experiencias dolorosas para niños, niñas y adolescentes en muchos lugares del mundo (Byrne, Kardefelt-Winther, Livingstone & Stoilova, 2016).

Objetivos

El objetivo de este texto es reconstruir una visión integral del lugar de la violencia en la vida de los adolescentes contemporáneos desde el estudio de una realidad urbana concreta: la de la población adolescente de Huelva Capital. Centrándonos tanto en las propias víctimas de dicha violencia como en el colectivo amplio de las personas adolescentes, nos proponemos determinar: a) la frecuencia y el alcance de la violencia en la vida cotidiana de estos adolescentes en los principales entornos en los que esta se desenvuelve (la familia, el centro educativo y el espacio público); b) su conexión con la satisfacción vital y el bienestar subjetivo de esta población, así como con otras variables relacionadas con el autoconcepto; c) la interrelación entre la presencia del fenómeno en los espacios y contextos en los que se desdobla la vida adolescente: incluyendo lo digital.

A través de un análisis estadístico basado en una encuesta representativa a chicos y chicas entre 12 y 18 años2 intentaremos discernir, las claves que permiten no sólo analizar sino también actuar sobre el fenómeno desde un enfoque respetuoso con la complejidad de la vida social de las y los adolescentes.

Método

Los datos usados en este texto se han recogido mediante una encuesta de 789 casos realizada en once centros educativos a población entre los 12 y los 18 años de la ciudad de Huelva (España). La ciudad es un núcleo urbano de la costa suroeste española de 145 000 habitantes. En ella vivían, en el momento del estudio, 28 700 personas menores de edad (un 19,7% de la población total). Han participado en esta encuesta niños, niñas y adolescentes de todos sus distritos urbanos, lo que asegura una alta variabilidad en términos geográficos y socioeconómicos; en concreto se entrevistó a 388 chicas y 400 chicos, siendo un 5% de estos participantes niños y adolescentes nacidos fuera de España. El grueso de la muestra, un 60,5%, estuvo compuesto por estudiantes de la Educación Secundaria Obligatoria (ESO) y el 62% tenía entre 15 y 18 años, al contar también con estudiantes de diversos ciclos de Formación Profesional y los dos primeros cursos de bachillerato. Se trata de una encuesta representativa afijada proporcionalmente a la distribución de dicha población en las seis Zonas Básicas de Trabajo Social (ZTS) en las que se divide. Se han tomado los centros educativos incluidos en cada una de estas zonas como puntos de muestreo, de tal forma que la muestra resultante es diversa y representativa de las distintas realidades que configuran la experiencia de ser adolescente en la ciudad. El margen de error de la encuesta también es satisfactorio ya que con estos parámetros y para p=q=0,5 se sitúa en ±3,2%. Un valor añadido del diseño es el amplio rango de edades que contempla, desde el inicio de la propia adolescencia hasta la mayoría de edad.

Se contó desde el inicio de la investigación con el permiso explícito tanto de la correspondiente Delegación territorial de Educación como de la propia Consejería de Educación de la Comunidad Autónoma Andaluza (máximo órgano competencial). Los estudiantes fueron informados a través de una estrategia de “asentimiento informado” (Cocks, 2006) de su derecho a participar voluntariamente y de retirarse en cualquier momento de la investigación sin que esto tuviera ninguna consecuencia, así como de la garantía de anonimato y secreto estadístico respecto de los datos recabados.

Por otro lado, la principal limitación del estudio es que, dado que se pretendía una visión amplia y accesible a informantes de varias edades del fenómeno, se ha prescindido de instrumentos psicométricos complejos y se ha optado por una medición global. Esto ha producido una impresión más general del fenómeno de la violencia; más respetuosa con la diversidad de contextos en que se mueve la vida adolescente, pero también menos precisa al interior de cada uno de estos contextos. Una limitación añadida es la de no haber podido triangular la información cuantitativa con una vía cualitativa de investigación. En la actualidad el equipo del proyecto trabaja en este último aspecto de cara a futuros resultados de investigación.

