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Letras Verdes, Revista Latinoamericana de Estudios Socioambientales

versión On-line ISSN 1390-6631

Letras Verdes  no.25 Quito mar./ago. 2019  Epub 01-Ene-2019

http://dx.doi.org/10.17141/letrasverdes.25.2019.3747 

Dossier

¡Tómese la sopita!: olla comunitaria como herramienta de movilización frente a la exploración de gas shale en Guasca, Cundinamarca

¡Take Your Soup! Communitarian Initiative (Soup for All) as a tool for mobilization towards gas shale exploration in Guasca, Cundinamarca

¡Tome a sopa!: panela comunitária para fazer frente a exploração do shale gas em Guasca, Cundinamarca

Helber Mauricio Bernal Moreno1 
http://orcid.org/orcid.org/0000-0002-4959-5557

1Colombia. Universidad de Rosario. helber.bernal@urosario.edu.co

Resumen

En este artículo se analiza la manera cómo los alimentos son empleados como un elemento de cohesión y movilización social en rechazo a la implementación de un proyecto de extracción de gas shale (gas de esquisto) en el municipio de Guasca, a través de la técnica del fracking. En este caso, una organización local denominada Asociación Comunitaria Fortaleza de la Montaña emplea la olla comunitaria no solo como un elemento mitigador del hambre, sino como un medio de visibilización de los diversos conflictos que pueden surgir a partir del desarrollo de una práctica extractiva. Así, se pueden evidenciar tanto posturas a favor de la protección del alimento y del territorio como voces en contra. Ello permite demostrar que la alimentación está estrechamente relacionada con los aspectos económicos, culturales y políticos de determinado contexto.

Palabras clave: buen vivir; conflicto socioambiental; fracking; movilización social; olla comunitaria

Abstract

This article analyzes the way food is used as an element of social cohesion and mobilization in rejection of the implementation of a shale gas extraction project in the municipality of Guasca, through the technique of fracking. In this case, a local organization called “Mountain Fortitude Community Association” uses the communitarian initiative (soup for all) not only as an element to mitigate hunger, but also as a means of visibility to the various conflicts that may arise from the development of an extractive practice. This way, positions in favor of the protection of food and territory and voices against it can be evidenced. This allows demonstrating that food is closely related to economic, cultural and political aspects of a given context.

Keywords: community pot; fracking; good living; social mobilization; socio-environmental conflict

Resumo

Este artigo analisa a forma como a comida é utilizada como elemento de coesão social e mobilização na rejeição da implantação de um projeto de extração de gás de xisto no município de Guasca através da técnica de fracking. Neste caso, uma organização local chamada Asociación Comunitaria Fortaleza de la Montaña usa o panela comunitária não apenas como um elemento para mitigar a fome, mas também como meio de visibilizar os vários conflitos que podem surgir do desenvolvimento de uma prática extrativista. Isso, por sua vez, demonstra como a comida está intimamente relacionada aos aspectos econômicos, culturais e políticos de um determinado contexto.

Palavras-chave: boa vida; conflito socioambiental; fracking; mobilização social, panela comunitária

Introducción

El municipio de Guasca1 se ha caracterizado por contar con una gran capacidad de recursos hídricos, los cuales han garantizado la existencia de tierras fértiles y de gran variedad de especies animales y vegetales. Muchos de sus habitantes han aprovechado esa fertilidad para cultivar alimentos como maíz, papa, frijol, arveja y habas (entre otros). Esto ha garantizado no solo que las personas tengan un sustento económico, sino que se generen dinámicas de arraigo a partir de los alimentos. No obstante, desde finales del siglo XX se observó que dichas tierras más allá de su potencial agrícola, tenían un alto potencial minero.2 Así, la explotación de materiales mineros comenzó a convertirse en una actividad económica central en Guasca.

Si bien las actividades extractivas que mayor participación han tenido en el municipio son la extracción de arena, gravilla y otros materiales de construcción, en los últimos años han cobrado gran relevancia actividades como la explotación de hidrocarburos no convencionales (realizada por la Nexen Petroleum Company). Estas actividades, para algunos habitantes de Guasca,3 son más nocivas contra los animales, las plantas, los alimentos y las personas que la extracción de arena, gravilla y materiales de construcción. De esta manera, impactos como la pérdida de la soberanía alimentaria, la contaminación de las fuentes de agua y la desaparición de la biodiversidad del entorno se han convertido en el principal argumento de las personas que se oponen a estos proyectos.4

El fracking o fractura hidráulica es una técnica empleada para la extracción de gas y petróleo de yacimientos no convencionales. Se realiza una perforación de manera vertical en un pozo y allí se inyecta a presión agua con arena y productos químicos para producir fracturas en el sustrato rocoso donde está el gas o petróleo (Guzmán 2016). Su uso ha desatado polémica, pues se afirma que son diversos los impactos ambientales que genera.

Para Charry-Ocampo y Perez (2017), algunos de los efectos negativos del uso del fracking son: 1) alto consumo hídrico, pues se requiere alta presión de agua para generar el proceso de fractura. Esta proviene de pozos y otras fuentes de agua dulce; 2) fluido de fracturamiento, que significa la disperción de los aditivos químicos empleados para el desarrollo de esta técnica, los cuales pueden ser perjudiciales para la salud humana, animal y vegetal; 3) contaminación hídrica superficial y subterránea, debido a que muchos de los químicos empleados no retornan a la superficie para ser almacenados, sino que se mezclan con los depósitos de agua existentes en el lugar; 4) efectos contaminantes en el aire y suelo, debido a la emisión de gases de efecto invernadero y 5) sismicidad inducida, ya que el empleo de una presión alta sobre el suelo origina que, en algunos lugares, se desarrollen sismos de magnitudes significativas.

