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Sophia, Colección de Filosofía de la Educación

versión On-line ISSN 1390-8626versión impresa ISSN 1390-3861

Sophia  no.35 Cuenca jul./dic. 2023

https://doi.org/10.17163/soph.n35.2023.04 

Articles

Educación, escritura y existencia en Miguel de Unamuno

Education, writing and existence in Miguel de Unamuno

Francisco de Jesús Ángeles-Cerón1 
http://orcid.org/0000-0002-1167-0822

1 Universidad Autónoma de Querétaro, Santiago de Querétaro, México. francisco.dejesus.angeles@uaq.edu.mx


Resumen

Durante la larga vida del escritor y pensador Miguel de Unamuno, hubo dos labores que nunca dejó de lado: su trabajo como educador y su vida de escritor. Ambas partes fundamentales de su pensamiento ya que las entiende como centrales para comprender el misterio de la particularidad existencial del hombre de carne y hueso. El presente trabajo tiene como objetivo el análisis a profundidad de dos temas principales: la labor de la educación y el trabajo de escritura en el pensamiento del pensador vasco. Para este análisis se investigó a profundidad la obra escritural del vasco universal, tomando en cuenta que el grueso de sus ideas entorno a la educación y a la escritura se encuentran contenidas tanto en su obra poética como en su correspondencia. Así mismo, se utilizaron trabajos periféricos de autores especialistas en Unamuno y su pensamiento para complementar las ideas. Mediante la investigación, fue posible mapear las ideas del pensador vasco para llegar a una de las ideas centrales de su pensamiento: Tanto el educador como el escritor tan solo pueden ensañar lo que ellos mismos son, es por ello por lo que su labor no es otra que la de poetizar la vida, abriéndose paso a través del lenguaje, narrándose a uno mismo y ayudando a otros a encontrar su voz.

Palabras clave: Educación; escritura; Unamuno; poética; pensamiento; lenguaje

Abstract

During the long life of the writer and thinker Miguel de Unamuno, there were two tasks that he never left aside: his work as an educator and his life as a writer. Both fundamental parts of his thought since he understands those as central to understanding the mystery of the existential particularity of the man of flesh and blood. The objective of this article is the in-depth analysis of two main themes: the work of education and the work of writing in the thought of the Basque thinker. For this analysis, the scriptural work of the universal Basque was investigated in depth, considering that the bulk of his ideas regarding education and writing are contained both in his poetic work and in his correspondence. Likewise, peripheral works by authors specialized in Unamuno and his thought were used to complement the ideas. Through research, it was possible to map the ideas of the Basque thinker to arrive at one of the central ideas of his thought: Both the educator and the writer can only teach what they themselves are, that is why their work is no other than that of poetizing life, making its way through language, narrating oneself and helping others find their voice.

Keywords: Education; writing; Unamuno; poetics; thinking; language

Introducción

La educación y la escritura son dos aspectos coyunturales en el pensamiento de Miguel de Unamuno. El gran escritor de la generación del 98 ejerció casi como un apostolado tanto el trabajo como educador (fuera de la universidad desde 1884 y como profesor universitario a partir de 1891), como la labor ligada a su consolidación literaria desde su primera juventud intelectual (publicó su primera novela en 1897). Al mismo tiempo en que practicaba esas dos actividades, reflexionó sobre ellas, sin embargo, no escribió (ni pretendió hacerlo) un tratado sobre educación ni una sistematización sobre estética o práctica escritural. Aunque, por otra parte, toda su obra está transversalmente implicada por un ejercicio de meditación sobre lo que significa educar, así como sobre el sentido que tiene escribir en medio de un tiempo convulso como el que le tocó vivir. Esto genera un problema importante, que ofrece la tarea de rastrear y ordenar las ideas que Unamuno tuvo sobre la educación y la escritura, pues son dos ejemplos valiosos de su tarea como intelectual. Por ello, este artículo tiene como objetivo presentar una revisión filosófica que reconstruya críticamente las apreciaciones de Unamuno sobre la educación y sobre la escritura, así como las implicaciones que ambas tienen en la realización de la existencia.

De esta manera, se defiende no solo la novedad de la reflexión pedagógica y escritural de Miguel de Unamuno sino su vigencia en nuestro tiempo, por contrastar con el grueso de las afirmaciones que provienen de la institucionalización de la praxis educativa contemporánea. Por ello, este artículo presentará y analizará las razones a través de las cuales el filósofo vasco vincula la educación con la realización vital del individuo. Sobre todo porque no asocia la labor pedagógica a los objetivos de alguna especialización disciplinar ni mucho menos al finalismo laboral. Para acometer esta tarea, en este texto se hará uso de una metodología de análisis documental desde la óptica de la hermenéutica filosófica que continúa el diálogo con los textos a partir de las preguntas que suscitan.

Así, pues, la estructura de este artículo será la siguiente. En primer lugar, se abordará la paradoja como método de pensamiento del filósofo español y se analizará cómo la afirmación de contrarios le permite consolidar una muy particular idea de educación. Posteriormente, se reflexionará en torno al hecho de que al practicar la labor de formador, Unamuno encontrará también razones suficientes para ver en la palestra literaria la realización vital de su misión como educador. Especialmente, porque para el filósofo español la escritura es una forma de apertura al otro (incluyendo al otro que hay en el sí mismo mismo). Posteriormente, se presentará un análisis en torno a las razones que llevan a Unamuno a considerar la escritura como ejercicio pedagógico y como medio para afirmar la individualidad (tanto del autor, como también del lector). Finalmente se pondrá a consideración una ponderación del valor que tiene para nuestro tiempo la meditación unamuniana que vincula educación y escritura en la realización de la existencia del hombre de carne y hueso.

La paradoja como figura del pensamiento unamuniano

Tanto en su vida privada y familiar al interior de la casa rentada de la calle Bordadores, como en su vida pública de las tardes de café en el “Novelty” de Salamanca, Unamuno fue siempre muchos Migueles, pero había dos cuyo traje y chapela jamás colgaba: el que identifica a Unamuno como escritor y el que permite vislumbrar en Unamuno a un educador. Porque en ambas facetas confluyen las líneas generales de su pensamiento, o al menos aquellas que revisten una complejidad mayor. Pues si a algo no renunció jamás don Miguel fue a escribir y a intentar educar mientras lo hacía. No lo hizo ni en la época de mayor bonanza y prestigio público ni lo hizo tampoco en el exilio o en el torbellino del comienzo de la guerra civil en la que quizá jamás terminó por entender qué papel debía jugar. Para Unamuno, la educación y la escritura fueron dos actividades en las que se dejó la piel, pero en las que también puso en juego su universo conceptual entero, pues se convirtieron ambas en justificación mutua para su praxis, porque no podía entender la escritura sin un fondo didascálico, ni la educación sin apelar a su oficio de escritor. Y es que la razón de ello estriba en que, para el filósofo vasco, tanto la educación como la escritura (si es que no son dos formas distintas de nombrar de lo mismo), son centrales para entender el misterio que supone la particularidad existencial del hombre de carne y hueso.

Pues como se sabe, para Unamuno, la cuestión de la existencia no puede plantearse desde una suficiencia conceptual absoluta. Y del mismo modo, tampoco puede hacerse algo similar cuando se pretende entender qué quiere decir educar o qué significa escribir. Porque, aunque a Unamuno no se le daba mucho aquello de sistematizar (al menos no desde la ruptura con el racionalismo cientificista con el que tuvo un tórrido y luego desencantado romance juvenil), hubo especialmente un par de asuntos respecto de los cuales jamás tuvo la más mínima tentación de sistematizar, a saber: la escritura y el de la educación. Pues todos los abordajes que tuvo sobre estos dos tópicos fueron sin apelar a lo abstracto per se y más bien a través de la invocación de lo más universal que todo hombre puede experimentar, que es su propia individualidad.

Por ello, será desde la primera persona y desde la insustituible experiencia de la carne que se sabe finita, que Unamuno planteará las cuestiones relativas a esas dos actividades de las que fue un verdadero apóstol en el más alto sentido. Por un lado, tanto en lo que corresponde a la inconmensurable labor de educar, como también en lo tocante a la inabarcable tarea de escribir. Especialmente porque, como se afirmaba arriba, en el centro de todo el pensamiento unamuniano está la afirmación del hombre de carne y hueso, el que nace, sufre y muere, sobre todo muere. Pues desde esa experiencia intransferible de la finitud y habiendo descubierto la presencia de realidades como el amor y la muerte, o la libertad y el deseo de persistir -que se resisten al traje conceptual de las tradicionales verdades lógicas-Unamuno encontrará la irrenunciable experiencia de la paradoja como una constante realidad vital. De manera que será esta, la paradoja metódica, la guía unamuniana cuando se detenga no solo a practicar su labor como escritor y educador, sino especialmente cuando se disponga a reflexionar en qué consiste la educación y cuál es el sentido último de la escritura que él practica.

Se puede afirmar que la paradoja es prácticamente la figura que permite comprender la manera en la que Unamuno siente y argumenta. Pero también es lo que espera alcanzar como resultado del encuentro con su lector. Así lo manifiesta en su ensayo “A mis lectores”: “Yo me doy por satisfecho con suscitar ideas en lo que me leen, aunque estas ideas sean contrarias a los que expongo y defiendo” (Unamuno, 1966b, p. 391). Ahí, queda claro que más que invitar a sumarse a una doctrina, lo que Unamuno pretende es ser una suerte de levadura o fermento que propicie la gestación de ideas en quienes lo pueden leer. El énfasis que el filósofo español hace sobre el sentido de lo humano de la contradicción está asociado, sin duda, a su visión trágica de la existencia. Pues como anota en varias partes de su obra y probablemente siguiendo a Pascal en ello, ningún acto de la inteligencia racional es capaz de hacer una síntesis de los abismos y contrarios entre los que se encuentra la existencia humana.

