Introducción
“La historia no se repite, pero a menudo rima”
Mark Twain
El sistema internacional atraviesa actualmente por un proceso de fragmentación y reconfiguración estructural (Bew 2018). Ya desde 2013, la historiadora Margaret MacMillan advertía esta tendencia global en su trabajo The rhyme of history: Lessons of the Great War:
Estamos presenciando, al igual que el mundo de 1914, cambios en la estructura de poder internacional, con potencias emergentes que desafían a las establecidas […] Y ahora, como entonces, la opinión pública puede dificultar a los estadistas la maniobra y la desactivación de hostilidades. Aunque a los líderes políticos les gusta creer que pueden usar el sentimiento popular para sus propios fines, a menudo descubren que puede ser impredecible (MacMillan, 2013).
Al respecto, una de las principales características que subyace a esta transición geopolítica global es la competencia estratégica entre Estados Unidos y China (Brands y Cooper 2021), la cual se ha mantenido en niveles altos desde 2018 (gráfico 1; Winkler 2023). Al respecto, cabe señalar que para Breitenbauch (2019) la competencia estratégica “es una intensificación de las relaciones entre grandes potencias hasta el punto de la rivalidad, pero por debajo del nivel de conflicto real”.
Por su parte, Van de Velde (2024) define a la competencia estratégica como
una actividad competitiva [sic] entre Estado y Estado, en algún punto entre la cooperación y la guerra total, pero notablemente por debajo del conflicto armado y la violencia. Dicha competencia implica espionaje, competencia económica y robo de propiedad intelectual, intensa competencia en el ciberespacio, sanciones [económicas], operaciones de información, lawfare [o guerra jurídica], posicionamiento de fuerzas militares, amenazas diplomáticas y militares, intimidación, tráfico de alianzas y maniobras diplomáticas, siempre y cuando ninguna de estas actividades implique violencia, muerte o destrucción.
La reconfiguración del sistema internacional, y especialmente la competencia estratégica Estados Unidos-China, resulta menos abstracta al analizar lo que sucede en el hemisferio occidental. En este sentido, hay razones objetivas para argumentar que la región de América Latina y el Caribe se ha convertido en otro escenario de esta rivalidad entre Estados Unidos y China, debido a una serie de imperativos político-diplomáticos, económico-comerciales, tecnológicos y geoestratégicos.
En paralelo, algunos académicos han anunciado el retorno de la geopolítica a nivel global (por ejemplo: Meade 2014; Berg y Brands 2021; Almqvist y Linklater 2022). Al respecto, aunque no concierne propiamente al objeto central de este artículo, es menester señalar brevemente que la geopolítica -como estudio y práctica- nunca se fue de América Latina y el Caribe, ni perdió poder explicativo para estudiar las principales dinámicas políticas, económicas y de seguridad de la región; no obstante, se trató de un sistema global unipolar (Carbajal Glass 2023, 109). Allende a esta discusión, que erróneamente podría considerarse más de forma que de fondo, es innegable que la geopolítica hoy por hoy ha recobrado su vigencia a la luz de la competencia estratégica entre Estados Unidos y China, y particularmente de la política exterior estadounidense en la región a partir del segundo mandato del presidente Donald Trump. En este sentido, es indicativa la manera en que se percibe a la región de América Latina y el Caribe en la Estrategia de Seguridad Nacional 2025, publicada en diciembre pasado:
Tras años de abandono, Estados Unidos reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental y proteger nuestro territorio nacional y nuestro acceso a geografías clave en toda la región. Negaremos a competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales en nuestro hemisferio. Este “Corolario Trump” de la Doctrina Monroe es una restauración sensata y contundente del poder y las prioridades estadounidenses, coherente con los intereses de seguridad de Estados Unidos (Casa Blanca 2025, 15).
Considerando lo anterior, pareciera que la política exterior de la administración Trump ha regresado a pensar en clave del siglo XIX lo que está sucediendo en el hemisferio occidental en pleno siglo XXI. En efecto, la historia no se repite a sí misma, pero con frecuencia rima. Pero si la historia rima, es porque hay elementos objetivos que lo permiten.