Según U.S. Energy Information Administration (2018), hasta 2017 ocho países habían empleado la técnica de fracking: Estados Unidos, Canadá, China, México, Argentina, Reino Unido, Alemania y Australia. Entre tanto, países como Colombia, Australia, Sudáfrica y Rusia (entre otros 45) están desarrollando labores exploratorias para la extracción de gas shale5 a través de esa modalidad (U.S. Energy Information Administration 2018). En la actualidad, el Gobierno nacional de Colombia, a través de la Agencia Nacional de Hidrocarburos, aprobó tres proyectos piloto de fracking en la cuenca de Magdalena Medio y Cesar Ranchería, correspondiente a los departamentos de Santander, Cesar y La Guajira (Lenton 2018). Según Lenton, al tener éxito este piloto, se daría vía libre a varias empresas nacionales y extranjeras como Ecopetrol, Drummond, ConocoPhilips y ExxonMovil para el desarrollo de esta técnica extractiva.

En el municipio de Guasca, uno de los principales opositores a esta actividad extractiva ha sido la organización social Asociación Comunitaria Fortaleza de la Montaña (ACFM, de ahora en lo adelante). Desde 2011 la organización ha desarrollado diferentes dinámicas de difusión y visibilización de dichas prácticas. Así, ha buscado socializar en la población local los diferentes impactos negativos (despojo, contaminación, desarraigo, exclusión social)6 que genera este tipo de proyectos, con el fin de que se oponga a ellos. La ACFM ha empleado diferentes estrategias de acción colectiva, basadas en manifestaciones culturales y artísticas.7 Una de las que ha tenido mayor relevancia ha sido la olla comunitaria.

A través de la preparación y difusión de alimentos tradicionales del municipio (habas, papa, maíz, cilantro y frijol), los integrantes de la organización buscan persuadir a la población local sobre la importancia de conservar los alimentos y sobre el riesgo que estos corren con el aumento de la frontera extractiva. En tal sentido, el alimento no solo se convierte en un elemento netamente nutricional; al estar dotado de elementos culturales (significados, sentidos y prácticas socialmente compartidas) (Gallo 2017), puede ser empleado como estrategia de movilización social. En efecto, al evidenciarse la importancia cultural, económica y política del alimento, se pueden desencadenar acciones en la comunidad en pro de su protección.

Metodología

Esta investigación es de corte etnográfico, de tipo cualitativo. Para su desarrollo, se realizaron entrevistas semiestructuradas a algunos de los integrantes de la organización social ACFM entre los años 2015 y 2016. De igual manera, se realizó observación participante entre 2015 y 2016, en los diversos escenarios donde ellos participaron, y en las diferentes actividades de movilización colectiva. Las categorías de análisis para la escritura de este artículo son: conflictos socioambientales, acción colectiva y soberanía alimentaria; todas teniendo como eje de articulación la ecología política.

Conflictos socioambientales

Hablar de un conflicto socioambiental implica reconocer la relación entre el ser humano y la naturaleza, en la que valores como el arraigo, la identidad y el sustento cobran gran relevancia para los actores en conflicto. Citado por Malagodi (2012), Acselrad afirma que los conflictos socioambientales se presentan cuando existen impactos indeseables en los medios de supervivencia (agua, suelo y aire) de unos grupos sociales, provocados por la acción de otros. Así mismo, Malagodi (2012) afirma que, si bien un grupo social puede estar en desacuerdo con el uso que le da otro a los recursos naturales, el conflicto se configura cuando estos desacuerdos se hacen públicos y cuando las personas ejercen acciones para manifestarlos.

La articulación entre significados y acciones respecto al uso y manejo de la naturaleza resulta ser un tema central para muchos autores, en torno al análisis de los conflictos socioambientales. Desde el enfoque de la ecología social,8 Gudynas (2014) afirma que la oposición de valoraciones, percepciones y significados que hacen referencia a la relación sociedad-ambiente, expresada a través de acciones colectivas y llevada a cabo en ámbitos públicos, se define como conflicto socioambiental. A su vez, para este autor un conflicto no es estático, ya que tiene diferentes momentos históricos, diferentes actores y diferentes temáticas en pugna (Gudynas 2014). Esto adquiere especial relevancia, pues se separa de esencialismos ambientalistas que consideran que la naturaleza debe ser entendida como separada del ser humano y que las cuestiones ambientales solo se tratan de aspectos biofísicos y no sociales.

Desde una perspectiva similar, se afirma que los conflictos socioambientales se originan por controversias derivadas de formas diversas y antagónicas de significación de la naturaleza, tal como lo afirma Leff (2006). Para este autor, los valores políticos y culturales en torno a la significación, valorización y apropiación de la naturaleza tienen gran trascendencia, por lo cual no solo se debe hablar de economía de la naturaleza, sino de politización de la naturaleza. Esto implicaría considerar que las disputas por las formas de apropiación y uso de los recursos naturales están inmersas en relaciones de poder, donde cada actor utiliza diferentes estrategias para acceder a estos recursos.

Así, las confrontaciones por el acceso y uso de los recursos naturales estarían mediadas por el actor que tenga los medios más adecuados para hacer valer su postura. En efecto, para Maristella Svampa, el enfrentamiento entre diferentes actores por intereses y valores en torno al acceso y control de los recursos naturales se desarrolla en un contexto de gran asimetría de poder (Svampa 2013). Esto implica que los actores que cuentan con mayor capacidad económica, logística y política podrían tener mayor ventaja respecto a los que cuentan con menos recursos. En tal sentido, existe una marcada diferencia entre actores y su capacidad de incidencia en la resolución del conflicto. Los actores que cuentan con menos recursos tendrán que invertir una mayor cantidad de tiempo y, a su vez, tendrán que hacer un mayor esfuerzo económico y político, mientras que los que cuentan con mayor capacidad económica no tendrán tal desgaste.

Parafraseando a Göbel, Góngora-Mera y Ulloa (2014), las asimetrías de poder dentro de los conflictos ambientales también implican asimetrías de conocimiento e imposiciones hegemónicas en torno a la relación de los actores con el medio ambiente. Ante esto, un actor puede argumentar, por ejemplo, que la explotación intensiva de un recurso está atada al significado de progreso económico de un territorio y tratará de hacer que esa postura sea asumida por encima de otras. Esa valoración de los recursos naturales compite con otro tipo de valoraciones (emocionales, identitarias y éticas). Argumentos científicos, tecnológicos y económicos cobran gran importancia en la legitimidad de los discursos.