Tal vez por ello, Unamuno recurre a la paradoja como figura para explicitar nuestro modo de avanzar en las tareas del pensamiento. Especialmente porque ante la agonía vital que descubre la conciencia de la finitud, la paradoja aparece como una forma de péndulo que hace de la existencia un vaivén entre contrarios cuando se emprende el esfuerzo por comprender alguna cuestión de fondo en materia existencial. Pues el camino (método) que Unamuno sigue cuando piensa es precisamente el encuentro (y hasta choque) entre contrarios. Por ello, advierte constantemente en la naturaleza aporética de las cuestiones que la razón humana no puede responder mediante una razón silogística.

Por ello, la paradoja entendida como vía unamuniana de conocimiento (Gordo, 2012, p. 171) implica asumir la agonía como base de su propuesta filosófica. Sin olvidar, por supuesto, que el pensador vasco entiende por agonía una lucha constante que es irreductible e irrenunciable para la realidad humana. Sobre todo, porque implica el reconocimiento de la pluralidad cuando se busca una vía epistémica de resolución para algún problema. De manera tal que la paradoja, en términos efectivos, descubre en la contradicción la riqueza que se encuentra al buscar sentido y observar que la tragedia de la vida consiste precisamente en una complejidad irreductible que, sin embargo, también nos seduce. Porque, como ha sabido ver Manuel Pérez López al hablar del posible relativismo unamuniano, que la paradoja consiste precisamente en “la idea que al ser afirmada y negada al mismo tiempo, predicada de sí misma y a la vez de su contraria, (mientras) mantiene en ambos casos un equiparable grado de veracidad en relación con nuestra percepción y vivencia de la realidad” (2003, p. 65).

El pensamiento de Unamuno permite encontrar una cierta vinculación filosófico-dialéctica que ve en la paradoja un intento constante por esquivar las imposiciones limitadoras del racionalismo de corte positivista (que fascinó a don Miguel en su juventud) en el ejercicio de la meditación profunda. Pues abandonando aquel entusiasmo febril que sintió por la lógica después de terminar su etapa de estudios en Madrid, encuentra en su madurez (a partir de la publicación de Amor y pedagogía de 1902, por ejemplo) un medido y delicado juego reflexivo que identifica en el ejercicio apasionado de la paradoja, la máxima tensión de las posibilidades del espíritu. Pues en la ejecución de la nivola, es constante la provocación subversiva contra cualquier sistema de convenciones dominante. Y para ello se apoya constantemente en la paradoja, no con la finalidad de proponer alguna otra certeza sustituta sino con el objetivo de afirmar el valor de la incertidumbre.

Así, es posible hablar de método paradójico en Unamuno. Pues, aunque por lo intempestivo de su pensamiento, pueda sonar a un despropósito hablar de método en el caso del filósofo vasco, no podemos olvidar el sentido primigenio de esta noción. Si se entiende en estricto sentido como un camino (incluso especialmente en un sentido espiritual), difícilmente se podría encontrar un mejor ejemplo que Unamuno para ilustrar en qué sentido tanto educar como escribir son un par de actividades que son por sí mismas un método, especialmente porque su ejercicio en pleno implica necesariamente un camino de paradojas. Gemma Gordo, incluso, ha hablado de “método paradójico-pedagógico” en el caso del pensamiento educativo de Unamuno (2012, p. 170). Por eso, cabe decir que en lo que puede leerse de la obra del filósofo español, la existencia es por sí misma la praxis de una paradoja metódica. Lo que significa que es también una experiencia irrenunciable e intransferible de la contradicción que se va haciendo camino. Y que quizá sea el único al que tiene acceso el hombre de carne y hueso, que se descubre tal en la precariedad ontológica de saberse individuo condenado a la finitud. Y es precisamente desde las páginas de En torno al casticismo, Unamuno (1958) ha hablado de ese método cuando escribe:

(…) Suele buscarse la verdad completa en el justo medio por el método de remoción, via remotionis, por exclusión de los extremos (…) Es preferible, creo, seguir otro método: el de afirmación alternativa de los contradictorios; es preferible hacer resaltar la fuerza de los extre­mos en el alma del lector para que el medio tome en ella vida, que es resultante de lucha. Tenga, pues, paciencia cuando el ritmo de nuestras reflexiones tuerza a un lado, y espere a que en su ondulación tuerza al otro y deje que se produzca así en su ánimo la resultante, si es que lo logro (p.171).

Unamuno puede ser entre otras muchas cosas el filósofo de la paradoja. No suele presentarse nunca como un pensador de problemas resueltos o que viene a contarnos lo difícil que fue el trayecto hasta encontrarse con una verdad o certeza definitiva. No es un filósofo de modelos epistémicos acabados. Es siempre un pensador que está en el trayecto, que habla desde la crisis, que está haciendo su propio camino al andar. Por eso, cuando Unamuno se refiera a la educación no podemos esperar que nos entregue una mecánica pedagógica para la formación del hombre de carne y hueso, como tampoco podríamos esperar (¡mal haríamos!) que en lo que toca a la escritura, don Miguel ofreciera en sus cavilaciones un manual de poética prescriptiva en el que como un relojero que describe las labores en su taller nos enseñara a ensamblar piezas. De ningún modo. De otra forma, ni educación ni escritura serían parte de una poética vital. No obstante, en el caso del pensador vasco es muy claro que el ser humano no es una entidad terminada sino que la existencia es un irse haciendo sobre la marcha mientras se escucha al otro y se posibilita con ello la comprensión de sí mismo.

Y el lenguaje juega en ello un papel trascendental, pues como apuntan Joaqui y Ortiz, “como una condición básica de la existencia humana, que lo convierte en un ser en el mundo, que es hablante y que también escucha, lo cual lo funda totalmente” (2019, p. 188). Don Miguel de Unamuno no ignora eso. Por ello, para el filósofo vasco la educación a través de la escritura, reúne dos facetas de una misma experiencia ontológica: la de formarse una existencia a través de la paradoja. Así, en el siguiente apartado se explorará la idea de educación unamuniana como un ejercicio de formación más de que información, que por tanto desemboca en una poética vital (esto es, en una formación existencial).

Sumergirnos en el lenguaje nos recuerda indefectiblemente que todos los hombres somos siempre el primer hombre porque de manera incesante el mundo comienza a ser a partir de nosotros e incluso contra nosotros, pero nunca sin nuestra participación. Por eso el mundo siempre se nos revela como algo nuevo, sobre todo cuando en su propia estructura adopta la figura de una revolución contra lo que creemos. De ahí que la posición que Unamuno adopta en relación con la educación está en íntima vinculación con lo que el otrora Rector de la Universidad de Salamanca entiende por el ejercicio del pensamiento mediante la praxis de la pedagogía paradójica. Y es que si algo caracterizó la labor de Unamuno como pensador fue su afán por alejarse de cualquier forma de dogmatismo, ya fuera científico o religioso. Al grado de que quizá sería posible reconstruir el itinerario del pensamiento unamuniano en clave antidogmática. Todos sus desencantos con las diversas escuelas de pensamiento que frecuentó residen precisamente en una sospecha dogmática: las crisis de fe, las crisis de su confianza en la razón, las crisis al interior de sus posturas políticas (pasando por el socialismo, el republicanismo, el tradicionalismo…), siempre están ligadas a ese dogmatismo que Unamuno identificaba en toda postura en la que no cabía la posibilidad de la duda y de la convivencia con lo diferente e incluso con lo contrario.

Aunque precisamente, aceptar la experiencia de vivir la contradicción, de asumir posturas y afirmaciones paradójicas a nivel epistemológico, es justamente la primera piedra de toque en la reflexión unamuniana sobre la educación. La cual, además, está ligada al problema del lenguaje como medio para abrirse a la comprensión del mundo y de saber cuál es nuestro lugar en él. Pues inevitablemente, el lenguaje está vinculado con el problema de la cognición, así como con todas las implicaciones ontológicas que devienen de ello, pues como señala Vivas, “Organizar correctamente el pensamiento dependerá de la estructuración que se haga del lenguaje” (2016, p. 71). Y esto va a realizarse específicamente en la idea de educación que se forja dentro del pensamiento unamuniano. Por ello, es menester ahora, esclarecer en qué consisten tales ideas.

La educación en Unamuno como realización existencial

Unamuno recuerda constantemente que transitar lingüísticamente por el mundo (a través de la escritura, por ejemplo) permite organizar nuestra idea de mundo y abre la posibilidad de poetizarlo también. El filósofo español plantea la necesidad de una pedagogía que en lugar de afirmar nuestras pretendidas certezas a priori, mine los cimientos de nuestras afirmaciones primeras, con el fin de evitar una formación dogmática y adormilada y de posibilitar también una nueva organización del pensamiento a través del lenguaje. Lo que además, permite a Unamuno no cerrar los ojos ante el hecho de que una educación de esta naturaleza comporta necesariamente dolor. Pues se trata del dolor que implica el esfuerzo de mirar el mundo desde otro comienzo: desde el inicio que el mundo tiene precisamente en torno a alguien más. Esto le permite a don Miguel (y vaya que esto tiene mucho que decirle a nuestro tiempo) distinguir entre aprender y jugar. Especialmente porque esa reflexión le permite criticar a los educadores que fundan el aprendizaje en el juego, desvirtuándose así esas dos actividades, pues, aunque valora ambas considera que cada una puede tener su lugar:

(...) procurando que aprendan en juego, se acaba por convertir el juego en enseñanza. Parece que nos asusta ensenar a los niños todo lo duro, todo lo recio que es el trabajo. Y de ahí ha nacido lo de que aprendan jugando, que acaba siempre en que juegan a aprender. Y el maestro mismo que les enseña jugando, juega a enseñar. Y ni él, en rigor, enseña, ni ellos, en rigor, aprenden nada que lo valga (Unamuno, 1902, p. 718).