Se ha trabajado un núcleo de ítems relacionados con distintas manifestaciones de la violencia interpersonal. Se han estudiado formas de agresión verbal en el espacio público, en el entorno educativo y el acoso y agresión no presencial en entornos digitales. Salvo el primero de ellos, donde las opciones de respuesta posible eran tres, el resto se podían responder a través de una escala de 5 puntos, tal y como se describe con detalle a continuación en la Tabla 1. No se ha renunciado a medidas agregadas más complejas, ya que además de un análisis descriptivo independiente para cada variable se ha procedido a calcular un índice compuesto para el conjunto de los ítems reseñados, así como un contador de formas que violencia que clasifica a los individuos en función de su exposición a las variantes de la violencia interpersonal a las que apunta cada ítem. A continuación, desglosamos los principales resultados del análisis.

Resultados

La Tabla 1 describe información referida a las distintas manifestaciones observadas de la violencia interpersonal entre la población adolescente. Casi tres cuartas partes de la población consultada afirma no recibir nunca mensajes amenazantes u ofensivos en redes sociales, por ejemplo, de la misma manera que la agresión física en entornos educativos o los insultos en el espacio público también son relativamente poco frecuentes con un 68,6% y un 66,8% de adolescentes que afirman no experimentarlos nunca. Por el contrario, la violencia verbal en entornos domésticos y también educativos parece mucho más frecuente y más de un tercio de los y las entrevistados/as afirma haberla experimentado alguna vez y alrededor de un 10% todos o casi todos los días. Nos parece igualmente llamativo que una forma de violencia como es el castigo físico ejercido por los adultos responsables del ámbito doméstico, aunque de forma minoritaria, esté todavía tan presente en las vidas de estos sujetos: algo más del 36% de ellos y ellas lo han experimentado alguna vez y más del 5% lo sufren prácticamente a diario.

Fuente: Elaboración propia.

Tabla 1. Estadísticos descriptivos y distribución de frecuencias de los ítems usados en la medición de la violencia 

¿Cuál es la relación de dicha incidencia con variables clave como la edad y sexo de los y las adolescentes?

Una hipótesis lógica para la cuestión de la violencia sufrida por las y los adolescentes es que esta guarda relación con variable sociodemográficas clave y, más en concreto, con la edad y el sexo de los sujetos. Partiendo de la información aportada por los sujetos entrevistados se ha construido un contador cuyo objetivo es identificar las veces que cada uno de los sujetos declara haber sufrido, al menos alguna vez, cada una de las formas de violencia descritas en el cuestionario de la investigación.

En concreto, el Gráfico 1 muestra ya al inicio una menor incidencia de la violencia entre las chicas (58% dicen no haberla sufrido nunca) que entre los chicos (47,9%). Esta desproporción fluctuará conforme nos desplacemos hacia el extremo y encontremos individuos que afirman sufrir diferentes manifestaciones de la violencia (hasta acumular las 6 posibles formas descritas en el estudio) pero en la práctica totalidad de los casos los varones parecen estar más expuestos a la misma, con la salvedad (que engloba en realidad a muy pocos individuos) del punto más extremo de la distribución.

Fuente: Elaboración propia.

Gráfico 1. Recuento de formas de violencia experimentadas según sexo (% de los que las han experimentado al menos alguna vez) 

Hemos recurrido a un contraste estadístico cuyos resultados se resumen en la siguiente tabla. Sometemos a contraste la hipótesis de que existe una diferencia estadísticamente significativa entre la puntuación media en estas formas de violencia tanto de chicos y chicas como de dos grupos de edad que dividen la muestra entre individuos menores de 14 años y aquellos entre 15 y 18 años. Un vistazo a las distintas puntuaciones medias muestra cómo estas son siempre inferiores para las chicas, si bien en algunos casos la diferencia es marginal. En el caso de la edad, sin embargo, parece aumentar la exposición a la violencia cuando esta crece en, al menos, 4 de los 6 casos estudiados (la violencia verbal en la calle, las amenazas en redes sociales y también las dos formas de violencia relacionadas con el espacio doméstico y familiar); por el contrario, desciende la puntuación identificada con las agresiones físicas en el espacio educativo. Hemos sombreado ligeramente en la Tabla 3 aquellas puntuaciones cuya diferencia ha demostrado ser estadísticamente significativa (p<0,05) (indicando igualmente si el contraste ha necesitado asumir que las varianzas de los dos grupos estudiados no son iguales).