Por ello, la pregunta que guía este artículo es la siguiente: ¿se pueden aplicar los principios de la geopolítica clásica para analizar la política exterior de la segunda administración Trump en América Latina y el Caribe, en el contexto de la intensificación de la competencia estratégica Estados Unidos-China en la región? Responder esta pregunta contribuirá a darle un ordenamiento teórico al análisis geopolítico actual de la competencia estratégica Estados Unidos-China en el hemisferio occidental, pero especialmente la respuesta estadounidense ante la creciente influencia china en la región.
Es menester señalar que las perspectivas teóricas del pensamiento geopolítico chino escapan de este artículo. El hecho de que la investigación se centre en el canon occidental de la geopolítica clásica no solo es para analizar el comportamiento de Estados Unidos sino, a la par, anticiparse a posibles eventos que puedan generar incertidumbre en el hemisferio occidental. No obstante, es necesario demostrar empíricamente el grado de influencia china en América Latina y el Caribe a través de las transformaciones en patrones comerciales, de financiamiento, e inversión extranjera directa, a fin de contextualizar la política exterior estadounidense del segundo mandato del presidente Trump en la región.
En este sentido, este artículo se encuentra alineado al área temática “Geopolítica y estrategias de poder”. Su estructura es la siguiente: la primera parte, “América Latina como escenario geopolítico de la competencia estratégica”, provee un contexto breve sobre la reconfiguración de América Latina y el Caribe en el contexto de la competencia Estados Unidos-China; enfatiza tres variables: el comercio, financiamiento y préstamos, e inversión extranjera directa. La segunda parte, “Geopolítica clásica y competencia EU-China en América Latina y el Caribe”, revisa de manera exhaustiva la geopolítica clásica de Rudolph Kjellén, Karl Haushofer y Halford Mackinder en la América Latina del siglo XXI. En este sentido, se contrastará la política exterior estadounidense con la geopolítica clásica, en tanto disciplina y cuerpo teórico. Finalmente, el artículo termina con una serie implicaciones geopolíticas para América Latina y el Caribe.
Metodología
Esta investigación se sustenta en una metodología cualitativa, específicamente en el enfoque hermenéutico-interpretativo. El concepto de Gadamer (2001), “fusión de horizontes”, da la pauta para interpretar textos geopolíticos clásicos en contextos actuales. En este sentido, Gadamer (2001, 375) señala: “Ganar un horizonte quiere decir siempre aprender a ver más allá de lo cercano y de lo muy cercano, no desatenderlo, sino precisamente verlo mejor integrándolo en un todo más grande y en patrones más correctos”. Lo anterior permite abordar la pregunta de investigación de este artículo y, consecuentemente, aplicar los conceptos centrales de la geopolítica clásica al contexto de la competencia estratégica entre Washington y Beijing en América Latina y el Caribe.
Asimismo, como parte de la metodología se recurrirá a literatura académica arbitrada sobre geopolítica; a estudios de organismos internacionales gubernamentales, como la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), y a otros análisis publicados en medios especializados y reportes de tanques de pensamiento con reconocida trayectoria en la materia. Para lo anterior, como sugieren Bazzell (2019, 501), Hobbs, Moran y Salisbury (2014) y Lawrence (2023), se utilizarán técnicas de inteligencia de fuentes abiertas (OSINT),1 a fin de estructurar un conjunto de datos de noticias y literatura académica sobre el objeto de estudio.