Exploración de gas shale en Guasca

En el año 2008, a través de la ronda 2008, la Agencia Nacional de Hidrocarburos (ANH) subastó el bloque Sueva. A este bloque (que comprende la cordillera oriental de Colombia) pertenecen los municipios de Cáqueza, Chipaque, Choachí, Fómeque, La Calera, Ubaté, Gachetá, Gama, Guasca, Guatavita, Junín, Machetá, Manta, Tibirita y Bogotá. Así mismo, comprende un área de 96 106 hectáreas, con 1825 metros cuadrados (Ministerio de Ambiente, Vivienda y Desarrollo Territorial 2011). En la subasta, la compañía chino-canadiense Nexen Petroleum Colombia Limited adquirió el bloque y un año más tarde firmó con el Ministerio de Minas y Energía un contrato para la exploración y producción de gas shale.9 Si bien el bloque Sueva comprende 15 municipios de Cundinamarca, la Nexen Petroleum decidió realizar la exploración en los municipios de Guasca, Guatavita y Junín. A esta exploración, que abarcó un área de 4122,22 hectáreas, la denominó “Perforación exploratoria bloque Sueva sector norte” (Ministerio de Ambiente, Vivienda y Desarrollo Territorial 2011). Luego de que el Ministerio del Medio Ambiente, mediante el auto 2868 del 23 de julio de 2010, declarara que el bloque Sueva no requería licencia ambiental para su desarrollo,10 la Nexen Petroleum comenzó a realizar labores de exploración de gas shale el 12 de octubre de 2011. En las estimaciones de la Nexen Petroleum se proyecta que este bloque cuenta con un potencial de 13 trillones de pies cúbicos (tcf) de gas shale (Nexen 2013), el cual puede ser explotado durante 20 años. Según el Ministerio del Medio Ambiente (2011), para la Nexen Petroleum, las dos áreas de mayor interés (AMI) dentro del bloque Sueva son el área denominada Junín, que comprende las veredas de San Antonio y Junín centro (en el municipio de Junín), y el área Sueva, que comprende las veredas de La Concepción (Guasca) y Juiquín (Guatavita).

De acuerdo con la Agencia Nacional de Hidrocaburos (2009), el trabajo de exploración de hidrocarburos no convencionales de Nexen comprendió cinco fases. La primera fase se denominó “fase cero” y en esta la empresa realizó un trabajo de seis meses de consulta previa con los habitantes del bloque. En esta fase, se afirma que Nexen socializó el proyecto con la comunidad y atendió sus inquietudes. Del mismo modo, atendió las recomendaciones de las autoridades ambientales respecto a los posibles impactos que su actividad ocasionaría en el entorno. Así mismo, analizó la existencia o no de grupos étnicos dentro de su área de trabajo. Según el Ministerio de Ambiente, Vivienda y Desarrollo Territorial (2011), en esta etapa solo hubo algunas observaciones (por parte de las autoridades ambientales) respecto al vertimiento de residuos a ríos y el cuidado del bosque nativo.

Según Nexen (2013), la fase uno y dos comprendió la actividad exploratoria y la perforación de pozos. Estas fueron desarrolladas desde finales de 2011 hasta diciembre de 2013. Durante esas fases la entidad realizó dos perforaciones: una de 5800 pies en la vereda La Concepción y otra en Junín, de 5000 pies. El resultado de las exploraciones fue el hallazgo de 13 trillones de pies cúbicos (tcf) de gas shale (Nexen 2013). Entre tanto, y según la entidad, las fases tres y cuatro, que comprenden la extracción del gas shale, aún no han sido ejecutadas. Para sorpresa de muchos, el 4 diciembre de 2014, la entidad terminó las actividades exploratorias y declaró el área en abandono.11

Problematización de la llegada del proyecto exploratorio a Guasca

Desde la llegada del proyecto exploratorio de gas shale a la vereda La Concepción, de Guasca, la incertidumbre de los habitantes tomó un rol central. La mayoría de estas personas nunca habían visto actividades extractivas de hidrocarburos; la presencia de grandes maquinarias y el flujo constante de vehículos y de personas causó gran conmoción. Si bien algunos de los habitantes de la vereda intentaron conocer de qué se trataba el proyecto, la información brindada por las personas que trabajaban allí fue mínima. Muchas de las dudas fueron incrementándose, a medida que pasaba el tiempo, pues era constante el ruido que hacían las máquinas que estaban en el lugar (lo cual era incómodo para las personas y los animales que allí viven).

Del mismo modo, algunos rumores sobre aguas contaminadas y pastos secos comenzaron a generar preocupación en los habitantes. La incertidumbre fue uno de los elementos centrales durante la exploración de gas shale en esta vereda. Entre tanto y así como los habitantes de la vereda La Concepción no sabían con exactitud de qué se trataba el proyecto exploratorio, muchas personas del municipio de Guasca tampoco tenían conocimiento del fenómeno. Algunos factores como la distancia de la vereda con el casco urbano (40 km), la escasa difusión de impactos ambientales negativos y la poca información proporcionada por los promotores del proyecto extractivo facilitaron que las personas del municipio no tuvieran certezas sobre su naturaleza.12

La olla comunitaria como elemento generador de movilización

El alimento, dentro de las acciones colectivas, no siempre es utilizado como elemento de denuncia. En algunas oportunidades es empleado como una estrategia de cohesión social. En efecto, los actores movilizados buscan que, a través de la alimentación, la comunidad se identifique con los argumentos que ellos emplean para oponerse a proyectos extractivos. Así, no solo es empleado para satisfacer el hambre de las personas, sino que se convierte en un elemento generador de cohesión, el cual a su vez permite revelar problemáticas locales.

En tal sentido, el alimento se convierte en mediador dentro de las dinámicas de un entorno. Juega un rol como mediador y como actor, tal como lo argumenta Latour (2005). Para este autor, un mediador es aquel que contiene información relevante de determinado fenómeno. No solo permite conocer qué otros actores están inmersos dentro de una situación, sino distintas situaciones que hacen parte de un fenómeno. Dado que la alimentación hace parte de la cotidianidad de la vida de las personas, permite conocer las dinámicas sociales, económicas y culturales de determinado lugar.