Fuente: Elaboración propia.

Tabla 2. Contraste T para muestras independientes por sexo y edad 

N.S.= p>0,05; la diferencia no es estadísticamente significativa.

(*) De acuerdo con la prueba de Levene, no se han asumido varianzas iguales.

Algunos de los contrastes sombreados lo son en un sentido marginal por encontrarse el valor p más próximo a 0,05: caso de la pequeña diferencia encontrada por sexo en la puntuación de chicos y chicas al responder sobre las agresiones verbales en su centro educativo, pero también de la diferencia encontrada entre los dos grupos de edad en lo referente a las agresiones verbales en el espacio público de la calle. El resto nos hacen entender que las grandes diferencias se concentran en entender que los chicos parecen estar sensiblemente más expuestos a diversas formas de violencia física y también que la exposición a esta violencia física decrece conforme aumenta la edad. Con la edad, sin embargo, también se hacen más presentes otros tipos de agresiones.

Hemos introducido en el análisis nuevas variables explicativas que puedan dar cuenta tanto de aspectos relevantes del bienestar subjetivo de los y las adolescentes (Satisfacción con la vida, con la familia y con su vida en el centro educativo) como indicadores de su situación socioeconómica y capital social y cultural y otros valores que describen su estado de salud y autoconcepto.

Fuente: Elaboración propia.

Tabla 3. Estadísticos descriptivos de variables explicativas 

(*) Ítems pertenecientes a la versión abreviada de la escala de satisfacción vital de Huebner (1991).

Para analizar la influencia mutua de estas variables de manera global, sintética y accesible hemos preferido recurrir a un análisis de correlaciones bivariadas. Dichas correlaciones (medidas a través del estadístico r de Pearson) oscilan entre 0 (ausencia de correlación entre las variables estudiadas) y 1 (total correlación) y pueden ser de signo negativo (cuando la puntuación de una variable aumenta, la otra disminuye) o positivo (ambas puntuaciones aumentan). En aras de la claridad y accesibilidad del texto se ha suprimido la matriz completa de correlaciones y se señalan en él únicamente aquellas estadísticamente significativas y de mayor magnitud.

En este sentido el estudio de estas correlaciones revela un claro patrón. Cuantas más formas de violencia experimenta la persona adolescente (Índice de violencia3 ) más bajo puntúa en las variables que miden su satisfacción con la familia (-0,271), su escuela o instituto (-0,210) y también su vida en general (-0,266); el coeficiente que arroja la puntuación más alta es el relativo a la medición de la frecuencia con que esa misma persona se siente triste (0,319), en este caso de signo positivo ya que esta frecuencia se incrementa al mismo tiempo que aumenta la exposición a la violencia. De la misma manera, un aumento en la exposición a la violencia parece incrementar también los casos en los que los y las adolescentes describen un empeoramiento de su salud (-0,252).

Queda reflejado en coeficientes de correlación moderadamente altos, cómo las distintas formas de violencia descritas se arraciman en ciertos contextos con lo que muy probablemente los sujetos las experimentan de manera solapada. Por ejemplo, en el ámbito doméstico las dos formas de violencia apuntadas (insultos y otras agresiones verbales y el uso de la fuerza física) están claramente correlacionadas (0,431); sin embargo, no parecen guardar una relación lineal tan clara con otras expresiones de la violencia (salvo lo concerniente a las agresiones verbales en la calle). En esta misma lógica, hemos encontrado relaciones más intensas entre aquellas formas de violencia relacionadas con el acoso escolar y el maltrato (bien entre iguales o por parte de las personas adultas) en los centros educativos. Así la correlación entre recibir agresiones verbales y físicas en los centros educativos es particularmente intensa y de signo positivo (0,521). Las formas de la agresión física y verbal guardan también una relación bastante intensa con la violencia verbal sufrida en la calle (con un coeficiente 0,451 para el caso de los insultos y humillaciones) pero también con la exposición a la violencia en el espacio digital de las redes sociales (0,434), lo que revela un importante patrón de trasvase de la violencia desde los espacios “analógicos” a los virtuales y viceversa.