América Latina como escenario geopolítico de la competencia estratégica
América Latina y el Caribe se han transformado en un escenario geopolítico de este pulso sino-estadounidense, debido a una convergencia de imperativos político-diplomáticos, económico-comerciales, tecnológicos y geoestratégicos (Carbajal Glass 2023, 105). No obstante, esta transición de poder se manifiesta no solamente en términos económicos, tecnológicos y geoestratégicos, sino también en la capacidad de respuesta ante crisis globales. Por ejemplo, la pandemia puso de relieve la competencia Estados Unidos-China en diversas regiones del mundo (Rigger y Montagne 2023; Wilson 2021), incluyendo América Latina y el Caribe (Actis y Creus 2021). Concretamente, un caso paradigmático de esto fue la “diplomacia de vacunas” desplegada durante la pandemia de Covid-19. Mientras Estados Unidos adoptó inicialmente un enfoque nacionalista en la distribución de vacunas, China implementó una estrategia sanitaria global que le permitió ganar influencia política significativa a través de la provisión de vacunas y equipos médicos a países latinoamericanos. Así, la diplomacia de vacunas que Beijing ejecutó en la región tuvo ramificaciones político-diplomáticas y económico-comerciales que favorecieron los intereses geopolíticos del país asiático (Méndez 2021).
Dicho lo anterior, a continuación, se provee un contexto breve sobre la reconfiguración de América Latina y el Caribe en el contexto de la competencia Estados Unidos-China, enfatizando tres variables: el comercio, el financiamiento y préstamos, y la inversión extranjera directa (IED).
Transformación del comercio internacional regional
La evidencia empírica más contundente del reposicionamiento geopolítico latinoamericano se encuentra en la evolución de los patrones comerciales regionales. En 2000, Estados Unidos era el principal socio extraterritorial de todos los países de América Latina y el Caribe, mientras China no tenía presencia comercial significativa en la región. Para 2023, la situación se había transformado dramáticamente: una parte sustancial de los países de América del Sur y algunos de Centroamérica tenían a China como su principal socio comercial (Comtrade 2024; Kroenig, Marczak y Cimmino 2024).
A pesar de que Estados Unidos mantiene su posición como el principal socio comercial de América Latina y el Caribe a nivel regional (SELA 2024, 30-34; Roy 2023, 3-5), las proyecciones indican que, de mantenerse la tendencia actual, en la próxima década el comercio total entre China y América Latina superará el intercambio comercial que la región mantiene con Estados Unidos (Prazeres, Bohl y Zhang 2021). Esta proyección podría acelerarse considerablemente debido a la política comercial que la administración Trump implementó desde abril de 2025, particularmente mediante la imposición de aranceles a diversos países del hemisferio occidental. Las estimaciones más optimistas sugieren que el comercio China-América Latina y el Caribe podría dispararse más allá de los USD 700 000 millones para 2035 (Stevenson-Yang y Tugendhat 2022).
Los datos de la Administración General de Aduanas de la República Popular China revelan que el monto total del comercio entre China y América Latina y el Caribe alcanzó los USD 482 600 millones en 2022 (Adachi 2023, 70). Las importaciones chinas provenientes de la región sumaron USD 231 100 millones, que se concentraron principalmente en minerales (32 %) y energéticos (12 %), incluyendo combustibles minerales y petróleo. Por el lado de las exportaciones, China envió productos valorados en USD 251 500 millones a la región, entre los que se destacan maquinaria y equipo eléctrico (23 %), dispositivos mecánicos y de maquinaria (14 %), y vehículos automotores y autopartes (8 %). Esta configuración comercial refleja un patrón típico centro-periferia, donde la región exporta commodities o materias primas e importa manufacturas de creciente sofisticación (SELA 2024, 35).
Financiamiento y préstamos
La dimensión financiera de la presencia china en la región constituye otro indicador fundamental de su influencia creciente. El análisis del número y monto de préstamos chinos durante el período 2005-2023 revela patrones interesantes que coinciden con coyunturas económicas globales específicas. Se observa un incremento notable de los préstamos en 2009, año inmediato posterior a la crisis financiera global que afectó severamente a América Latina (Ocampo 2009; Bruzzone 2023). Posteriormente, los préstamos se redujeron en 2021, año que abarcó la pandemia por Covid-19. A pesar de que desde entonces China redujo considerablemente sus préstamos en América Latina y el Caribe (Myers y Ray 2024), los préstamos chinos alcanzaron USD 1,3 mil millones en 2023, monto superior a los préstamos estadounidenses de ese mismo año, que alcanzaron USD 863 millones (Diálogo Interamericano 2024).