En esta coyuntura, una de las estrategias empleadas por los integrantes de la ACFM en Guasca ha sido el desarrollo de las ollas comunitarias. Esta estrategia ha buscado no solo que las personas accedan a un alimento, sino que a través de este identifiquen tanto las potencialidades (culturales, sociales y ecológicas) del territorio, como los conflictos que allí se desarrollan. Respecto a esto último, la alimentación se convierte en el elemento que pone en la discusión pública las problemáticas vinculados a la extracción de gas shale a través del fracking. Para autores como Cefaï (2011), las cualidades teatrales, dramatúrgicas y narrativas de una acción colectiva cobran gran relevancia, porque es a través de estas que un movimiento se mantiene unido y adquiere visibilidad. Frente a ello, no siempre se apela a la retórica como elemento de movilización social.

A través de un alimento cotidiano y conocido, que además puede ser gratuito o de poco valor económico (como la olla comunitaria), los integrantes de la ACFM buscan que las personas de Guasca participen de una actividad colectiva y que conozcan las diferentes dinámicas socioeconómicas y culturales del territorio. De igual manera, buscan generar identidad colectiva entre los habitantes del municipio y que las personas cuestionen algunas actividades económicas que ocurren en su entorno. Posiblemente, este tipo de estrategias en algunas oportunidades tenga mayor receptividad que un discurso retórico sobre capitalismo o neoliberalismo.

    En ese contexto, el alimento se considera dotado de historia, costumbres, comunicación y subsistencia (entre otros elementos). La relación que muchos habitantes del municipio han mantenido con su territorio y con los alimentos que en él se cultivan permite que la realización de la olla comunitaria sea exitosa. Desde la recolección de los alimentos hasta el consumo de la sopa, la olla tiene implícitos elementos culturales y políticos. Así mismo, se incentiva la participación de la comunidad, no solo en el consumo de la sopa, sino en el aporte de los ingredientes. Esto implica que las personas se sientan parte de una actividad o proceso que se está desarrollando. Entre tanto, al ser alimentos producidos localmente, las personas se sentirán más identificadas con estos. Del mismo modo, al ver que son estas personas las que preparan la olla, las identificarán como agentes preocupados por las tradiciones alimenticias del municipio.

    Ahora bien, a través de la olla comunitaria, algunas personas han logrado mantener tradiciones familiares y reconocer la relación histórica entre las personas y los alimentos.

    De las raíces que me unen con mi mamá, es la relación con la sopa. Mi mamá fue educada por una tía para que aprendiera a cocinar y lo que más hacía era sopa. Esta tradición se ha mantenido y es algo que no se ha dejado de lado. La sopa que prepara mi mamá es típica del altiplano cundiboyacense, tiene la mezcla de Duitama (Boyacá), donde nació mi mamá, y de Guasca, donde ella ha vivido por mucho tiempo. ¡Eso hace que mi mamá tenga un fuerte lazo con el territorio! Este saber ha sido fundamental, ya que el trabajo con la olla ha permitido que esta tradición no se pierda. Mi mamá sabe mucho de cocina y ella nos ha ayudado a hacer las sopas. Yo me acuerdo que, cuando comenzamos a hacer las ollas, no sabíamos nada y mi mamá nos regañaba… “¡Que esto se pica así!, ¡que esto no se hace así!”. A medida que hemos ido haciendo más sopas, ya hemos aprendido más (entrevista a Luisa Pedraza, 1 de mayo de 2016).

    A partir de lo anterior, se puede inferir que la sopa se torna en un elemento que dota de cierta identidad y tradición histórica la vida de algunos habitantes de Guasca. Si bien en este caso confluyen diversas personas, sensaciones y significados, puede generar cohesión social, tal como lo afirma Escobar (2010). En efecto, la elaboración y el consumo de la sopa pueden coincidir con la necesidad de estar en un territorio de manera digna, donde se preserven las tradiciones del municipio y donde se dé gran importancia al alimento local. En este caso, la participación de mujeres de avanzada edad en las ollas comunitarias permite que la tradición pueda trascender a otras personas. Posiblemente, la preparación de las sopas ha originado que las personas conozcan la historia de su entorno, a través de la voz de la persona que la prepara.

    Entre tanto, a partir de lo señalado por Luisa, se puede evidenciar cómo el alimento también demuestra una práctica de dominación femenina. Como sostiene Belasco (2008), el trabajo en la cocina de muchos hogares ha estado asociado con la esclavitud y la subyugación de las mujeres. En este caso, las mujeres han sido relegadas a la preparación del alimento, mientras que los hombres toman decisiones trascendentales respecto a lo económico, lo político y lo social, dentro y fuera del hogar. No obstante, también se observa cómo cocinar (ya sea por obligación o por costumbre) resulta una estrategia de valoración del alimento y de arraigo territorial.

    Ahora bien, posiblemente la noción más usada, cuando se habla de ollas comunitarias, es el “apoyo mutuo”. En efecto, para muchas personas, una olla comunitaria no puede realizarse si no existe la cooperación de distintos actores. Del mismo modo, muchas veces la realización de una olla comunitaria está intrínsecamente relacionada con componentes políticos. Autoras como Gallardo (1985) y Richer (2000) sostienen que las ollas comunitarias no solo se emplean como elemento de cohesión social, sino como estrategia para cuestionar el poder dominante y el ausentismo estatal.

    El que se una un grupo de personas y entre todas consigan los insumos para una comida, la preparen y la consuman, implica elementos como la colaboración mutua, el intercambio de conocimientos, el diálogo, el aprendizaje y la retroalimentación (entre otros). Esto permite que la comunidad pueda trabajar en conjunto para desarrollar iniciativas en pro de su beneficio, sin depender exclusivamente del Estado y de sus elementos burocráticos. Posterior a esto, las personas encargadas de distribuir la comida deben asegurarse de que la sopa se distribuya de manera equitativa para que todos los asistentes puedan consumirla. De esta manera, se hace un gran énfasis en el trabajo y en el beneficio colectivo.