Unamuno tiene en alta estima y a la par tanto el cultivo del cuerpo como del intelecto. Pero considera que la enseñanza ha de distinguirse del juego en los dos aspectos. Sobre todo porque en lo que toca a la enseñanza, ha de procurarse en la misma intensidad al cuerpo que al espíritu, pues les confiere influencia mutua. Por eso es que Unamuno no considera a la educación física como un estamento curricular del juego sino como una forma de enseñanza que influye en la formación del carácter de quien de ella participa, proporcionándole valor. Ahora, cuando la enseñanza se reduce al juego, el pensador vasco asume que incluso el mayor perjudicado es el juego (Unamuno, 2016, p. 257). Pues para don Miguel el valor es un descubrimiento que se da precisamente por la experimentación de los límites, por el “esfuerzo” que caracteriza a toda forma de educación. Sobre todo, porque el filósofo español entiende por ello “la seguridad que da el conocimiento de sus propias fuerzas o facultades (...) El valor es la fuerza regida por la razón, la temeridad la fuerza regida por la imaginación” (Unamuno, 1999, p. 100). Esta es justamente una muestra paradigmática de lo que en Unamuno es la paradoja metódica, pues de lo que se trata en todo ejercicio de enseñanza es justamente de experimentar las capacidades propias, físicas e intelectuales, hasta llevarlas a su máxima tensión. Ahí es donde se da una muy fértil experimentación de los contrarios: cuando el cuerpo y el espíritu la levedad de lo que se creía acríticamente perpetuo. Por eso Unamuno no cree que la educación esté exenta de dolor. Aunque es claro que una época como la nuestra, tan ansiosa de una anestesia ontológica eficaz y que maquilla casi cualquier forma de dolor, encontrará chocante esta afirmación.

Sin embargo, ¿qué es la imaginación sino la respuesta a un estado de cosas que nos duele? Para Unamuno la Imaginación se concibe como un instrumento que pone a disposición una serie insospechada de posibilidades cognoscitivas, incluso en lo que concierne a la formación del carácter. En primer término, porque identifica en ella el germen de un conocimiento que vuelve patente una verdadera salida de sí mismo, especialmente porque al imaginar nos alejamos necesariamente de todo dogma preconcebido. Y del mismo modo, la Imaginación es la herramienta que nos catapulta a la posibilidad de sentir en nuestra propia carne el dolor del otro. Porque al romper las barreras de la mismidad y ponernos en el camino de las infinitas otras posibilidades de ser, la tragedia de la vida que caracteriza al concepto existencial de Unamuno nos muestra que la preocupación por el otro está presente incluso antes de la famosa y documentada crisis de 1897. Y es en este sentido que debemos comprender quizá lo que dice el filósofo español que hará después de la publicación de El reino del hombre (aunque nunca llegue a publicar ese relato mientras viva):

(…) En fin, allá cuando suelte El reino del hombre -dice- verteré todo esto en ese sermón anarquista. No me asusta ese nombre a mí, enemigo de todo medio violento, de toda guerra, de toda revolución, de toda dinamita. Alguien me ha llamado anarquista conservador; ¡sea!, otro místico anarquista. Acepto cualquier mote, aunque no me siento insecto clasificable, a quien quepa meterle un alfiler por el coselete, con su etiqueta, y clavarlo así en el corcho de la caja entomológica. Yo soy yo, como cada quisque, género aparte. Y mi progreso consiste en unamunizarme cada vez más (Unamuno, 2017, p. 585).

Ya en el año de 1896, el filósofo español postula así una primera forma de ese concepto al que él mismo denominará egotismo. Se trata de un entramado de ideas que delinea su conocido anarquismo espiritual y que se relaciona con un descubrimiento de la alteridad que parte del reconocimiento del yo como la mejor manera de acercarse al prójimo, a quien identifica como otro yo. Pues por entonces, unamunizarse consiste precisamente en ahondar en la tragedia de la propia existencia para hermanarse con los otros, bajo la forma de una suerte de anarquismo místico. Y es quizá por ello que incluso cuando se refiere a la fe (antes del 97), advierte en ella una facultad creativa que vincula con la efervescencia anímica que estimula la “santa Imaginación”. Así los aclara en una carta fechada en noviembre de 1896, que dirige a Francisco F. Villegas:

(…) No soy anarquista al modo bestial ni aun al de Corominas, soy lo como somos los que más que sentido práctico tenemos poético, como lo es Tolstoi, como lo fue el pobre Nietzsche, como lo han sido los místicos. Aborrezco todo acto violento, odio la guerra, y creo en la revolución. Soy un anarquista conservador, usted lo sabe, en realidad socialista y de los más templados (Unamuno, 2017b p. 590).

La imaginación es el péndulo en el que se sostiene el mecanismo intelectual oscilatorio de Unamuno. Por eso el filósofo vasco se asume como la imagen viva del anarquismo trascendental. Quizá incluso haciendo eco de una herencia pascaliana, a quien siempre consideró un hermano espiritual. Así se confirma cuando se puede leer en su obra la inclinación apasionada hacia pensar con y desde los extremos. Desde los cuadernos inéditos de la juventud se puede identificar que una manera típicamente unamuniana de eludir cualquier formulación dogmática es afirmar la condición existencial que se agarra a los extremos sin obviar los abismos. Y esto vale tanto para la ciencia como para la religión. En el Cuaderno sin título (escrito alrededor de 1891) es posible encontrar un ejemplo de lo que aquí se afirma, cuando al considerar a la fe una facultad contraracional, Unamuno subraya el valor creativo que hay en su vena y el cual se pone en riesgo cuando al transformarse en religión, la fe sucumbe al dogma. Miguel de Unamuno asume que la tarea fundamental de un intelectual es mantener vivo el espíritu científico, que se caracteriza por poner en tensión máxima al espíritu mientras se adentra en la agitación plena. Esta es la razón por la que Tanganelli señala que el filósofo español configura la crisis constante como su más radical modus vivendi, y la asume, además, como un estilo de pensamiento. Sin embargo, es algo más que eso: estamos frente a la génesis misma de su concepción educativa. Así lo expresa apasionadamente en una carta quien escribe a su amigo Pedro de Múgica en junio de 1896:

(…)Si uno se mete a predicar algo que cree elevado, purificador, idealizador, digno y puro, enseguida lo rebajan, lo ensucian, lo entienden a lo bruto, lo progresistizan y convierten en bullanga y motín. Dan ganas de hacerse místico, retirarse a una ermita y contemplar el propio ombligo hasta caer en dulce sueño hipnótico. ¡Dormir! Hace tiempo que vengo pensando en que lo que ansía nuestra sociedad es sueño y nada más que sueño, que la dejen descansar un poco, un alto en el camino del progreso, un periodo de calma y de digestión mental (Unamuno, 2017c, p.560).

Justo antes de la crisis del 97, Unamuno se ha instalado ya en un rechazo a toda forma de sistematización: tanto si se trata de literatismo como de un cientificismo árido y formal. Quizá encuentra en ambos el mismo modelo de intento por sistematizar de forma a priori la existencia. Él, por el contrario, lo que busca es precisamente afirmar la individualidad de manera contundente. Es por ello que incluso renuncia a escribir sus novelas bajo el mismo paradigma estético del realismo que imperaba en su época (Ángeles Cerón, 2019, p. 36). De tal suerte que rompe esquemas estéticos y retóricos para dar vida a una forma de expresión escritural que se adelanta en varios sentidos a la novela modernista. Especialmente porque en sus novelas, la presencia de la primera persona y de la irreductibilidad de la realidad individual son perfectamente patentes.

La razón de lo anterior, aunque se puede adivinar fácilmente, la desvela el propio Unamuno en la carta que envía a Clarín. Por eso se ha subrayado siempre la importancia de la epistolomanía de Unamuno. Porque en sus cartas ofrece no solo coordenadas para la lectura de sus propios textos sino porque en ellas se ofrece también parte de su reflexión más viva e intempestiva. Las palabras que se citarán a continuación son algo más que el fruto de un arrebato retórico y permiten observar más bien la consolidación del pensamiento más original de Don Miguel. Su atención está totalmente dirigida al “hondo dentro” y por eso señala a su corresponsal cuáles son las preocupaciones que ocupan su espíritu en esa época:

(…)Perdóneme que hable de mí -escribe-, pero no sé hablar sino de mí o de los otros, de sus yos, de sus entrañas. Me interesan más los hombres que sus cosas, y antes que comprender estas, deseo sentir a aquellos. No hay misterio más terrible que el de la impenetrabilidad de los cuerpos y de las almas (Unamuno, 2017, p. 571).

Pero ¿a qué aspira Unamuno como educador si lo que pretende infranqueablemente es eludir el dogmatismo? La respuesta parece hallarse en la transformación profunda que sufre don Miguel entre 1894 y 1897, pues en esta época es patente una metanoia espiritual profunda que se extiende a diversas zonas de su pensamiento y de su propia vida. Para entonces, su postura intelectual es completamente antidogmática, tanto en sentido estético, como religioso, científico o moral (Unamuno, 2016, p. 612). Y es desde esa posición que consolida su pensamiento a través un entramado conceptual que permite identificar ya un estilo propio que incide en su modo de ejercer las ideas (incluidas aquellas que conciernen a la educación). Ese trinomio puede enunciarse como sigue: “saber ignorar”-“saber querer”-“resignación eterna/irresignación temporal”. La “santa Imaginación”, como la llama Unamuno, alberga la fe creativa y tiene en esa triada un lugar dinámico y fundamental. Hay que educar para “saber ignorar”: he ahí la única posibilidad de que una formación no se transforme entonces en dogmatismo inducido.