Inversión extranjera directa
La Inversión extranjera directa (IED) representa el ámbito donde China presenta mayor rezago comparativo con Estados Unidos. Datos la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) de 2015 y 2019 muestran que China no se encontraba entre los principales 10 países inyectores de IED en la región. Más significativo aún, en 2019 se registró un aumento de USD 11 000 millones en la IED estadounidense (UNCTAD 2021, 56). Esta tendencia se mantuvo en 2022, cuando Estados Unidos lideró nuevamente la lista de los principales países inyectores de IED y alcanzó USD 294 000 millones (UNCTAD 2024, 11). Durante ese año, la IED en América Latina y el Caribe aumentó 55,2 %, lo que representa su máximo valor histórico (CEPAL 2023, 26-28), pero China siguió sin aparecer como uno de los principales inversionistas. Por su parte, la IED china en América Latina y el Caribe ascendió aproximadamente a USD 12 000 millones en 2022, lo que representa solamente el 9 % del total de IED en la región ese año (Dussel Peters 2023, 4). Esta cifra se encuentra significativamente por debajo de los USD 40 000 millones que tanto Reino Unido como Chile invirtieron en la región durante 2022.
Geopolítica clásica y competencia EE. UU.-China en América Latina y el Caribe
Teniendo en cuenta que hay razones objetivas para argumentar que la región de América Latina y el Caribe se ha convertido en otro escenario de la competencia Estados Unidos-China, es menester señalar que esta ocurre bajo claves y criterios eminentemente geopolíticos. Debido a lo anterior, en este artículo se presentan los principios que propone la geopolítica clásica, en tanto disciplina y cuerpo teórico.
Aun cuando hay un innegable legado imperialista y racista que subyace al concepto (Herrera Santana 2018, 5), e incluso su origen se remonta a la propia consolidación del Estado-nación moderno, particularmente a sus expresiones más recalcitrantes de orden, control y disciplinamiento (Cowen y Smith 2009, 25-30; Foucault 2008, 135-156), la geopolítica mantiene su vigencia para analizar las principales dinámicas de la política internacional contemporánea. Por ello, esta tesis reconoce las claves que la geopolítica, como campo del conocimiento que combina prácticas y representaciones sobre el espacio (Blanchard y Flint 2017, 232), ofrece sobre “las fronteras, los recursos naturales, los flujos, los territorios y las identidades” (Dodds 2007, 3). Lo anterior adquiere particular relevancia en el contexto de la competencia estratégica Estados Unidos-China por los minerales críticos en América Latina y el Caribe, toda vez que “la geopolítica implica la práctica de que los países controlen y compitan por territorios” (López et al. 2022, 118).
En su sentido más clásico y genérico, Rudolph Kjellén definió a la geopolítica como “la influencia de los factores geográficos, en la más amplia acepción de la palabra, en el desarrollo político […] de los pueblos y Estados” (Atencio 1982, 24-25).2 Al respecto, cabe señalar que la definición clásica de Kjellén mantiene plena vigencia en el contexto actual de competencia estratégica Estados Unidos-China en América Latina y el Caribe, donde los factores geográficos determinan fundamentalmente las dinámicas políticas de los países de la región. Por una parte, la proximidad geográfica con Estados Unidos ha facilitado que la doctrina Monroe se haya convertido históricamente en un disuasor geopolítico en el hemisferio occidental frente a otra potencia extrarregional (Wilson III 2025) -algo que la segunda administración Trump busca reinstaurar-. No obstante, China ha trascendido este determinismo geográfico3 mediante la conectividad digital, comercial y financiera, demostrando que en el siglo XXI la geografía incluye dimensiones virtuales y económicas y diplomáticas que redefinen la influencia política -como ya se ha dicho anteriormente, por ejemplo, la diplomacia de vacunas durante el Covid-19-.