    No obstante, la olla comunitaria, al tener connotaciones políticas, también genera posturas en contra. En efecto, muchas veces devienen foco de disputas y conflicto entre distintos actores. En este caso, se puede generar conflicto entre aquellos que a través de la olla tienden a denunciar determinada situación y aquellos que se sienten denunciados. Salazar (1994) afirma que algunas veces actividades de este tipo, al tener un mensaje de contenido político, son rechazadas por las personas que se sienten cuestionadas, porque las consideran una amenaza para el poder político dominante. De ese modo, la coerción y el rechazo pueden darse de manera directa o indirecta. Es posible evidenciar lo anterior en espacios donde una persona o varias no están de acuerdo con la ejecución de la actividad.

    Ese día estábamos preparando la olla ahí, en el parque, y pues en esa época no le prestábamos mucha atención a los guantes y los tapabocas y esos temas. Entonces, pues estaba un finquero que es paisa y tiene harto dinero… ¡Ahorita no me acuerdo el apellido!. Pero entonces nos dijo que pues que quitáramos eso de ahí, que esa vaina atentaba contra el buen aspecto del parque, ¿sí?, que eso le daba mal aspecto a los demás puestos que había ahí. Pues nosotros le dijimos que éramos libres de colocar nuestro puesto donde quisiéramos, que si no le gustaba hablara con la Alcaldía y pues ese tipo, como tiene hartos cultivos y tiene dinero, pues no le gustó lo que hacíamos (entrevista a Edwin Gonzales, 30 de abril de 2016).

    El alimento, junto con las personas que lo preparan, puede ser interpretado como algo negativo para el entorno. Posiblemente, si se preparara otro tipo de alimentos y fuera otro tipo de personas las que lo preparasen, el rechazo sería menor. El que una persona utilice su condición socioeconómica para exigir el cese de la actividad implica que posee cierto grado de poder para legitimar o deslegitimar ciertas actividades en el municipio. También se puede evidenciar algún temor en estas personas, al sentir que dichas iniciativas pueden tener eco en los habitantes del municipio y que se pueden generar dinámicas de cuestionamiento frente a las dinámicas socioeconómicas locales.

    Ahora bien, la realización de una olla comunitaria, para muchos, implica reflexionar sobre la manera como se producen los alimentos, los derechos que están en juego y la manera como se ejerce el poder a través de la alimentación. Belasco (2008) utiliza la noción de responsabilidad para destacar el necesario cuestionamiento a la manera como se producen los alimentos y llegan a la mesa. La responsabilidad, en este caso, implica considerar las consecuencias sociales y políticas que están imersas dentro del consumo de un alimento. Muchas personas debaten en la actualidad sobre el papel de los productores, proveedores y consumidores de alimentos y cuál es la intervención del Estado en esto.15 En tal sentido, se han logrado evidenciar diversos discursos y prácticas respecto al acceso y uso del alimento.

    Cuando los integrantes de la ACFM comenzaron a realizar ollas comunitarias en 2012, de manera inicial contaban con el apoyo de la Alcaldía municipal. Esta actividad era desarrollada cada domingo en el parque central del municipio y allí contaban con un espacio donde podían preparar la sopa y ofrecerla a los asistentes. Sin embargo, cuando estos jóvenes comenzaron a cuestionar a algunos políticos y a algunas dinámicas del municipio, el apoyo de la Alcaldía desapareció. Aprovechando que el domingo se reúnen diferentes personas del municipio (entre ellos, los campesinos de las veredas), los integrantes de la ACFM comenzaron a cuestionar la poca relevancia que les da la Alcaldía a los habitantes rurales de Guasca. De ese modo, a través de la sopa y los alimentos que contiene, ellos comenzaron a destacar la importancia de los campesinos en el territorio y de los alimentos que producen. Esto no fue bien recibido por las personas de la administración municipal; ese tipo de cuestionamientos es visto como un cuestionamiento a la Alcaldía. Si bien no hubo una censura directa, el apoyo de la institución comenzó a desaparecer.

    Así mismo, otras confrontaciones entre la administración municipal y los jóvenes de la ACFM se hicieron evidentes. En algunas ollas comunitarias, ellos afirmaban que no tenían afinidad con ningún partido político del municipio, lo cual causó malestar en algunos representantes del gabinete municipal. También se oponían a colocar los logos de la Alcaldía en las actividades de olla comunitaria, lo cual era visto como negativo.

    Entre tanto, algunos temas como apoyar el Paro Nacional Agrario en 2013,16 o cuestionar el plan de ordenamiento territorial del municipio, conllevaron el rechazo de la administración municipal. Algunos políticos del pueblo comenzaron a tildar a estos jóvenes de anarquistas y revoltosos. Por tal razón, durante el mandato del alcalde Francisco Pedraza Vásquez, entre 2012-2015, los integrantes de la ACFM tuvieron algunos inconvenientes con funcionarios de la Alcaldía. En efecto, la olla comunitaria se tornó un elemento de disputa entre ambos. A raíz de esto, comenzó a realizarse esporádicamente y en la actualidad se realiza uno o dos domingos al mes.

    El “buen vivir” y la alimentación

    La noción de “buen vivir” está relacionada con un estilo de vida en el cual la calidad de vida depende de una relación ética y de respeto de los seres humanos hacia la naturaleza. En tal sentido, se considera que no existe separación entre el ser humano y la naturaleza, ya que juntos hacen parte de un solo ser, tal como lo argumenta Gudynas (2011). Para este autor, el buen vivir implica el cuestionamiento a la forma de desarrollo capitalista, donde se concibe a la naturaleza como objeto a someter y explotar intensivamente.

    A su vez, se afirma que dentro del buen vivir, la relación entre las personas no implica jerarquías o disputas de poder, porque se piensa a los seres humanos como iguales. En tal aspecto, el trabajo en comunidad tendrá gran preponderancia, y el amor y la dignidad se convertirán en elementos centrales (Gudynas, 2011). En Guasca, los integrantes de la ACFM han basado su actuación en integrar la defensa de la naturaleza con la idea de una vida digna de los pobladores. 17 Esto lo pone de relieve un integrante de la ACFM, quien habla de la relación del nombre de la organización con la idea del cuidado de la naturaleza y del desarrollo de una vida digna para la comunidad.