Y es que, desde la muy juvenil redacción del Cuaderno V, el filósofo vasco anota que “Dudar es el principio para llegar al conocimiento de la verdad” (2016c, p. 44). De esta manera es posible dilucidar con claridad cuál es el punto de partida del filosofar de Unamuno. Pues en ese momento declara la importancia que hay en saber ignorar. Y es en esa época en la que don Miguel identificar que solamente se sale a buscar aquello que reconocemos que hemos perdido. Por ello no es baladí señalar que dos años después, cuando está escribiendo el Cuaderno XVII, Unamuno anotará ahí que “el principio de la ciencia es el saber ignorar” (2016d, p. 826) pues el filósofo español habría consolidado ya a la duda como una forma de saber.

Ese abordaje genuinamente apasionado de los problemas es el que Unamuno concibe como la enseñanza fundamental que ha de contemplar cualquier forma de educación. No se trata de transmitir sentencias lapidarias o enunciados incuestionables que luego haya que repetir hasta el cansancio. Se trata más bien de aprender a dudar, de padecer el “dolor sabroso” de batirse contra las propias dudas y no solamente estar buscando veladamente apelaciones a la autoridad que confirmen mis pretendidas certezas. Y es que no se podría esperar algo distinto de alguien que como don Miguel de Unamuno, quien en el Cuaderno XVII anotaba “(...)¿Quién me dará la paz al alma si mi alma ha nacido para la guerra?” (2016d, p.16).

No obstante, ¿cómo se ha de enseñar a saber ignorar? ¿Cómo educar en la paradoja metódica? No queda otra vía que la del ejemplo. Por eso, el filósofo vasco afirmará “que la obra mejor que un hombre puede legar a sus hermanos es su vida como ejemplo y como visión” (Unamuno, 2016, p.1015). Acaso nunca en mejor sentido que en este se ha podido concebir a la labor educativa como un apostolado. Porque ese buen ejemplo de aprender a vivir sabiendo ignorar y no solo queriendo saber sino especialmente sabiendo querer, debe provenir no solo de personajes o figuras reconocidas, sino especialmente del maestro de carne y hueso, pues sirve de modelo al discípulo con quien convive diariamente.

(…) Así es como debe prepararse a la sociedad venidera para que llene cumplida y debidamente su misión -escribe Unamuno-; y ese también nos parece un gran medio de educación, que no deben echar en el olvido los educadores de la niñez. El buen ejemplo es para los pequeños mucho más provechoso que todas las teorías (Unamuno, 1995a, p. 216).

Porque la educación es concebida por el filósofo vasco como ese ejercicio en el que un modelo transmite vía mimética el enfrentamiento con la realidad sin el andamiaje de los conceptos que pretenden ofrecernos una imagen lineal del mundo que no es tal. Porque don Miguel considera que el buen ejemplo en la praxis del saber ignorar y el querer saber, es el único mecanismo para hacer de la paradoja metódica una afluente inagotable de ideas. Pues por eso, para el vasco universal, educar es más que un ejercicio de transmisión de conocimientos, una práctica acompañada de una forma de vivir. Y no podemos olvidar que Unamuno no se refiere a la práctica educativa como suelen hacerlo la mayoría de los funcionarios de los ministerios de educación en nuestros días, quienes en su mayoría o han pisado un aula en toda su vida. Don Miguel de Unamuno ejerció como pro­fesor no-universitario desde 1884 hasta 1891. Y a partir de sus experiencias como profesor incluso escribió en 1889 un artículo titulado “Los preceptos de la ley del maestro de escuela”, que contiene preceptos muy interesantes en torno a lo que Unamuno concibe como la praxis cotidiana de una vocación perenne y trascendental (Unamuno, 1995b, pp. 236-238).

El contenido del decálogo que compone aquel texto, cobra total sentido cuando recordamos el itinerario intelectual de Unamuno, el cual fue acompañando a su evolución como educador. Las Notas entre Bilbao y Madrid, constituyen un testimonio que permite identificar una largamente madurada apología de la pasión cuando se trata del pensamiento y la enseñanza. En las primeras páginas de ese cuadernillo el filósofo vasco afirma: “Muchos ponderan mi talento. Lo que yo sé lo saben muchos y muchos, más saben más de lo que yo sé; pero ninguno tiene más corazón que yo tengo ni saben sentir más de lo que yo siento”. De esta forma, Unamuno no solo el viraje intelectual más importante de su juventud, sino que dio cuenta de una afirmación que no abandonará jamás y que encontramos como la savia que da sentido a “Los preceptos de la ley del maestro de escuela” que, por encima del saber, se encuentra encumbrado el querer saber.

Y es que Unamuno ha experimentado ya, para cuando redacta las Notas entre Madrid y Bilbao, crisis espirituales y epistemológicas suficientes como para que de manera constante exponga en diversos cuadernillos esa hipótesis según la cual, no hay mayor enseñanza que la del saber querer. De ahí que ese cuadernillo escrito en torno a 1891 y contemporáneo del decálogo de la enseñanza, sea al mismo tiempo que un “retrato intelectual” de Unamuno, una explicación muy clara de lo que el filósofo vasco entiendo desde entonces por enseñar. Esta es la razón por la que el cuaderno titulado Notas entre Madrid y Bilbao es testimonio real de la crisis constante que hay en el pensamiento juvenil de Unamuno. Se trata de un primer momento en el que se puede documental el agotamiento de la vía puramente intelectual para resolver problemas que experimenta don Miguel. Y por otra parte, también es un cuaderno que permite fechar la aparición de dos nuevos instrumentos de pensamiento para Unamuno: el de la introspección y el de la pasión. Así es posible leerlo cuando se arriba, por ejemplo, al pasaje que se cita a continuación:

(…)¡Qué triste es la compañía de los libros! El libro calla, nada dice, es frío y seco, hay que forzarle para que os muestre sus secretos y sólo deja el vacío tras de él. / ¡Saber, saber mucho, saber más, cada vez más! Este ha sido mi sueño, éste es todavía. Pero ¿qué me dará tanto saber? ¡No! Querer, querer mucho, querer más, cada vez más y saber lo que se quiere. La ciencia más grande es la del querer y sabe más quien mejor sabe querer (Unamuno, 2016a, p.70).

En su apuesta por la pasión, el filósofo vasco se aleja de la figura del filósofo de gabinete y del educador de biblioteca. Don Miguel de Unamuno expone la clave de lo que entiende por pensamiento y de aquello que ha de guiar todo ejercicio educativo: “La ciencia más grande es la del querer”, ha dicho el filósofo vasco, y “más sabe quien mejor sabe querer”. Por eso concentra sus esfuerzos en recuperar en todo momento lo que ha dicho en los preceptos para ejercer el magisterio. Para enseñar a saber querer es indispensable amar a los discípulos y amar la profesión. Pues para Unamuno, el ejercicio del pensamiento alcanza su cumbre precisamente en el magisterio. Ese es el lugar donde tiene lugar la posibilidad de transformar el pensamiento en obra. Es ahí donde realmente se empieza a existir. Porque enseñar es entonces darse, entregarse, llevar a cabo un ejercicio de donación de sí en tanto existencia en tránsito y en plena construcción. Por ello para el filósofo bilbaíno, la educación no es esencialmente una transmisión de contenidos sino el ejercicio amoroso de una apertura ontológica compartida. De eso se trata cuando afirma que el principio verdadero del conocimiento está en saber ignorar. Pues la pregunta es justamente el vehículo sobre el que la existencia se despliega desde un ejercicio de indigencia compartida: esa que tiene lugar entre maestro y discípulo y que no puede darse sin el concurso de los dos.

Esa es la razón por la cual, al interior del pensamiento unamuniano, la educación está ligada al ejercicio escritural. Pues si el binomio “maestro”-“discípulo” revela la incertidumbre de la existencia, será otro binomio, el compuesto por “autor” y “lector” el que ontológicamente de explicación interdependiente de esa noción unamuniana de la existencia donde precisamente existir es “obrar”. Pues para el otrora Rector de Salamanca, escribir es hacerse una obra en términos ontológicos: supone reconocer que la existencia está siempre haciéndose y que el ejercicio de llevar la tinta hasta el papel es el más cierto afianzamiento existencial. Pues si en los cuadernos inéditos de juventud ha dicho que la triada fundamental del pensamiento radica en “saber ignorar”-“saber querer”-“resignación eterna/irresignación temporal”, este tránsito conceptual solo es comprensible para el propio Unamuno en ese ejercicio magisterial que tiene lugar en la escritura. Pues es en el no-lugar de la palabra donde la existencia se despliega como una suerte de “irresignación temporal”. Por ello, se presentará ahora un análisis de la manera en la que el filósofo español entiende la escritura como educación que redunda en la formación y afirmación de una existencia.

La escritura como medio para hacerse una existencia

Sin duda, una parte considerable de lo que Unamuno entiende por magisterio se aclara de manera suficiente cuando podemos acercarnos a su noción de “autor”. Especialmente porque ahí se completa para él la existencia: pues solo existe quien obra y no hay quien obre más que aquel que escribe con el fin fundamental que el propio don Miguel encuentra en la enseñanza: el de ser levadura y fermento para el alma ajena, dando razones para dudar y cuestionarse, más que transmitir alguna visión acabada de la realidad. Pues, de hecho, cuando se pone en cuestión su manera de concebir el arte literario, de inmediato se advierte que lo que piensa sobre la figura del “autor” está íntimamente ligada a su concepción de “lector”, y que en todos los casos les trasciende una dimensión existencial que quiere dejar patente. Pues está convencido de que la literatura es un ejercicio de darse: se trata de una entrega mutua y viva que tiene ligar gracias al alimento espiritual en el que se transforma la obra literaria. Porque para Unamuno, la literatura es el vehículo en el que las almas del autor y el lector se dan por entero. Por ello, la escritura está íntimamente ligada a la educación. Pues este vínculo que une a estas dos realidades es tanto de carácter estético como de carácter ontológico y moral. Esta es la razón por la que en el pensamiento del filósofo español hay un paralelismo determinante entre los binomios autor-lector y maestro-discípulo, pues estamos hablando de la confluencia de las distintas tragedias existenciales que nos replantean, a través de la literatura, el drama de ser (y del Ser).