Discusión

Respecto a la violencia interpersonal, su alcance y ramificaciones, los datos analizados conducen a varios hallazgos significativos. De entrada, la palabra “violencia” encubre una diversidad de experiencias y manifestaciones cuya prevalencia y alcance en la vida de los individuos es muy variable. Algunas de ellas tienen una presencia muy baja, si bien otras —como es el caso de las agresiones verbales y las conductas humillantes en los centros educativos— no sólo están presentes, sino que parecen ser frecuentes para una proporción nada desdeñable de adolescentes. Otros datos apuntan a una importante normalización de la violencia corporal contra las personas menores de edad, incluso entre aquellos adultos llamados a protegerlos en el espacio privado (prácticamente 1 de cada 2 adolescentes entrevistados/as dice haber sido golpeado en casa alguna vez y más un tercio dicen ser insultados/as por sus padres con frecuencia). Comparativamente, la creciente preocupación adulta por la extensión de la violencia a los entornos digitales parece sobredeterminada a tenor de los resultados, si tenemos en cuenta que casi 3/4 partes de la población estudiada afirmó no haberla experimentado nunca.

Por otro lado, el análisis ha encontrado fundamentada la hipótesis de que existe una importante relación entre los tipos de violencia que el sujeto adolescente experimenta y variables que aluden tanto a la maduración (edad) como a la construcción de identidades de género (sexo). En concreto a) los chicos parecen estar sensiblemente más expuestos a diversas formas de violencia física tanto en los espacios educativos como domésticos y también b) la exposición a esta violencia física, particularmente en los centros educativos, decrece conforme aumenta la edad: un patrón transnacional coincidente con lo señalado por otros estudios (Inchley et al., 2016). Según nuestros datos, es igualmente cierto que a medida que las y los adolescentes se aproximan a la mayoría de edad se hacen más presentes otros tipos de agresiones que ocurren tanto en los espacios digitales de las redes sociales como el ámbito familiar y doméstico.

¿Cuál es la relación entre la violencia interpersonal y las variables que miden el bienestar subjetivo y el autoconcepto de los y las adolescentes? la exposición a la violencia no parece guardar una relación fácilmente interpretable con la posición socioeconómica de los sujetos, ni con otras variables como el capital social (medido a través del apoyo de los pares) o el capital cultural. Más valor analítico parecen aportar las variables que miden la relación entre la violencia y sus diferentes manifestaciones y la medición del bienestar subjetivo de los y las adolescentes, así como de la autopercepción de su estado de salud. Se ha encontrado que decrecen —moderada, aunque sensiblemente— las puntuaciones relacionadas con el bienestar de los individuos entrevistados a medida que crece la puntuación del índice que agrega las distintas formas de violencia, apuntando a un reseñable impacto en el bienestar personal de las personas encuestadas.

Los datos han revelado también la importancia de los escenarios y contextos de la violencia interpersonal y muy particularmente cómo las distintas formas de violencia descritas se arraciman en ciertos contextos, con lo que muy probablemente los sujetos las experimentan de manera solapada. Los dos contextos donde transcurre buena parte de la vida a estas edades, el doméstico o familiar y los centros educativos, son también —paradójicamente— los principales escenarios de riesgo, a sabiendas, como se ha expuesto en el marco teórico de este texto, de que son también contextos cambiantes sometidos a importantes transformaciones. Es un hallazgo coincidente con los de recientes estudios nacionales (Moreno, Ramos, Rivera et al., 2019) y transnacionales (Bello, Martínez, Rodríguez & Palacios, 2019).