    ¿Guasca qué significa? Acá donde vivimos… Guasca tiene montañas, está cercado de montañas, está el páramo, en el páramo está el frailejón, que significa Guaque (el compañero), que es como el que protege el territorio. Es como la fortaleza del territorio, entonces (…) que nos vamos a enfocar más hacia la comunidad, la idea es como buscar el nombre. Entonces, está la montaña y nuestro objetivo es como defender la vida y trabajar con la comunidad. Entonces, entre todos, dijimos: “Asociación Comunitaria Fortaleza de la Montaña” (entrevista a Edwin Gonzales, 30 de abril de 2016).

    En este contexto, se articula la protección de la naturaleza con el trabajo en comunidad. Del mismo modo, cuando se integran elementos de la naturaleza como el frailejón o la montaña con acciones colectivas, se puede evidenciar que no consideran a la naturaleza separada de la comunidad. A pesar de que no se habla explícitamente del buen vivir, se comparten algunos elementos en común con esta corriente de pensamiento. Elementos como soberanía, solidaridad, cooperación, reciprocidad y complementariedad cobran gran relevancia en el cuidado de la vida y en el cuidado del otro, tal como lo manifiesta Magdalena León (2008). Así, cobra gran significado la relación entre las personas y su entorno, basadas no solo en la igualdad de condiciones, sino en las diferencias que cada uno posee y que los hace complementarios. A través de la relación de las personas con la naturaleza se desarrollan dinámicas de arraigo, identidad y sustento. Las personas brindan el cuidado, el uso responsable e intervienen en el desarrollo de los procesos biológicos contextualizados en el entorno.

    Algunos habitantes de Guasca, al estar en constante interacción con ríos, montañas y páramo, pueden tener sentimientos de arraigo por su entorno y utilizar la naturaleza como referente de movilización. La naturaleza es vista por fuera de lo paisajístico; al involucrar la noción de comunidad, se está asumiendo que es parte intrínseca de esta. De este modo, también se piensa como elemento de sustento y se protege para que siga garantizándolo, no solo para que continúe desarrollando su proceso biológico.

    Así como el cuidado de la naturaleza representa un elemento central para el buen vivir, el derecho a la alimentación también adquiere gran relevancia. Esto implica que las personas no solo tengan el derecho de acceder a un alimento, sino que la producción de este no atente contra la naturaleza o contra otros seres humanos. Según Mónica Chuji (2014), el buen vivir implica tener un territorio sano y fértil, donde se cultive solo lo necesario y de manera diversificada. Destinar grandes extensiones de tierra para el cultivo de un solo alimento (monocultivo) va en contra del buen vivir. Además, puede originar diversos impactos socioambientales negativos: desaparición de especies animales y vegetales por desequilibrio ecológico, erosión del suelo, inundaciones y desplazamiento de comunidades locales, tal como lo afirma OXFAM (2014). Su impacto es negativo tanto para los procesos ecológicos de un lugar como para las dinámicas sociales que se desarrollan en este. Por ende, puede deteriorar la calidad de vida de muchas personas que se relacionan y que subsisten del territorio.

    Ahora bien, la producción de alimentos que no atente contra la naturaleza y la diversidad biológica no es el único planteamiento de la noción del buen vivir. Autores como Eduardo Gudynas (2011) sostienen que uno de los objetivos fundamentales de una buena producción de alimentos es el “suma manq’aña” o “comer bien”. Pero ¿qué significa comer bien, en la filosofía del buen vivir? El comer bien va más allá de satisfacer la necesidad de alimentarse; implica consumir alimentos que no atenten contra el cuerpo. También, consumir alimentos en lo posible producidos por la misma comunidad, pues se considera que están frescos y que a través de ellos las personas pueden construir diferentes conexiones con su entorno. Comer bien significa consumir alimentos nativos del territorio, libres de productos químicos. Esto lo puso de manifiesto un habitante de Guasca.

    ¡Nosotros acá tenemos una huerta! Hemos sembrado aguacate, frijol, habas y arvejas. ¡Acá la tierra es muy buena! Lo que queremos acá, a largo plazo, es obtener nuestro propio alimento, que no tengamos que comprar a los supermercados y a los almacenes de cadena. Si trabajamos duro en el terreno, podemos cultivar semillas nativas y después podemos intercambiarlas con los demás. Yo, por ejemplo, en la casa tengo diferentes tipos de frijol y maíz. ¡También tengo quinua! Pero si no hacemos nada, ¡después nos toca comer transgénicos! (entrevista a Víctor Cortés, integrante de la ACFM, el 1 de mayo de 2016).

    A pesar de que no se emplea el término “comer bien”, sí se da gran relevancia a la producción y el consumo de alimentos producidos localmente. Querer producir alimento de manera autónoma está relacionado con la idea de no depender de almacenes o entidades para alimentarse. Al afirmar que las semillas nativas se pueden intercambiar con los demás, se está considerando a este como un elemento de cohesión y comunalismo. Del mismo modo, cuando se comparan los alimentos producidos tradicionalmente con alimentos transgénicos, se está evidenciando una diferenciación entre ambos.

    Si bien puede que no exista una experiencia directa sobre el uso de alimentos transgénicos, estos son utilizados para designar lo que es considerado bueno o malo dentro de la alimentación. El discurso del comer bien, en este caso, está atado a consumir alimentos producidos en su entorno, de manera diversificada y a pequeña escala. De esa forma, estaría relacionado con la producción de algunos alimentos como aguacate, habas y quinua.

    Aunque comer bien, desde el buen vivir, representa una apuesta por consumir alimentos producidos localmente, libres de químicos y que no tengan impactos negativos sobre el cuerpo, aún posee algunos vacíos. Para muchas personas, el consumo de alimentos está relacionado con su capacidad adquisitiva, por lo cual muchas veces les resulta más económico comer alimentos producidos de forma industrial que alimentos orgánicos. En Guasca (como en otros sitios de Colombia), los alimentos producidos orgánicamente son más costosos. Por tanto, la mayoría de veces, quienes compran productos orgánicos son las personas más adineradas.