La “pedagogía” y la “demagogia” unamunianas son las herramientas conceptuales con las que la educación se concibe como una misión en la que lo que se transmite es el drama ontológico que se descubre en la propia existencia. Porque el autor que educa con sus textos en los que ha vertido lo más profundo de su alma, escribe en último término para inmortalizarse. Y no especialmente a través de respuestas o dogmas que imponga al otro, sino de manera particular, compartiendo sus dudas y temores, sus deseos y esperanzas: su hambre de inmortalidad. Este es el sentido más radical del egotismo unamuniano, pues al escribir se intenta salir de una existencia indigente vinculándose con el “espíritu del lector” que solamente cuando su propio drama se encuentra con el “espíritu del autor”. Por eso, no es extraño que Unamuno, postulara una concepción escritural con tintes ontológicos. Puesto que advierte en la escritura el modo más arriesgado y vivo del ejercicio del magisterio, en tanto que el espíritu de sus “lectores” se alimenta a través de la recepción de los rasgos espirituales más característicos de su propio ser. De donde se seguiría que, así como Unamuno advierte una dimensión mimética en la educación, así también la encuentra en la escritura, con cuya práctica se observa que tanto la enseñanza como la escritura se conciben como el contagio de una misión, como una trans-misión.

Esto redobla la importancia que tiene el concepto de “obra” en Unamuno. Tanto enseñar cómo escribir implica obrar, porque son dos formas de realizar la existencia donde juega un papel decisivo el vínculo ontológico que surge en todo ejercicio de entrega que opera en la transmisión. Tanto el “autor” con sus “lectores”, como el “maestro” con sus “discípulos” experimentan un hacerse mutua y amorosamente por vía de la trans-misión. Pues no enseña y no escribe, según Unamuno, quien no transfiere una misión. Por lo que reviste especial importancia el hecho de que lo mismo la educación que la escritura dependan de un hecho que solo puede darse en consonancia con la otredad. Se trata del devenir anímico que hace las veces de péndulo entre “subjetividades intrahistóricas”, puesto que, en ese horizonte se abre la “subjetividad histórica del autor”, quien a través de la escritura en la que se da está haciendo también su propia existencia al donarse. Esa es la trascendencia de la noción unamuniana de obra que vincula al magisterio con la profesión escritural. Pues ahí surge una relación espiritual que media entre el “autor” y el “lector” del mismo modo en que lo hace entre “maestro” y “discípulo”, que hace las veces de “remedio” para la discontinuidad o indigencia ontológica que es el punto de partida de la existencia.

Pues para Unamuno la escritura es el vehículo de comprensión de la concepción temporal de la existencia. Pero esta es descubierta por el hombre de carne y hueso mediante la eterna lucha de contrarios que se vuelve patente en estos conceptos: a) “eternización de la momentaneidad” y b) “momentaneización de la eternidad” (Unamuno, 1958, p. 661). En tanto que estas expresiones son el pan nuestro de cada día para quien se sabe finito y hambriento al mismo tiempo de inmortalidad. Con la experiencia de la “eternización de la momentaneidad” don Miguel intentó señalar que el mundo histórico supone la eternización de determinados momentos de la existencia humana, los que, por su densidad y sentido, merecen ser sustraídos a la muerte intrínseca en cada instante. Mientras tanto, con la experiencia denominada “momentaneización de la eternidad”, el pensador vasco buscó demostrar que esta eternización exige, como contrapartida, una concepción inerte de la temporalidad. Sin embargo, más allá de la discontinuidad ontológica que suponen ambas concepciones del tiempo, hay una obvia continuidad -aunque parcial- de la “subjetividad intrahistórica”, ya que esta es -y seguirá siendo- el fundamento ontológico de la “subjetividad histórica”. Sin embargo, estas dos experiencias de la existencia temporal y finita del hombre de carne y hueso se aclaran y comprenden como tensiones del ser a través de la escritura.

Unamuno mantuvo esta preocupación tanto en su obra publicada como en su rico e inagotable epistolario. Pero si se revisa su obra pública, destaca sin duda el texto titulado Cómo se hace una novela. Se trata de un ejercicio en el que se detuvo concienzudamente a pensar en la existencia como realidad pendiente que solo se realiza de manera efectiva en ese ejercicio de entrega al otro que está perfectamente representado por la práctica escritural y la práctica del magisterio. Aunque esto es así, precisamente, porque estas dos formas de obrar exigen el concurso de la otredad. En esa obra de 1927, el rector salmantino afirmó que lo dicho y no vivido queda muerto en un texto; por ello hay que vivir la literatura para que ésta no se cristalice:

(…)Eso que se llama en literatura producción es un consumo, o más preciso: una consunción. El que pone por escrito sus pensamientos, sus ensueños, sus sentimientos, los va consumiendo, los va matando. En cuanto un pensamiento nuestro queda fijado por la escritura, expresado, cristalizado, queda ya muerto, y no es más nuestro que será un día bajo tierra nuestro esqueleto. La historia, lo único vivo, es el presente eterno, el momento huidero que se queda pasando, que pasa quedándose, y la literatura no es más que muerte. Muerte de que otros pueden tomar vida. Porque el que lee una novela puede vivirla, revivirla -y quien dice una novela dice una historia- y el que lee un poema, una criatura -poema es criatura y poesía creación- puede recrearlo (Unamuno, 1958, p. 829).

Y estas ideas las vierte don Miguel a partir de las consideraciones sobre otro concepto que ha sido caro en su obra, a saber, el del filósofo-poeta, donde se cristaliza la mejor versión de lo que el pensador vasco entiende por “autor”. Así lo manifestó dese uno de sus cuadernillos juveniles capirales, aquel que se titula tradicionalmente como Filosofía II. En ese texto, mientras él mismo se iba consolidando como un filósofo-poeta (no olvidemos que si Unamuno quiso ser recordado de algún modo era precisamente como poeta), don Miguel expresa:

(…)La ciencia es la reconstrucción del hecho, reconstrucción mental, cuanto mejor reconstruido se le reconstruya más ligado y organizado a los demás, más como parte de un todo uno y complejo, la ciencia es más perfecta. / La reproducción del poeta o el pintor descriptivo no es en esencia diferente de la del pensador; son grados en la reproducción. De aquí que un pensador es un poeta y un poeta un pensador. / El pensador reproduce el hecho en abstracto porque no lo individualiza ni añade nada a él, el poeta para objetivarlo e individualizarlo añade a él algo suyo. Diferencia entre el arte y la ciencia (Unamuno, 2016e, p. 9).

En este valioso fragmento, Unamuno aclara cuáles son las razones profundas que le llevan a reflexionar sobre las diversas formas de arte. Y una vez más el lector puede darse cuenta de cómo es que el filósofo vasco sabe que el espíritu científico está ligado totalmente a la actitud poética. Pero que se distinguen justamente en el hecho de que el poeta queda todo él en su producción (y ese es uno de sus más caros objetivos), mientras que el científico pareciera poder prescindir de ello. No obstante, el deseo compartido de abrir nuevos caminos para la introspección y la reflexión del entorno, llevan a Unamuno a considerar que la única distancia que existe entre arte y ciencia es el grado de de individualización del problema que exige la mirada artística, la cual está siempre llamada a crear. Por ello, cuando Unamuno escribe Filosofía II, tiene claro que el ejercicio poético es central cuando se piensa en la educación. Al respecto, apunta Paolo Tanganelli: “El filósofo sabe representar en abstracto: su saber es racional, es episteme válida en cualquier situación. El poeta, en cambio, para concretizar el hecho tiene que agregar “algo suyo”, para objetivarlo tiene que renunciar precisamente a la objetividad” (Tanganelli, 1998, p. 109).

Lo anterior es trascendente en la misma medida en que la vida real ha alcanzado a Unamuno de una forma tan particular que su reflexión sobre la labor del poeta y del artista y hasta lo que piensa sobre la filosofía y la labor del magisterio estará permeado desde entonces por la experiencia de la existencia concreta. Como suele decirse: hasta los pararrayos están conectados a la tierra y el caso de Unamuno no es la excepción. Para este tiempo en el que redacta Filosofía II, don Miguel ha arribado a Salamanca y además de seguir trabajando en cuadernillos que permanecieron inéditos hasta hace poco, escribe constantemente en publicaciones periódicas. En esa época destacan especialmente dos cosas en la vida intelectual de don Miguel: por un lado, está el hecho de que Unamuno se convertirá en profesor de lengua y literatura griegas, y por otro destaca también que el tono polemista será el que irá dando forma a la mayoría de sus textos. Y aunque con los matices propios de cada publicación, es desde esas particularidades que el filósofo español se pone a la tarea de escribir entonces para públicos distintos.

Esta es una de las razones por las que Miguel de Unamuno, cuando aborda la labor del escritor, se aleja de los paradigmas reinantes tanto a nivel estético como a nivel de ejercicio profesional de su tiempo. A ello debemos, las enervadas críticas que recibe, por ejemplo, el realismo literario que es la forma escritural más aceptada en su época. Siempre relaciona los géneros estéticos de la escritura con una forma de comprender el mundo y el realismo le parece en ese momento el más dogmático de todos porque pone una camisa de fuerza a la “santa Imaginación”. Unamuno insiste en circunscribir el realismo literario en una episteme que no asume lo irrepetible de la existencia y ese es el problema fundamental. Pues la pretensión de individualizar un objeto es para Unamuno, desde los cuadernos de la juventud, el trabajo del artista y del poeta, de manera que un poeta de verdad, un escritor que mereciera tal título no escribiría “literatura” desde el “realismo-naturalista”. La diferencia estriba en que, “El pensador reproduce el hecho en abstracto porque no lo individualiza ni añade nada a él, el poeta para objetivarlo e individualizarlo añade a él algo suyo. Diferencia entre el arte y la ciencia” (Unamuno, 1891-1892, p. 9). Por ello, la reflexión unamuniana coincide así con la importancia de subrayar que, como ha sabido ver Gutiérrez-Pozo (2023), “La vida es el fundamento del conocer. El pensamiento entonces no se puede comprender como simple actividad intelectual. El pensar es básicamente ejercicio vital” (p.168). Pues preguntamos por qué no sabemos algo es lo que nos recuerda el valor creativo de la ignorancia e incluso el cimiento mismo del espíritu científico. De manera que enseñar debería consistir en formular preguntas, la cual es también la tarea central de la escritura, tal como Unamuno la concibe a lo largo de su carrera literaria.