En este sentido, los diversos recursos naturales en América Latina y el Caribe actúan como imanes geopolíticos que generan, por una parte, el interés chino y, por el otro, la preocupación estadounidense. Así, esta nueva geografía económica se traduce directamente en influencia política, y se evidencia en países como Chile y Perú que han reorientado parcialmente sus políticas exteriores hacia China, en buena medida por la creciente dependencia comercial con dicho país asiático. Las rutas comerciales del Pacífico favorecen naturalmente la integración de países del Cono Sur con Asia, mientras que la geografía de México y el Caribe mantiene la influencia tradicional estadounidense. Esta realidad geográfica condiciona las decisiones políticas estratégicas de los países latinoamericanos, desde la adhesión -o no- a la Iniciativa de la Franja y la Ruta, hasta las posturas adoptadas en organismos multilaterales. La competencia estratégica Estados Unidos-China pone de relieve que, para el caso de América Latina y el Caribe, la geografía sigue siendo un factor estructural que moldea el desarrollo político de países y naciones enteras.
Es necesario señalar que la definición clásica de Kjellén sentó las bases para entender a la geopolítica como una disciplina “caracterizada por ser una intersección entre la ciencia política, la geografía política, la estrategia militar y la teoría jurídica del Estado” (Vesentini 2000, 15). Más aún, en sus orígenes la geopolítica fue elevada al grado de ciencia. El propio Kjellén, por ejemplo, la definió como “la ciencia que concibe al Estado como un organismo geográfico o como un fenómeno en el espacio” (Atencio 1982, 23). Posteriormente, Karl Haushofer, el controversial fundador de la escuela alemana, ubicaría a la geopolítica como “la ciencia que trata la dependencia de los hechos políticos con relación al suelo. Se basa sobre los amplios cimientos de la geografía, en especial de la geografía política, doctrina de la estructura espacial de los organismos políticos” (1997, 33).
En este sentido, el pensamiento geopolítico de Karl Haushofer mantiene una relevancia significativa al momento de analizar la competencia estratégica sino-estadounidense en América Latina y el Caribe. El desarrollo de Haushofer del concepto de “espacio vital” (Lebensraum) -inicialmente propuesto por Friedrich Ratzel a finales del siglo XIX- encuentra eco en la búsqueda china de nuevas esferas de influencia económica mediante la Iniciativa de la Franja y la Ruta, que se ha posicionado en el hemisferio occidental a través de inversiones en infraestructura, puertos y proyectos energéticos.
Concretamente, la postura haushoferiana sobre el poder marítimo versus el poder terrestre cobra vigencia cuando observamos cómo China desafía la hegemonía naval estadounidense, al establecer puertos estratégicos como Chancay en Perú, o expandir su influencia en el canal de Panamá. Estados Unidos, por su parte, percibe estas incursiones como amenazas a su “espacio vital” hemisférico. El determinismo geográfico de Haushofer se manifiesta en cómo ambas potencias explotan las ventajas geoeconómicas regionales en la actualidad: China aprovecha la necesidad latinoamericana de inversión en infraestructura y diversificación comercial, mientras que Estados Unidos capitaliza su proximidad geográfica y vínculos históricos. Más aún, la competencia por recursos naturales estratégicos -por ejemplo: litio, cobre, petróleo- refleja la lucha haushoferiana por el control de espacios geográficamente estratégicos. Relacionado con lo anterior, Haushofer argumentó que el centro del poder mundial se había desplazado del Atlántico al Pacífico
Cabe señalar que las propuestas teóricas de Kjellén, Haushofer y Mackinder (este último se desarrolla más abajo) comparten la naturaleza multidisciplinaria de la geopolítica, así como su aplicación práctica en el análisis del poder territorial. Este énfasis compartido, con algunas adhesiones o variaciones de contexto, se repite a lo largo de la historia de la geopolítica clásica como cuerpo teórico. Haushofer, por ejemplo, señala:
Los descubrimientos de la geografía, en cuanto al carácter de los espacios de la tierra, representan el armazón de la geopolítica. Los acontecimientos políticos han de ocurrir dentro de este armazón para tener consecuencias favorables permanentes (citado en Atencio 1982, 25-26).