    Soberanía alimentaria y acción colectiva

    El tema de los alimentos cada vez ocupa un rol más central en las acciones colectivas de grupos que tratan de afrontar conflictos socioambientales en sus territorios. Aunque el acceso a ellos sigue siendo una de las prioridades en estas acciones colectivas, la protección de la naturaleza, su manejo democrático y la eliminación del hambre (entre otros) cobran cada vez mayor relevancia. La noción de soberanía alimentaria se convierte en un elemento articulador de este tipo de preocupaciones. Para autores como Tarditti (2012), no está limitada a la alimentación, desde su producción y difusión en el mercado, sino que abarca el derecho a la alimentación, el acceso y el uso de recursos. A través de la soberanía alimentaria se pone en el contexto político el manejo de la alimentación, las distintas dinámicas de producción y el papel de los pobladores locales en su gestión.

    En Guasca, la ACFM aún no integra la soberanía alimentaria en profundidad a sus estrategias de oposición a los proyectos extractivos energéticos. Sin embargo, apela a algunos de sus elementos. Estas personas han articulado preocupaciones en torno a la alimentación con cuestiones medioambientales y laborales. Un ejemplo de ello ha sido el cuestionamiento al desarrollo de monocultivos de flores, el cual ha sido considerado nocivo para las personas y para la diversidad de especies vegetales del territorio. Uno de los principales argumentos para rechazar esta práctica es que entienden que en la producción de flores se acaparan tierras fértiles y gran cantidad de agua, lo que impide que otras especies vegetales puedan crecer en esos lugares. Con frases como “¿usted sabe cuánta agua se utiliza para mantener viva una flor?” o “no regale flores, regale semillas nativas”, los integrantes de la organización buscan persuadir a las personas sobre la afectación ambiental que produce el cultivo de flores.

    Otra de las discusiones que ponen en consideración los integrantes de la ACFM se centra en el cuestionamiento a prácticas productivas que involucran químicos nocivos para el medio ambiente. En este caso, sostienen que el uso intensivo de productos químicos puede contaminar las fuentes hídricas del municipio y afectar de manera negativa las especies animales y vegetales que allí viven. Autores como Starr (2010) afirman que la preocupación de muchas personas por consumir alimentos libres de compuestos químicos puede generar procesos de resistencia y movilización local y global. De este modo, a medida que se juntan personas interesadas en rechazar el uso de productos químicos en los alimentos, la latencia de movilización cada vez se hará más grande.

    No obstante, la postura de Starr da poca relevancia a campesinos que, por circunstancias económicas, aún utilizan productos agroquímicos. En Guasca, son diversos los actores que lo hacen, no necesariamente porque quieran deteriorar su entorno, sino por la falta de acceso a otras técnicas agrícolas. Aunque los integrantes de la ACFM rechazan este tipo de prácticas, aún no han abordado a esos campesinos, para plantear otras formas de producción agrícola.

    A pesar de que muchas organizaciones no interpelan a un discurso netamente alimentario, encuentran puntos de convergencia con otras que tratan en profundidad temas como la soberanía alimentaria. Vía Campesina ha logrado articular organizaciones y actores civiles en torno a temas relacionados no solo con la alimentación, sino con el medio ambiente, los derechos de las mujeres, el rechazo a conflictos bélicos y al modelo económico neoliberal (Tarditti 2012). Según Tarditti (2012), Vía Campesina hace énfasis tanto en los pequeños agricultores como en los distintos actores que de una u otra forma tratan que las comunidades puedan acceder a la tierra, el agua y el alimento, de manera digna. Al igual que esta, otras organizaciones (entre ellas la ACFM) han logrado generar redes de apoyo con diversas organizaciones locales, regionales y nacionales. Si bien algunas se enfocan en temas como género, conflictos socioambientales y acueductos comunitarios, consideran que la alimentación no puede estar desligada de las problemáticas socioeconómicas actuales. En tal sentido, diversos foros y encuentros organizacionales han enfatizado estos temas.

    Conclusiones

    La alimentación va más allá de que una persona coma o no. En este caso, se puede observar que una olla comunitaria convoca a que las personas consuman un alimento, pero también permite que se pongan sobre la mesa discusiones relacionadas con las dinámicas sociales, políticas y económicas de determinado lugar. Los integrantes de la Asociación Comunitaria Fortaleza de la Montaña han logrado, en cierta medida, problematizar el uso del fracking en el municipio de Guasca, evidenciando la importancia que tiene el alimento consumido localmente. Este implica elementos como el arraigo, las tradiciones culturales, la economía local, las redes construidas localmente y la subsistencia (entre otros). Al promoverse la sensibilización respecto a algo tan importante como el acceso y uso del alimento, se puede generar en algunos de los habitantes del municipio rechazo frente a los proyectos extractivos a desarrollarse en este lugar.

    Cuando una olla comunitaria se usa como elemento político, se producen dinámicas conflictivas entre algunos actores del municipio. Los integrantes de la ACFM entran en conflicto con algunos de los habitantes del municipio debido a que existe un cuestionamiento tanto de los proyectos extractivos que se pueden desarrollar en el lugar como de las dinámicas socioeconómicas. Para algunas personas, en cierta medida, puede resultar negativo evidenciar las relaciones de poder desiguales que se desarrollan en Guasca. Cuando esto tenga eco en los habitantes del municipio, pueden existir dinámicas de cuestionamiento y oposición. Así, ya no serían solo los integrantes de la ACFM quienes cuestionen las dinámicas socioeconómicas del municipio, sino muchos de sus habitantes.

    Ahora bien, en la actualidad, nociones como el buen vivir están intrínsecamente relacionadas con la alimentación. No solo se piensa en el consumo de uno u otro alimento, sino en la forma en que estos son producidos y las implicaciones socioambientales de dicha producción. Un elemento que cada día cobra mayor relevancia es la noción de soberanía alimentaria. Esta no debe pensarse exclusivamente como discurso, sino como acción movilizadora. En efecto, la soberanía alimentaria articula actores, preocupaciones en torno al acceso y uso de los alimentos y cuestiones económicas, ambientales, políticas y sociales de un territorio. Si bien los integrantes de la ACFM no emplean la noción de soberanía alimentaria, sí usan algunos de sus elementos. En tal sentido, buscan oponerse a proyectos extractivos, apelando a la importancia del cuidado del territorio y de las especies del lugar.