Para el autor de Niebla, la escritura es un modo privilegiado de educar en tanto que pone en juego el ejercicio de la construcción de la existencia (tanto la propia como la ajena), pues con la apelación a diversos recursos narrativos (como el diálogo interior o el flujo de conciencia) se asume la toma de posición de una nueva episteme. Se trata de una episteme que intenta superar los límites del conocimiento objetivo que descansa en algoritmos que no pueden abrazar la individualización y la contradicción que hay de ordinario en la existencia.

La teoría unamuniana de la novela apuesta especialmente por esto que he expuesto recién. Advierte en el género de la nivola la posibilidad de recuperar a nivel narrativo y en los entes de ficción lo que la existencia del hombre de carne y hueso experimenta. De ahí que el filósofo vasco escriba en el “Epílogo” a su novela Don Sandalio, jugador de ajedrez, que “Todo poeta, todo creador, todo novelador -novelar es crear-, al crear personajes se está creando a sí mismo, y si le nacen muertos es que él vive muerto” (Unamuno, 1930, p. 26). Pues para don Miguel el ejercicio de novelar coincide con llevar al lenguaje la apreciación particular e irrepetible de la existencia concreta. Esta es la razón por la cual el filósofo vasco encuentra que “Los más grandes historiadores son los novelistas, los que más se meten a sí mismos en sus historias, en las historias que inventan” (Unamuno, 1930, p. 25). Porque Unamuno se distancia así de la pretendida objetividad del positivismo que él mismo profesó en su primera juventud filosófica. Las vicisitudes personales e intelectuales pusieron en crisis aquel paradigma de don Miguel y lo posicionaron en una postura tal que para 1933, cuando publica este texto, le lleva a sostener que “no hay más verdad verdadera que la poética, que no hay más verdadera historia que la novela” (Unamuno, 1930, p.25). Y es que esto es algo más que un juego de palabras ideado por Miguel de Unamuno. Su mirada como escritor está en consonancia con esa impresión suya respecto de la dimensión narrativa de la realidad. Por ello, el filósofo vasco apela constantemente al tópico del theatrum mundi para dar cuenta de la estructura de lo real y cuando reflexiona sobre la novela no es la excepción:

(…)Todo poeta, digo, todo creador, incluso el Supremo Poeta, el Eterno Poeta, incluso Dios, que al crear la Creación, el Universo, al estarlo creando de continuo, poetamatizándolo, no hace sino estarse creando a Sí mismo en su Poema, en su Divina novela (Unamuno, 1930, p. 26).

Esta es la razón por la cual para Miguel de Unamuno existir es poetizar. Y en ese sentido, el acto de escribir novelas es una forma de prolongar la existencia. La justificación unamuniana de escribir de esta manera estriba en el hecho de que ha decidido, dice, “escribir para mis lectores que yo he hecho a la vez que ellos me han hecho a mí” (Unamuno, 1930, p. 26). Se trata de una afirmación que posiciona en el mismo plano al autor, a su lector y a los entes de ficción. Lo cual dice bastante de la concepción que el escritor vasco tiene de la novela. De tal suerte que incluso advierte que sus lectores reconocen y buscan en sus novelas lo mismo que él. Así lo expresa en ese “Epílogo” a Don Sandalio, al mismo tiempo en que aprovecha una nueva oportunidad para deslindarse de la novela realista. Escribe, pues, don Miguel:

Mis lectores, los míos, no buscan el mundo coherente de las novelas llamadas realistas -¿no es verdad, lectores míos? -; mis lectores, los míos, saben que un argumento no es más que un pretexto para una novela, y que queda, esta, la novela, toda entera, y más pura, más interesante, más novelesca, si se le quita el argumento (...) No son mis lectores de los que al ir a oír una ópera o ver una película de cine -sonoro o no- compran antes el argumento para saber a qué atenerse (Unamuno, 1930, p.26).

Sin duda alguna, el escritor español recupera en este texto esa conciencia poética que condujo su trabajo en varios momentos pero que llega a verbalizar ficcionalmente en Niebla y que, en el caso de Don Sandalio, jugador de ajedrez se confirma. Unamuno pone en el mismo plano a la novela y la existencia no solo por la apelación a un recurso narrativo metadiegético. De manera particular, ese plano compartido obedece a que el filósofo vasco advierte en esa nueva forma de novelar que rompe el paradigma epistémico y estético del realismo, la posibilidad de presentar la existencia tal como ella se da fácticamente en el hombre de carne y hueso, es decir, sin argumento. Por eso subraya el rechazo no solo a novelar a partir del argumento, sino que también señala la distancia que su lector establece con relación a una estética narrativa que no representa la incoherencia y la contradicción de la existencia. Novelar es por ello para Unamuno el ejercicio escritural de poetizar según la experiencia individual y diversa del vivir. Es ahí donde encontramos la vinculación fundamental entre educación y escritura en el pensamiento de Unamuno. Porque ninguna de las dos acciones se entiende sino como obra y no se puede obrar sin darse como alimento a los demás.

Del mismo modo, en el “Prólogo-epílogo” que en 1934 escribe a la segunda edición de Amor y Pedagogía, don Miguel se concentra en meditar las razones por las que apuesta por la innovación y la escritura experimental. Unamuno se detiene ahí a definir la savia de su modo de novelar y define sus obras como “Relatos dramáticos acezantes, de realidades intimas, entrañadas, sin realidad, sin bambalinas ni realismos en que suele faltar la verdadera, la eterna realidad, la realidad de la personalidad” (Unamuno, 2017d, p. 52). De eso versan precisamente las nivolas. Y sobre ese camino transita su andar como novelista, el cual vislumbra carente de cualquier atavismo argumentativo y fincado en la representación de las diversas realidades íntimas: “He seguido desarrollando -dice en ese texto reflexivo- con más sosiego acaso, pero no con menos dolor, las visiones de estas ‘profundas cavernas del sentido’, que dijo San Juan de la Cruz” (Unamuno, 1958, p. 970). Porque es precisamente como cavernas del sentido que Unamuno piensa sus novelas. Justamente apunta a la indagación particular y viva que tiene el hombre de carne y hueso o de ficción para realizar su existencia. Porque para ser, como ocurre con los personajes de Unamuno, para vivir, hay que asumir el doloroso trajín de estar en el mundo sin argumento que seguir. Porque en ello consiste el dictum unamuniano según el cual el principio del conocimiento está en saber ignorar: pues vivir es saber ignorar. Y es que para don Miguel de Unamuno el escritor lleva a cabo una labor sublime: la de esculpirse a sí mismo y la de darse existencia. Esa es la mayor tarea para el poeta. Es de ese modo como el drama de la existencia es trasladado, o mejor aún, prolongado hasta la novela. Por eso Cerezo Galán ha dicho que, para Unamuno, “ser poeta equivale a existir originariamente como artífice de sí mismo” (Cerezo, 1996, p. 553).

Por ello, para Unamuno, la educación misma consiste en escribir novela: la novela de la existencia del discípulo-lector. Porque si la educación es escribir una novela, ello supone asumir la naturaleza indagatoria del saber ignorar a la que no puede renunciar el hombre de carne y hueso que ha descubierto su indigencia vital. Especialmente porque la educación de verdad quiere buscar la sabiduría prescindiendo de todo dogma. Y no hay mayor ejemplo de ello que encontrarse con una novela que prescinde de cualquier argumento. Esta es la pretensión de Unamuno al novelar, pues con la construcción de sus entes de ficción se propone llevar al plano narrativo esa misma condición indigente de la existencia que no se actualiza por medio de un algoritmo coherente, sino que se va haciendo a sí misma en el acto mismo de narrar. Así lo expresó el propio escritor cuando en el artículo “La selección de los Fulánez” (1905) dice: “El poeta, si lo es de verdad, no da conceptos ni formas; se da a sí mismo” (Unamuno, p. 838). El filósofo español concibe el acto de escribir novelas como un ejercicio en el que la existencia se da a sí misma, con todas sus dudas, sus misterios, sus interioridades no aclaradas y su episteme pendiente y en construcción. Para eso sirve la filosofía, no para acceder a respuestas sino para llevar al espíritu a su mayor tensión con la experiencia del mundo, el cual comprendemos en la medida misma en que lo poetizamos: esto es, en la medida misma en que nos vamos haciendo en él con cada acción. Así se advierte, por ejemplo, en el mismo “Prólogo-epílogo” de Amor y pedagogía cuando don Miguel escribe: “El sentimiento, no la concepción racional del universo y de la vida, se refleja mejor que en un sistema filosófico o que en una novela realista, en un poema, en prosa o en verso, en una leyenda, en una novela” (Unamuno, 2017d, p. 297).

La razón por la cual Unamuno afirma tal cosa es muy clara. El nivolista que hay en él surge del reconocimiento de la importancia de la individualidad. Equipara la novela realista al sistema filosófico que prescinde de la realidad íntima y es por ello que insiste en que el sentimiento del universo todo y de la vida se expresa mejor en una novela (así, sin epíteto alguno). ¿Quiere decir que lo que Unamuno está oponiendo a la novela realista es la novela? Por más paradójico que esto pudiera sonar hay que responder afirmativamente a esta pregunta. Unamuno está preparando en la teoría y en la praxis un modelo narrativo que pueda erigirse como un opuesto estético y epistemológico a la novela realista-naturalista. Paul Olson, a propósito de Cómo se hace una novela ha insistido en que la labor escritural de Unamuno se puede definir como una agenda que culmina en una “antinovela” (Olson, 1970-71, pp.186-199).