China ha comprendido que el “armazón geopolítico” latinoamericano ofrece ventajas estructurales: proximidad geográfica a Estados Unidos, abundantes recursos naturales, acceso a mercados y rutas comerciales críticas. Concretamente, la relevancia del poder territorial retoma preponderancia en el contexto de la competencia estratégica entre Estados Unidos y China en la actualidad, dado su interés en tener acceso, explotar y controlar las cadenas de suministro de vastos yacimientos de minerales críticos en el hemisferio occidental. Por lo anterior, Haushofer (1997, 15) se concentró en la relación entre el acceso y la posesión de recursos para sobrevivir a las “grandes potencias”, lo que sugiere que en un primer momento, la geopolítica haushoferiana tuvo un cariz eminentemente defensivo.
Este énfasis haushoferiano en el suelo adquiere relevancia en la competencia estratégica entre Estados Unidos y China, máxime si consideramos que los minerales críticos se encuentran condicionados por geografías locales (Carbajal Glass 2020, 150), debido principalmente a su alta concentración geográfica (Cohen 2023). Dicho de otro modo, la geopolítica de los minerales críticos hace que lugares geográficamente aislados, remotos y administrativamente pequeños se puedan convertir en “espacios globales”.4 No obstante su aparente dimensión local, estos espacios globales adquieren relevancia internacional debido a que se insertan en las leyes de la oferta y la demanda global por los minerales críticos. En palabras de González Martínez (2022, 8), debido a la criticidad de recursos minerales, se lleva a cabo “la incorporación de territorios a los circuitos globales del capital”. Relacionado con lo anterior, Haushofer menciona lo siguiente en uno de sus últimos escritos:
No por accidente se encuentra la palabra ‘Politik’ precedida por ese pequeño prefijo ‘geo’. Este prefijo significa mucho y demanda mucho. Es el que relaciona a la política con el suelo. Libera a la política de las teorías áridas y frases insensibles que podrían atrapar a nuestros líderes políticos en inútiles utopías. Los regresa a tierra sólida. La Geopolitik demuestra la dependencia de todos los desarrollos políticos en la realidad permanente del suelo (Haushofer 1998, 33).
Así, la geopolítica en su acepción más clásica se ha revigorizado actualmente desde el momento en que, tanto Estados Unidos como China, compiten por instrumentalizar el espacio territorial en diversas regiones con países del sur global. Tener conocimiento de lo anterior permite que la geopolítica adquiera un valor explicativo, especialmente al estudiar el comportamiento de los Estados Unidos y China en su competencia por los minerales críticos en América Latina y el Caribe.
En este orden de ideas, la teoría del poder terrestre -o Heartland- del británico Halford Mackinder, delineada en el texto seminal The Geographical Pivot of History, adquiere particular pertinencia en una época como la actual, marcada por un escenario de competencia estratégica -en ese entonces la competencia se libraba por la hegemonía de Europa, primero entre Gran Bretaña y el Imperio Ruso y, posteriormente, entre Gran Bretaña y Prusia, ante el despunte de ésta última como potencia europea-.5 En síntesis, Mackinder (1904, 435) identificaba el control del corazón continental euroasiático -Heartland- como clave para el dominio mundial. Este espacio abarca lo que hoy es Rusia, las exrrepúblicas soviéticas del centro de Asia -Kazajstán, Kirguistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán- y tiene límite con la cuenca del mar Caspio. Por lo anterior, hay razones para considerar a la teoría de Mackinder como eminentemente geográfica, en el sentido de que resalta un vínculo geoestratégico entre el control efectivo de la tierra y el poder político:
El equilibrio real del poder político en un momento dado es, desde luego, el producto, por un lado, de las condiciones geográficas, tanto económicas como estratégicas, y, por el otro, del número relativo, la virilidad, el equipamiento y la organización de los pueblos en competencia (traducción propia de Mackinder 1904, 437).