    Para algunos integrantes de la ACFM, los alimentos implican un estilo de vida y una apuesta a futuro. Consideran que, a medida que adquieran mayor autonomía en la producción de alimentos, también adquirirán mayor autonomía política y social. La importancia de los alimentos tradicionales del municipio se junta con la participación de los habitantes locales, para lograr así sentimientos de arraigo y solidaridad.

    La olla comunitaria no solo se emplea como estrategia para brindar alimento a la comunidad; cumple la función de elemento integrador de distintos actores y mediador de algunas dinámicas del territorio (comercio, agricultura, espacios culturales y políticos). A través de la preparación de un alimento (la sopa), se puede identificar parte de la historia de un lugar, la historia de sus habitantes y distintas relaciones que se han tejido alrededor de la comida.

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    1Municipio del departamento de Cundinamarca, en Colombia. Se encuentra ubicado a 50 kilómetros de Bogotá. Hace parte de uno de los ecosistemas de páramo con mayor potencial hídrico y biológico de Colombia, el páramo de Chingaza.

    2Según la Asociación para la Defensa del Patrimonio Natural y Cultural de Siecha (Asosiecha), en 1988 la Compañía Consultora de Estudios y Proyectos Ambientales EPAM Ltda. desarrolló un análisis de suelos en Guasca, el cual evidenció un gran potencial de arena y grava. Esto originó que algunas entidades dedicadas a la minería, como Congravas Ltda., solicitaran a las autoridades ambientales autorización para explotar materiales como arena y grava (Asosiecha 2016).

    3Así como los integrantes de la ACFM afirman que un proyecto extractivo de este tipo es nocivo para el municipio, algunos campesinos y habitantes de Guasca también destacan esta actividad como negativa para las dinámicas socioeconómicas y ambientales del territorio.

    4Edwin Gonzales y Luisa Pedraza se han opuesto a los proyectos extractivos desarrollados en los últimos años en Guasca. Tanto ellos como otros integrantes de la ACFM han buscado que los habitantes del municipio reconozcan los recursos naturales que los rodean y, a partir de este reconocimiento, desarrollen dinámicas para su defensa.

    5También conocido como gas de pizarra, de esquisto o de lutita. Se encuentra enquistado dentro de bloques de rocas sedimentarias, por tal razón su extracción requiere una perforación horizontal, en la que se inyectan al suelo agua, arena y otros compuestos químicos.

    6La fuente de esta información es el acompañamiento que se realizó entre 2015 y 2016 a las distintas actividades de oposición de los integrantes de la ACFM a los proyectos extractivos que se desarrollaban en Guasca. Ello permitió evidenciar diversas actividades culturales, deportivas y formativas basadas en generar procesos de arraigo en los habitantes del municipio.

    7Un ejemplo de esto es el Festival del Guaque, el cual se desarrolla anualmente y consiste en evidenciar problemáticas territoriales a través de obras de teatro, puestas musicales y demás actividades artísticas.

    8Eduardo Gudynas y Graciela Evia (1991) definen la ecología social como “el estudio de los sistemas humanos en interacción con sus sistemas ambientales”.

    9El bloque Sueva se suma a tres bloques más con los que cuenta la Nexen Petroleum (Barbosa, Chiquinquirá y Garagoa).

    10Si bien el Ministerio del Medio Ambiente es quien otorga o niega las licencias ambientales para proyectos de este tipo, entidades como la Corporación Autónoma del Guavio (Corpoguavio), la Corporación Autónoma Regional (CAR) y el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH) también tienen gran injerencia en su aceptación o rechazo.

    11La declaración de abandono y restauración final se desarrolla cuando la fase exploratoria ha llegado a su fin y queda pendiente para una futura explotación.

    12Se afirma esto, luego de consultar con 12 estudiantes de los colegios públicos del municipio (que prestaban servicio social a la ACFM) acerca de su opinión sobre la trascendencia de la exploración de shale gas en la vereda La Concepción, de Guasca. Todos los estudiantes manifestaron que no conocían acerca de este suceso y, a su vez, aseguraron que sus familias no tenían conocimiento del tema.

    13“Los ahumados” era la forma en que se conocía a los habitantes de Guasca antiguamente. Este apodo se originó debido a que la mayoría preparaba sus alimentos con leña, al aire libre. Como resultado, se veía constantemente una humareda, que alcanzaba las ollas y todo a su alrededor.

    14En un reportaje, la periodista Mónica Rivera (2017), del diario El Espectador, destaca la labor de tres mujeres habitantes de Guasca, quenes durante casi toda su vida se han dedicado a conservar las tradiciones culturales de su territorio y a dignificar la labor de la mujer en el territorio rural. Dos de estas mujeres, doña Teresa Gutiérrez (campesina que elabora arepas de trigo y una bebida fermentada llamada chicha) y doña Teresa González (que cultiva fresas) conservan sus saberes históricos a través del alimento y, en algunas oportunidades, tratan de replicarlos.

    15El estudio Natalia Robledo Escobar “Higiene y panela: cambios en el discurso y las políticas del Estado colombiano en el marco de las transformaciones neoliberales” ejemplifica el asunto. Analiza la manera en que el Estado colombiano ha regulado la producción del endulzante llamado panela y cómo se han modificado los discursos y políticas respecto al tema.

    16El paro se originó debido a la inconformidad que manifestaban los campesinos con las condiciones económicas y sociales que enfrentaban. Elementos como el Tratado de Libre Comercio sostenido entre Colombia y Estados Unidos, el acceso a la tierra, la prohibición de semillas producidas localmente y el rezago del campo fueron algunos cuestionamientos de las personas movilizadas (Salcedo, Pinzón y Duarte 2013).

    17Referida a que no sean explotados económicamente, que puedan disfrutar de los recursos naturales que los rodean y tengan el poder de decidir sobre el desarrollo socioambiental de su municipio.

    Recibido: 21 de Noviembre de 2018; Aprobado: 01 de Febrero de 2019

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