Por eso, cuando se intenta pensar en el estilo escritural de Unamuno no se puede prescindir de las preguntas de orden incluso ontológico que preceden a su labor como notable figura literaria. Sobre todo, porque en su labor escritural, el filósofo vasco condensa todo el camino andado que lo ha llevado hasta ahí, tanto intelectual como personalmente. Y es quizá en esa serie de transformación que va sufriendo desde su primera juventud intelectual lo que le hace madurar su visión acerca de la literatura y de su práctica como padre de entes de ficción. Porque esa idea unamuniana según la cual escribir novelas consiste en no seguir un argumento, encaja perfectamente con un principio ontológico que don Miguel termina por madurar en Del sentimiento trágico de la vida, donde señala que “ser es obrar y sólo existe lo que obra, lo activo, y en cuanto obra” (Unamuno, 1958, p. 274). Por ello concibe a sus personajes otorgándoles un estatuto ontológico tal que su existencia consiste precisamente en obrar. Son mientras estén activos y en cuanto que son actividad.

Sin embargo, también por otro lado, Unamuno sabe que, si un día ha de existir con plena verdad, deberá ser asumida como parte de una existencia de un ente de carne y hueso o de ficción. Porque los hombres conceden importancia no a la representación de una idea sino al encuentro con otra existencia (plagada esta sí de ideas, pasiones, contradicción y actividad). Así lo ha visto también Luis Álvarez Castro cuando a propósito de este tópico ha dicho: “Unamuno duda que las ideas puedan subsistir si no están encarnadas en una personalidad que les preste su calor, puesto que lo únicamente real -lo que obra- son los individuos, no las ideas” (Unamuno, 1913, p. 292). Por eso tampoco hay enseñanza sin maestro y por ello mismo no hay magisterio que se pueda entender como tal sin la presencia de una entrega. Esta es justamente la apuesta de don Miguel: que sus novelas sean tanto el medio de subsistencia de sus ideas como el vehículo en su magisterio, pues no se trata de la mera representación propia sino de la entrega de sí y el reflejo del lector que como él busca también hacerse una existencia.

Por eso, el estilo escritural unamuniano, cuando se refiere a sus novelas, adquiere una dimensión mayor. Cuando don Miguel medita sobre el estilo se detiene a reflexionar en torno a elementos que trascienden la estética de la escritura y que la vincula especialmente con la educación. De tal suerte que cuando se piensa en el Unamuno no se puede separar con un rasero conceptual la diversidad de intereses del filósofo vasco, los cuales se condensan en el descubrimiento unamuniano de poder erigir una pedagogía a través de la novela. Lo que no quiere decir que sea esta una mera herramienta que pueda representar un racimo de ideas y comunicarlas, sino que más bien supone el ejercicio de la transmisión en su más alto sentido: el ejercicio de compartir una misión, como ya he dicho.

Si bien es cierto que Unamuno nunca ofreció una definición concreta de lo que para él era la literatura, sí ofreció constantes reflexiones en torno a lo que podría considerar su opuesto: el literatismo. Es esa serie de apuntes y referencias lo que permite ponderar el estilo escritural de Unamuno desde su mismo contexto. Porque es precisamente en el seno del literatismo donde Miguel de Unamuno identifica un esteticismo estéril que él reconoce como un mal intelectual de su tiempo. Recuperar los aportes de don Miguel a este respecto permite también valorar de mejor modo la construcción de su estilo como novelista, así como la reflexión que hace sobre su práctica escritural. Sobre todo, porque en autores como Unamuno existe una dificultad de interpretación de primer orden: aquella que surge de la superposición de su trabajo como literato, la reflexión que hace sobre el mismo y la construcción pública de su personalidad. Sin embargo, es importante señalar que lo que Unamuno expone en los distintos prólogos en los que teoriza sobre la novela está en consonancia lógica, cuando menos, con lo que también expone en artículos sueltos que va publicando a lo largo de su vida, y en los cuales se aparta del esteticismo que considera estéril. Y más allá de que siempre se habrá de discutir acerca de la sinceridad de un autor cuando escribe para su público y todavía en mayor medida cuando explica algo en torno a su propio trabajo, también es cierto que a los autores se les puede conocer esencialmente por sus palabras.

La reflexión que Unamuno hace en torno a lo que concibe como literatura estará permeada por su rechazo al esteticismo yermo. Así se aprecia en un artículo de 1901 titulado “A la defensiva”, donde el escritor vasco ofrece un retrato sumamente caracterizado del literatismo, la imagen con la que identifica lo opuesto a la literatura verdadera, en el mismo sentido en el que oponía a la novela realista-naturalista lo que él denomina sin epíteto alguno, sencillamente novela. Unamuno quiere tomar distancia decididamente de ese literatismo sobre el cual dice: “no conozco nada más mezquino que nuestro mundo literario. La mayor parte de nuestros literatos me hacen el efecto de curas ateos; son sacerdotes de un culto en que no creen” (Unamuno, 1993, pp. 300-301). Porque para el escritor vasco, el literatismo consiste en un esteticismo profano, o como dice Álvarez Castro, como “el culto sacrílego perpetrado por ministros que carecen de fe y sin embargo se arrogan la posesión de la verdad artística” (Álvarez, 2005, p. 58). Y es que esta figura sea la paralela a la del pedagogo que no cree que está formando y formándose una existencia cuando enseña. De tal suerte que el pedagogo que no educa está oficiando un culto sacrílego también.

No obstante, es importante señalar que Miguel de Unamuno no es omiso ante el peligro latente de que toda creación artística pueda llevar consigo alguna forma de literatismo. Sobre todo, cuando se madura en técnica o se piensa en la innovación estética per se. Tal vez por ello, se esfuerza por distinguir la noción de “estilo” con toda formación de un literatismo. Así se observa cuando al reflexionar sobre lo primero deja claro que el estilo es un rasgo (si no es que el rasgo) definitorio de la personalidad del escritor (Unamuno, 1998, p.35). Y es precisamente por ello que quienes carecen de una personalidad verdadera y son solamente apariencia, están impedidos para acceder a la obra sublime de hacer labores de poeta. Pues para don Miguel, la figura del creador literario es producto de una existencia que hace el esfuerzo por hacerse a sí misma y que advierte en esa lucha su verdadera vocación de vivir. Por eso es que Unamuno señala que “no hay estilo bueno ni malo, sino tenerlo o no tenerlo” (Unamuno,1924, p. 38), en la medida misma en la que no hay personalidad buena o mala, sino que se tiene o no se tiene.

Y es que lo mismo ocurriría con el educador. No hay buen o mal estilo para educar según Unamuno. Sencillamente se tiene o no se tiene el estilo para educar. ¿Cuál es la razón de estas ideas? Que el educador, al ejercer como tal, del mismo modo en que pasa con el escritor, no tiene para enseñar sino lo que él mismo es. El ejercicio de la transmisión es el del apostolado que testifica implicando en ello su propia vida. Unamuno proclamó desde los mismos cuadernillos inéditos de juventud así como en la correspondencia que acompaña a los años de antesala de la crisis espiritual del 97, un interés profundo por la personalidad individual, tanto a nivel escritural como en lo que toca al terreno de la enseñanza. Porque no se puede hacer una existencia colectiva sino más bien lo que se puede hacer es apelar a la individualidad concreta: tanto en lo que corresponde a quien se da como a quien en esa relación se alimenta. Tanto le interesa a Unamuno la existencia individual que basta recordar que en la carta dirigida a Francisco Fernández Villegas el 12 de noviembre de 1896, Unamuno insiste en que no importa que lo califiquen como “otro místico anarquista”, y que, aunque acepta cualquier mote, lo que más le interesa es que se sepa que su progreso como intelectual, como escritor y como hombre consiste más bien en “unamunizarme cada vez más” (Unamuno, 2017a, p. 585).

Del mismo modo, en la mayor parte de los textos que Laureano Robes compiló bajo el título Alrededor del estilo, don Miguel vuelve sobre el tema que vincula necesariamente a la escritura con la personalidad, al punto de que pareciera resonar la voz de Unamuno dirigiéndose a un novel escritor diciendo “Al tomar la pluma, sé tú mismo, porque esa es la regla”. Al enseñar, don Miguel lanzaría un precepto similar, como hemos visto en el decálogo que construyó en torno a la enseñanza. “Al enseñar, sé tú mismo, esa tiene que ser la regla”. Pues para el filósofo vasco:

(…) el estilo no se hace. Se nace con él o no se nace. Lo que ocurre es que a las veces tarda uno en encontrar su estilo. O sea, que tarda en encontrarse a sí mismo, en descubrir su propia personalidad (Unamuno, 1924, p. 39).

Por eso no cualquiera puede enseñar ni tampoco cualquiera puede escribir de verdad. Ambos son difíciles ejercicios de donación. Porque para Unamuno, el auténtico creador, el verdadero poeta, se distingue del estilista (tanto a nivel escritural como educativo) porque la existencia del poeta (del verdadero escritor y del maestro de verdad) consiste en poetizar la vida. Eso significa que a través del lenguaje le abra paso a la posibilidad de narrarse del mismo modo en que lo hace cuando lucha por existir. En ello reside el trasfondo de esa estética ontológica de la escritura unamuniana. Porque en la savia de la escritura y en el obrar del magisterio palpita una pregunta epistemológica que apunta al problema mismo de la existencia, aquel que implica hacerse una vida en un mundo que es difícil, que no es sencillo, pero al que siempre se puede salir a intentar mantenerse un día más en el ser.