Se puede decir, por lo tanto, que la visión de Mackinder concebía al espacio territorial bajo una lógica de dominación y poder (Barrera y Oropeza 2023, 121). Por ello, su pensamiento geopolítico sigue siendo aplicable para analizar la competencia estratégica entre Estados Unidos y China en América Latina y el Caribe, aunque, ciertamente, requiere una reinterpretación a la luz de la reconfiguración del hemisferio occidental en el siglo XXI (Carbajal Glass 2025).
En primer lugar, el pensamiento mackindereano encuentra paralelos con la actual disputa por zonas de influencia en el hemisferio occidental. China proyecta poder e influencia crecientes hacia lo que Estados Unidos considera tradicionalmente su esfera de influencia, recreando dinámicas similares a las que Mackinder observó entre potencias euroasiáticas -y para quienes era fundamental el principio geopolítico de la negación del control territorial a un competidor estratégico-. De lo anterior se infiere que la geopolítica de Mackinder también incluye negar la efectividad del control territorial a otras potencias (Brewster 2017, 270). Este principio geopolítico de la negación del control territorial se puede aplicar en la actualidad para analizar la respuesta de Estados Unidos frente China en América Latina y el Caribe. Máxime cuando está de por medio un entramado de conectividad logística y acceso a las rutas comerciales de la región -como ya se ha mencionado, por ejemplo, el caso del control chino del puerto de Chancay-.
Dicho sea de paso, este principio se manifiesta de manera más sutil y actualizada, aunque claramente identificable, en documentos estratégicos de Estados Unidos, como la Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos publicada en el 2018. Concretamente, el análisis de algunos pasajes refleja lo anterior: “Beijing tiene la ambición de crear una esfera de influencia reforzada en el Indo-Pacífico y convertirse en la principal potencia mundial” (Casa Blanca 2022, 23). En esta parte, se reconoce explícitamente la intención china de establecer control territorial/regional, lo que por definición requiere una respuesta de negación por parte de Estados Unidos. Además, se puede identificar lo mismo en la siguiente parte:
Alinear nuestros esfuerzos con nuestra red de aliados y socios, actuando con un propósito común y en una causa común […] Muchos de nuestros aliados y socios, especialmente en el Indo-Pacífico, están en la primera línea de la coerción de la República Popular China (Casa Blanca 2022, 24).
Esto refleja directamente la lógica mackindereana de crear coaliciones para impedir que un competidor consolide el control sobre regiones estratégicas. Por último, la Estrategia de Seguridad Nacional remata con lo siguiente:
Si bien nuestros aliados y socios pueden tener perspectivas distintas sobre la República Popular China, nuestro enfoque diplomático y la propia actuación de la República Popular China han generado oportunidades significativas y crecientes para alinear enfoques y obtener resultados. En Europa, Asia, Oriente Medio, África y América Latina, los países tienen clara la naturaleza de los desafíos que plantea la República Popular China (Casa Blanca 2022, 25).
En este sentido, para el caso de América Latina y el Caribe, la perspectiva mackindereana sobre la importancia de las comunicaciones y rutas comerciales se materializa hoy en la importancia que Beijing le ha depositado a inversiones portuarias en Perú, Panamá, Ecuador o Brasil. De modo que China busca establecer nodos logísticos que le permitan proyectar influencia económica y potencialmente estratégica, desafiando la hegemonía marítima estadounidense en el Atlántico y Pacífico americanos.
Ahora bien, la noción de “geografía como destino” se reformula en términos de conectividad digital y dependencia tecnológica. La competencia por el despliegue de infraestructura 5G y plataformas digitales en América Latina refleja una versión moderna del control territorial propuesta por Mackinder, donde la soberanía tecnológica reemplaza -al menos parcialmente- a la presencia física. Por otra parte, la noción de “pivote geográfico” se actualiza en la importancia estratégica de países como México, Brasil, Chile o Argentina, cuyas decisiones de alineamiento influyen en el equilibrio regional. La competencia por estos “Estados pivote” reproduce la lógica mackindereana de que el control de posiciones estratégicas determina ventajas geopolíticas más amplias y de largo plazo.