Conclusiones

Lo que muestra este estudio es que la violencia interpersonal, con no ser una experiencia compartida mayoritariamente por los y las adolescentes, tampoco es un fenómeno anecdótico ni ocasional en el conjunto de la experiencia adolescente contemporánea. Muy probablemente hablamos de un fenómeno preexistente y persistente que acompañará a muchos adolescentes a lo largo de su camino hacia la vida adulta y que ha adquirido creciente complejidad con la irrupción del espacio digital y las incertidumbres que provoca la continua transformación de dos espacios institucionales cruciales: lo familiar y lo educativo.

Hemos tratado de aportar una visión integrada, por más que sea solo un primer paso, de lo que supone un conjunto diversificado de manifestaciones de la violencia en dicha experiencia que partiera del relato de la población adolescente y les tuviera como principales informantes. Desde la experiencia de un marco geográfico concreto se han identificado tanto casuísticas en contexto, como rasgos de la violencia interpersonal que son coincidentes con la realidad global de la adolescencia del siglo XXI y parecen seguir patrones amplios y persistentes. Con todas las salvedades que pueden hacerse a un estudio que tiene carácter local, creemos que este ha aportado una visión interrelacionada que presenta hallazgos relevantes en la comprensión del fenómeno que invitan, al mismo tiempo, a repensar las maneras de actuar sobre él. Es igualmente evidente que una mirada más atenta y respetuosa a la realidad adolescente demanda de mayor equilibrio en la representación (metodológica y analítica) que la población adulta se hace del fenómeno, como ha quedado evidenciado.

En este contexto, es muy probable que actuar contra la violencia que se ejerce contra la población adolescente —previniéndola tanto como combatiéndola en los diferentes contextos en los que aparece— sea más una cuestión que pase por evitar las narrativas del riesgo y la criminalización de los sujetos, apostando en cambio por un importante trabajo de empoderamiento y acompañamiento a realizar desde la sociedad adulta, más específicamente desde las políticas públicas e instituciones del sistema asistencial, pero también educativo. Para ello es fundamental construir cauces participativos que permitan construir vías de intervención con niños, niñas y adolescentes, más que sobre ellos. Conocer las manifestaciones de la violencia interpersonal desde su experiencia debe ser parte de un primer diagnóstico que no sobredetermine la agenda de preocupaciones y temores de las personas adultas frente a las de las personas menores de edad, permitiendo que el abordaje de este fenómeno se ajuste mejor a la complejidad del ser adolescente hoy.

Apoyos y soporte financiero de la investigación

Entidad: Universidad de Huelva (Tipo del Contrato 68/83 L.O.U)

País: España

Ciudad: Huelva

Proyectos subvencionados: Concejalía de Políticas Sociales e Igualdad del Ayuntamiento de Huelva

Códigos de los proyectos: 25-2017 y 8-2018.

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1Definido en términos generales como la victimización física o psicológica intencional, incluyendo la diseminación de rumores, golpes o patadas, los insultos, la intimidación o la exclusión social en el marco de un balance desigual de poder (Olweus, 1980; Pedreira, Cuesta & Bonet, 2011; Carlyle & Steinman, 2007).

2La encuesta fue parte del trabajo diagnóstico preparatorio necesario para la participación de la ciudad de Huelva en la Convocatoria 2018 de UNICEF en el programa “ciudades amigas de la Infancia”.

3Hemos procedido a calcular un índice de violencia contra los y las adolescentes sumando la puntuación de cada individuo (6 posibles valores, en total) en cada uno de los ítems de la Tabla 2. El resultado de agregar las variables que miden distintas manifestaciones de la violencia contra los adolescentes es un índice o sumatorio que tiene como valor mínimo 6 y máximo 28 puntos (si bien el rango de respuestas oscila entre 6 y 25 puntos y menos del 10% de los encuestados puntúa por encima de 14 puntos). Cada individuo de la muestra tiene una puntuación en este índice (válidos tras excluir valores perdidos: 758 casos).

Recibido: 17 de Julio de 2019; Aprobado: 26 de Diciembre de 2019

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