Unamuno eleva a valor absoluto la escritura que es magisterio y el magisterio que obra como la escritura. En ambos ejercicios se prolonga el drama de su existencia y de la personalidad. Se trata de dos acciones que sin duda muestran cómo para Unamuno la educación es una acción poética. Y es que, a cualquier aspirante a educador, bien podrían caerle bien estas palabras de don Miguel de Unamuno que proceden de su “Credo poético” (escrito en 1907), y donde se puede leer: “Piensa el sentimiento, siente el pensamiento / (...) lo pensado es, no lo dudes, lo sentido” (p. 200). Ese “Credo” unamuniano reafirma entre sus versos la relación que ha de existir entre la personalidad y el estilo de enseñar cuando se piensa en la educación como un modo de hacer y hacerse una existencia: “No te cuides en exceso del ropaje/de escultor, no de sastre es tu tarea, /no te olvides de que nunca más hermosa/que desnuda está la idea” (p.200). La educación, como la escritura, tal como las piensa Unamuno, suponen un acompañamiento al discípulo-lector hasta la intemperie si resulta necesario. Porque al escritor-educador no debe amedrentarlo la posibilidad de vivir desprovisto de certezas, pues es fructífero también quedarse sin techo de vez en cuando y atravesar la noche entonces disfrutando el cielo raso.

Unamuno frente a la educación actual

El espíritu de Unamuno fue siempre combativo. Y en lo que toca a la educación no fue distinto. Por el contrario, quiso estar constantemente en el debate sobre lo que consideraba importante para la formación humana del ciudadano. Unamuno es, sin duda, un contrapunto interesante cuando se trata de ponderar el valor de la educación tecnocrática y utilitarista que domina nuestro tiempo. Especialmente porque Unamuno no concibe a la educación como un ejercicio esencialmente profesionalizante, sino como una misión transmitida que comparte las preocupaciones más hondas que puede tener el hombre de carne y hueso. Porque para el filósofo vasco, tal como se ha revisado en estas páginas, la educación no consiste en la enseñanza impersonal de un método o una técnica sino más bien en el ejercicio personalizado que acompaña al individuo de modo integral hasta afianzar su propia personalidad. Pues cuando insiste en que su objetivo principal es “unamunizarse” cada día más, está señalando ahí mismo la tarea central de su idea pedagógica: la de llevar a cumplimiento el proyecto vital del ser humano partiendo de su particularidad intransferible.

En su famoso ensayo titulado “Adentro” que escribió a principios del siglo XX, el filósofo español expresa de manera puntual la manera en la que ha de actuar quien pretenda educar: “Comunícate con el alma de cada uno -dice-, y no con la colectividad” (Unamuno, 1966a, p. 951). Algo que en muchos sentidos, contrasta con la educación de nuestro tiempo. Pues en la época contemporánea priman los sistemas de formación por competencias, que transmiten habilidades con fines pragmáticos y que evalúan la apropiación de conocimientos de modo estandarizado. Sobre todo, porque se privilegia, de manera particular, la valoración de la enseñanza con fines laborales. Pues en buena medida, la educación institucionalizada de la época actual se concibe como un ejercicio de certificación de la habilitación para el trabajo.

Lo anterior, deja de lado la libertad de enseñanza e investigación universitarias, por ejemplo. Pues se privilegia la enseñanza de técnicas y métodos que permitan estandarizar un desempeño profesional (más que abonar a la profundización disciplinar), a favor de cualquier finalismo pragmático pre-programado (Restrepo, 2015, p.137). Lo que se apoya, además, en el hecho de que tanto la financiación necesaria para cumplir con las obligaciones (académicas y laborales) al interior de las Universidades, como su justificación presupuestal, ha derivado en una condicionante que las más de las veces termina por ser asfixiante para el intento de conservar la libertad y la autonomía política, académica e ideológica cuando se trata de definir el espíritu de la enseñanza.

Unamuno, por el contrario, piensa que la enseñanza (a través de la escritura, pero también en el claustro universitario) es justamente el opuesto a todo ejercicio de dogmatización y estandarización de los individuos. La educación es, para el filósofo vasco, un poder liberador. Y ahí encontramos un contraste más con la educación actual que suele pensar en certificaciones antes que en la escucha del otro, y en la asimilación por síntesis, antes que en la afirmación de la diferencia. Mientras que Miguel de Unamuno concibe a la educación como un ejercicio que está más cerca de la meditación que de la enunciación sistemática de conclusiones. Especialmente porque está a favor del espíritu científico, pero tiene recelo de cualquier tendencia dogmática de la ciencia. Prefiere la duda y el valor creativo de la incertidumbre, antes que la aridez de alguna pretendida certeza.

Y, sobre todo, frente a buena parte de la educación individualista que es posible encontrar en la época contemporánea, Unamuno opone una pedagogía que partiendo de la individualidad reconozca justamente a la otredad como otro yo. Pues partiendo del cultivo de la personalidad individual irrenunciable de cada hombre de carne y hueso, a través del lenguaje, propugna una concepción social del individuo y su necesaria educación en sociedad. Porque se es uno mismo para la sociedad. De manera que destaca en su reflexión, el sentido de la colectividad en la formación educativa de los ciudadanos, pues como ha visto bien Gemma Gordo (2012): “Unamuno siempre creyó en la importancia de la educación para un país y en las posibilidades de regeneración que de ella podrían venir” (p.176).

Por ello, el valor del pensamiento educativo de Unamuno es y tendría que ser alto en un tiempo como el que atravesamos. Porque defiende la libertad y la individualidad de maestros y discípulos, pero no los confina a una suerte de solipsismo existencial. Antes bien, recuerda que la libertad se vive en un contexto social de verdadera apertura al otro, sin menoscabo de la contradicción y de la disputa en el espacio público. Porque el filósofo bilbaíno pretende que la educación eluda en lo posible los formalismos vacuos y quizá por ello se decanta por la escritura literaria para trascender el aula y continuar con su apasionado ejercicio pedagógico, haciendo de su voz una suerte de escalpelo del alma propia y ajena.

Conclusiones

Es patente que Unamuno advierte en el oficio de educador su vocación más sentida. Especialmente porque no identifica la actividad como un ejercicio laboral sujeto a las reformas educativas que institucionalmente se promuevan. Sino que más bien se concibe como educador de los individuos. Porque los considera el fondo ineluctable de la única colectividad en la que confía: el pueblo. Por ello, su trabajo como intelectual y su ejercicio como personaje público son facetas de su propio ministerio como educador. Sobre todo, porque no separa la misión de comentar y discutir ideas, de la misión de promover la formación de un ethos. Por ello, enseñar es, para el filósofo vasco, una tarea que identifica consolidada en la medida en que trasciende las aulas.

Es por ello que su vocación específica de educador lleva a Unamuno a advertir que la formación profunda de la persona está ligada a la apertura, a la escucha, a la afirmación de la otredad. Por ello su honda preocupación por la individualidad le hace alejarse en todo momento de un ejercicio dogmático y más bien, considera que la educación debe consistir en fomentar la creatividad que antecede a toda forma de dogma. Esto es algo que queda claro en sus textos de distinta naturaleza: lo mismo en sus artículos y novelas que en su vasta correspondencia.

Porque para don Miguel de Unamuno, está claro que un educador no puede inhibirse ante problemas humanos, sino que antes bien, profundiza en ellos como un practicante más de la complejísima existencia. Por ello, frente a toda la ramplonería de la formación pretendidamente automatizada, opone la formación mediante la escritura, que es otra forma de manifestar y practicar el interés por el prójimo.

Esta es la razón por la que su escritura es pedagógica en sentido escrito. Porque no ofrece ideas acabadas sino más bien invitaciones para pensar los más profundos conflictos humanos. Y lo hace, además, asumiendo un estilo literario que lleva al lector a ser él mismo quien busque y pretenda encontrar la formación de una propia idea de sí mismo y de su lugar en el mundo. Así como cuando alguien avanza entre la niebla y si no se detiene, la luz se hace y todo lo que nos deja absortos se desvela paulatinamente. Pero solo es posible con la implicación personal de quien lee y de quien aprende.

Y en eso consiste precisamente su insistencia en decir que su escritura y su ejercicio público como intelectual tiene como objetivo la afirmación de la individualidad (de la propia y de la ajena). Pues tal como se ha revisado en este artículo, ahí radica el ejercicio didascálico del escritor que ofrece caminos para afrontar las dudas, eludiendo el silogismo, el tratado y la sistematización, y apostando más bien por la cognición que hace posible el lenguaje literario. Especialmente cuando se ofrece como un cultivo del espíritu en el que el mismo lector aborda la cuestión que se le plantee como si se asomara al abismo de su espíritu. Porque Unamuno no le evita a su lector el vértigo de la duda, sino que antes bien promueve en su persona el descubrimiento de la creatividad que encierra la incertidumbre.

Por ello, Unamuno no separa esas dos vocaciones, la del educador y la del escritor. Pues el escritor que cumple con su tarea de promover el espíritu que busca con ardor una respuesta a los conflictos de la existencia, es quien está educando de verdad. Y quien educa abriendo a sus discípulos los caminos que el lenguaje nos ofrece como medios de comprensión de la otredad y de la propia personalidad, es quien se encamina a ser un escritor real. Por ello, en el filósofo español encontramos un ejemplo de comprensión de la escritura como educación que pretende incidir en la formación vital. Sobre todo, porque como se ha revisado en este artículo, tanto escribir como educar son para Miguel de Unamuno, vías para efectuar una profunda donación de sí.

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0 Doctor en Estudios Hispánicos. Lengua, Literatura, Historia y Pensamiento por la Universidad Autónoma de Madrid. Licenciado y Maestro en Filosofía por la Universidad Autónoma de Querétaro. Catedrático e investigador en esta misma Universidad. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores de México, nivel I. Autor de varios libros sobre filosofía moderna y filosofía y literatura hispánica.

Recibido: 24 de Junio de 2022; Revisado: 20 de Septiembre de 2022; Aprobado: 15 de Diciembre de 2022

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