Sin embargo, el pensamiento de Mackinder requiere matices en el contexto latinoamericano actual. La multipolaridad regional permite que países medianos mantengan autonomía estratégica y alternen entre Washington y Beijing según sus intereses nacionales. Esta flexibilidad desafía las predicciones deterministas del geógrafo británico sobre bloques rígidos de poder. Además, la dimensión económica adquiere preponderancia sobre la militar, con China posicionándose como socio comercial privilegiado -particularmente en el Cono Sur- mediante inversiones en infraestructura, minería y agricultura, mientras Estados Unidos mantiene ventajas en esquemas de cooperación en seguridad y defensa, así como vínculos institucionales más profundos. Esta competencia asimétrica genera una geopolítica más compleja que los esquemas binarios propuestos por Mackinder.
Por ello, mientras que las categorías de Mackinder sobre competencia entre potencias conservan una utilidad analítica innegable, para aplicarlas al caso de la competencia estratégica Estados Unidos-China en América Latina se requiere incorporar factores como la autonomía regional, la competencia económica no coercitiva y la complejidad de las alianzas múltiples. Si bien estos elementos trascienden la propuesta teórica del británico, no la invalidan en su totalidad.
Conclusiones
América Latina y el Caribe se ha convertido gradualmente en terreno de la competencia estratégica Estados Unidos-China. Esto está ocasionando que Estados Unidos adquiera una postura conservadora moldeada por la doctrina Monroe. El avance sistemático de China en América Latina constituye un proceso que desafía la hegemonía tradicional estadounidense, y redibuja simultáneamente los mapas de influencia económica, comercial y diplomática en el hemisferio occidental. Beijing se ha consolidado como un competidor estratégico de Washington en América Latina y el Caribe. Esta alteración en el equilibrio del sistema interamericano ha generado cambios inevitables en los patrones de alianza y el comportamiento de los Estados de la región, empezando por Estados Unidos. La respuesta estadounidense a este desafío geopolítico se ha manifestado en diversos ámbitos, desde la reformulación de políticas comerciales hasta el reforzamiento de alianzas tradicionales y la búsqueda de nuevos mecanismos de influencia regional.
La situación en América Latina y el Caribe ilustra de manera paradigmática los postulados de la teoría de transición de poder. China, como potencia emergente, no busca necesariamente derrocar el sistema internacional existente, sino reposicionarse dentro de él para obtener beneficios proporcionales a su creciente poder relativo. Esta estrategia se manifiesta en la región a través de la diversificación de las relaciones de dependencia económica tradicionalmente monopolizadas por Estados Unidos. El escenario actual sugiere una transición hacia la multipolaridad regional, donde los países latinoamericanos pueden alternar entre diferentes socios estratégicos según sus conveniencias nacionales específicas. Esta flexibilidad estratégica representa una oportunidad para ejercer mayor autonomía en la formulación de políticas exteriores, pero también implica riesgos asociados a la gestión de expectativas y compromisos múltiples.
Las tendencias identificadas sugieren una probable aceleración del reposicionamiento chino en la región, particularmente si las políticas comerciales proteccionistas estadounidenses se mantienen o intensifican. La imposición de aranceles y barreras comerciales podría acelerar el proceso de sustitución de Estados Unidos como socio comercial preferencial en diversos países de la región. La competencia sino-estadounidense se intensificará probablemente en sectores considerados estratégicos por ambas potencias, como los minerales críticos, la infraestructura de telecomunicaciones, y la energía renovable. Estos sectores representan ámbitos donde la competencia geopolítica se superpone con consideraciones de seguridad nacional para ambos países.














